En 1501, hace ahora 520 años, Luca Signorelli daba comienzo, en la bellísima Catedral de Orvieto (en la región italiana de Umbría) a la obra artística que lo inmortalizaría en la Historia del Arte en general y del Arte Sacro en particular. Dicha obra son los frescos en los que representa, en siete grandes escenas, el fin del mundo. Una de ellas, “el obrar del Anticristo”, a pesar de no ser la mejor, técnicamente hablando, es la más conocida, digna de admiración mística y teológica, y con la que ha sido asociado de manera especial el maestro Signorelli.

El punto central de la composición es la figura de un predicador. Tiene un aspecto similar al de muchas imágenes de Jesucristo, pero su rostro, bello y no carente de bondad atractiva y pacificadora, está, sin embargo, oscurecido por una siniestra, pérfida y trágica ambigüedad... Está prestando oídos a Satanás, que se encuentra a sus espaldas y le susurra. Casi tenemos la sensación de oír su voz sutil y sibilante. Con la mano derecha, el Anticristo se señala a sí mismo. A eso se añade que toda la escena gira alrededor de él. A ambos lados, una multitud dividida en diversos grupos reflexiona sobre sus palabras y las discute, después de haber depositado a los pies del predicador sus riquezas. Hay de todo allí. Jóvenes gallardos, valerosos y arrogantes al lado de viejos barbudos; monjes y frailes; ricos ostentosos e influyentes y gente pobre y descalza; mujeres de todas clases sociales y condición, como la que en un primer plano recibe de un usurero (similar al que se representa en El Mercader de Venecia) el pago por su pecado que le ha ofrecido en venta. Justo detrás, los teólogos discuten con las Escrituras en la mano. Y, en el lado izquierdo, dos influyentes doctores de la ley y exegetas, con trajes negros, supervisan el trabajo de un verdugo que castiga a los opositores de la “nueva doctrina” y que se ciñen al Magisterio y Tradición perenne de la Sana Doctrina de la Iglesia. En el plano del fondo, vemos desarrollarse y consumarse el drama del Anticristo. En el centro, se realizan milagros de sabor evangélico, como la curación de un enfermo y algo que parece representar una pseudo eucaristía, pero que es perniciosa y no agradable a los ojos de Dios. A la derecha, soldados vestidos de negro invaden el santuario, para entregar a los justos al linchamiento de la multitud, justo delante de sus pórticos. Finalmente, a la izquierda, un ángel de Dios, tal vez San Miguel, lanza desde lo alto un personaje de bellas vestiduras, recordando las palabras del Apocalipsis “fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el Seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra”, y fulmina con el mismo gesto y la mirada a los seguidores del siniestro y pérfido predicador.

Signorelli representa con maestría lo que la Tradición Eclesial y Magisterial, e incluso la Literatura Cristiana en general, ha enseñado sobre el Anticristo desde la Era Apostólica. Ya la literatura más antigua ofrecía un cuadro bien definido de quién sería, y qué haría, este personaje. Sacudiría y desviaría a los fieles, suplantando aparentemente al Mesías, haciendo que los corruptores parecieran buenos y los leales a la Doctrina herejes o cismáticos. Por un breve momento, parecería alcanzar la victoria, pero el triunfo definitivo de Cristo, en el final de los tiempos, acabaría por exponerlo y desenmascararlo, a él y a los suyos... Este hecho sería característico de la proximidad del Fin: la separación de ovejas y cabras, del trigo y la mala hierba.

Veamos lo que dice a este respecto un fragmento de la Didaché, el primer “Catecismo” de la Historia Cristiana, compuesto en las postrimerías del siglo I, y que gozaba de gran prestigio entre las antiguas generaciones cristianas, el cual tengo ahora mismo entre mis manos tomado de la Biblioteca del Monasterio:

  • “En los últimos tiempos abundarán los falsos profetas y los corruptores, y las ovejas se transformarán en lobos. El amor se cambiará en odio. Habiendo aumentado la iniquidad, crecerá el odio de unos para con otros, se perseguirán mutuamente y se entregarán unos a otros. Entonces es cuando el Seductor del mundo hará su aparición y, presentándose como el Hijo de Dios, hará señales y prodigios. La tierra le será entregada y cometerá tales maldades como no han sido vistas desde el principio. Los humanos serán sometidos a la prueba del fuego; muchos perecerán escandalizados, pero los que perseveren en la fe serán salvos de esta maldición. Entonces aparecerán las señales de la verdad… ¡Entonces el mundo verá al Señor viniendo en las nubes del cielo!”

San Hipólito, que vivió entre finales del S.II y principios del III, complementa las palabras que acabamos de leer, y describe al Anticristo como un personaje que asume las apariencias de Cristo y se opone a Él como una imagen espectacular:

  • “Al igual que nuestro Señor y Salvador Jesucristo, el Hijo de Dios, por su carácter regio y glorioso, fue anunciado como un león; del mismo modo, las Escrituras proclaman por anticipado que el Anticristo será semejante a un león, pero por su carácter tiránico y violento. En efecto, el Seductor quiere asemejarse en todo al Hijo de Dios. León el Cristo, león el Anticristo; Rey el Cristo, rey terreno el Anticristo. El Salvador fue mostrado como un cordero, y aquél, del mismo modo, aparecerá como un cordero, cuando en realidad, por dentro será un lobo… El Maestro envió a su Apóstoles a todas las gentes, y aquél, de la misma forma, enviará falsos apóstoles”

No quisiera concluir esta primera toma de contacto (difusa, amplia y, si se quiere, vaga como lo es la imagen escogida para el artículo) que nos permitirá comprender la figura, no simbólica, sino espiritual, pero encarnada en este mundo en personas y obras, del Anticristo (como lo es su Amo y Señor Satanás) sin hacer una breve mención a la literatura cristiana ortodoxa, muy especialmente a la Cristiandad Rusa, que nutre sus raíces de la Ortodoxia Griega.

El escritor ruso Vladímir Soloviev lo evoca con fuerza en su célebre: Breve Relato sobre el Anticristo, de 1900. El autor imagina que, en el S.XXI, la paz mundial será una realidad lograda por entes supranacionales, pero un difuso materialismo se habrá apoderado de las conciencias personales, sociales y de la cultura. Los que aceptan las realidades espirituales, en principio de todo tipo, serán poco más que una reducida minoría y los cristianos todavía menos. Entre estos, sin embargo, surgirá “un hombre” dotado de unas cualidades excepcionales. Su clara inteligencia le señaló siempre la verdad de lo que se debía creer: el bien, Dios, el Mesías. Él creía, tenía fe, pero sólo se amaba a sí mismo. Encarnará al hombre y la sociedad del futuro, emancipados y, en el fondo, apóstatas; y no tardará en percibir que es guiado, en lo íntimo, por una voz diabólica, la voz bajo la que “el mundo entero yace”, la misma voz, mejor dicho, el mismo sonido de rugido que “anda alrededor nuestro” y que en último término es “el espíritu de la Iniquidad y Desobediencia”.

No olvidemos todas estas referencias (así como la que Serguey Nilus aporta en su Tratado: El Anticristo como posibilidad inmediata de Gobierno, que se hizo conocido como Los Protocolos de los Sabios de Sión, y a los que dedicaré, Dios mediante, artículos específicos en esta Serie de El Correo de España) para poder discernir, en nuestra vida cristiana y de Milicia como Soldados de Cristo y de la Inmaculada, qué y quiénes son El Anticristo.