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El buen hombre y su hijo, (mi buen amigo de juventud) se llamaban José Cabello, pero no se sabe por qué (quizás por la manía andaluza de ponerle apodo-mote a todo bicho viviente e incluso a los no vivientes, ya que, por ejemplo, a la sandía la conocían como "la del corazón de rojo") al bar que regentaba la familia, en propiedad, le llamaban "Don Pepe".
Bien, pues allí, en "Cá don Pepe", cuando llegaba este tiempo y aparecían los zorzales, ese pájaro  hermano mayor del gorrión, cóctel de colores, dorso marrón, vientre amarillento, manchas oscuras y alas color café, se formaban colas (era un bar pequeñito) para comer zorzales fritos...un manjar de los dioses, como los llamó Don José María Pemán el día que dio una charla en el pueblo (no tengo que repetir que mi pueblo se llamaba y se llama Nueva Carteya y es la joya blanca y verde, olivos hasta en los patios de las casas, de la campiña cordobesa). ¿Y qué tenían aquellos zorzales de "Don Pepe" que no tuviesen los del "Soricia" o "La Manquilla" o el de "Navas"?... 
Pues, ese era el "arte" de Doña Adela, la mujer y dueña de la cocina. Un arte muy trabajado, eso sí, porque la Señora de la casa en cuanto llegaban a sus manos "los pájaros" los trataba con tanto esmero, a la hora de desplumarlos, abrirlos, limpiarlos por dentro, que más parecía que estaba comulgando. Después, los aplastaba con un mazo de madera sobre tabla de mármol, hasta que no le quedara ni un hueso entero y cuando ya parecían filetes de ternera los sumergía en un baño de vino de "los Ortega", los bodegueros del pueblo, con especias variadas y algo más que solo ella sabía... y luego, cuando ya estaban borrachos de aquel  "mejunje" los enharinaba con harina de trigo, limpia de salvado y renovada para cada pieza... y, por fin, y a medida que se oía el grito del hijo, mi amigo, que era el enlace entre la barra, las mesas y la cocina: "¡·3 para barra, 5 para la 3, 4 para la 7!", los iba echando a la sartén, en la que ya hervía el aceite puro de oliva obtenido de los olivos de la familia  (54 fanegas en Las Vegas, la mejor tierra de Nueva Carteya), y sacándalos en cuanto se doraban algo por fuera, para servirlos casi quemando. Para ese momento el zorzal era ya, ciertamente, un manjar de los dioses... que los mortales nos comíamos de dos en dos. ¡Benditos años aquellos de "Don Pepe" y sus zorzales!... Sí, han pasado 65 años y todavía al recordarlos ya me estoy comiendo uno. Tiempos que se fueron para no volver.