A principios del siglo XX los “ismos” artísticos de vanguardia se sucedían sin cesar, compitiendo por ver cuál era más audaz y rupturista. En algunos casos, apenas sobrevivían lo suficiente para darse a conocer, casi siempre mediante un acto escandaloso o un epatante manifiesto.

En 1912, el “artista” ruso Mijaíl Lariónov bautizó un nuevo grupo radical de vanguardia con el sonoro y provocador nombre "La queue de l'âne" –la cola del asno–; compuesto por Kasimir Malévich, Marc Chagall, Vladimir Tatlin, Natalia Goncharova, Alexander Shevchenko, Serguéi Pavlovich Bobrov y el propio Lariónov, entre otros. Esta corriente, catalogada como “neoprimitivista”, pretendía desvincularse de las vanguardias occidentales, aunque, como ellas, también renegase de la tradición grecorromana y cristiana europea, se alejase de la Naturaleza y condenase el “retrógrado” y “decadente” academicismo. Ni que decir tiene que todos los citados eran comunistas.

Pero vayamos al caso: A la hora de elegir el nombre “La cola del asno”, Lariónov se inspiró en una noticia publicada en Francia en 1910 acerca de unos artistas que habían atado un pincel con pintura a la cola de un borrico, lo habían puesto con la grupa enfrentada a un lienzo, y habían expuesto la “obra”, ocultando la identidad de su verdadero autor.

Efectivamente, en 1910, el desconocido pintor genovés Joachim-Raphaël Boronali, máximo exponente de un nuevo movimiento bautizado Excesivismo, expuso en el Salón de los Independientes de París el cuadro titulado Et le soleil s'endormit sur l'Adriatique –Y el sol se durmió en el Adriático–. Una indescifrable acumulación de manchas naranjas, rojas, amarillas, azules y verdes, identificable dentro de lo que se llamaría posteriormente “expresionismo abstracto” o “informalismo”. Pero Boronali era un nombre artístico inventado por el escritor francés Roland Dorgelès (1885-1973) para encubrir al auténtico “creador” del cuadro, un asno llamado Lolo en realidad. Para testimoniar la autoría de la obra, Dorgelès hizo que el pollino la pintara ante notario y, en compañía de seis amigos y compinches, se inmortalizaron todos en una fotografía brindando con antifaz junto al rucio y su pintura.

Con toda intención, Boronali era el anagrama o reordenación de las letras de Aliboron, apelativo por el que también se conoce en Francia al burro de Buridán; aquel personaje asociado al filósofo francés del siglo XIV Jean Buridan, anticipado en la obra Acerca del cielo (350 a.C.) de Aristóteles, y popularizado por Esopo y La Fontaine, que, vacilando entre la paja y el agua, acababa muriendo de hambre y sed.

El jumento Boronali sirvió a Dorgelès para retratar y denunciar la creciente necedad en torno a las artes que pronto imperaría en todo Occidente. Portavoz de un Excesivismo que pregonaba con sarcasmo: “El exceso en todo es un fracaso, dijo un asno. Todo lo contrario, proclamamos nosotros, el exceso en todo es una fuerza, la única fuerza”.

Dado que sólo el diario parisino Le Matin osó criticar el nuevo movimiento artístico, Dorgelès decidió poner en conocimiento de la farsa a su editor, de modo que Le Matin publicó un artículo desvelando el engaño bajo el título “Un asno, líder de una escuela”.

Dorgelès explicó más tarde en el diario L’Ilustration su interés por “mostrar a los tontos, los incapaces y los presumidos que mancillan gran parte del Salón de los Independientes, que el trabajo de un burro, realizado a golpes de su cola, no está fuera de lugar entre sus trabajos”.  Por cierto, la obra se vendió en su momento por 400 francos (unos 3.500 euros de ahora) y, adquirida en 1953 por el coleccionista de arte Paul Bédu, se exhibe desde entonces en el espacio cultural Paul Bédu en Milly-la-Forêt, en Essone, en la región de L'Île-de-France.

¿Pero acaso creerá el lector que, tras semejante escarnio, expuestas a la luz pública las vergüenzas de la enorme pantomima de las vanguardias, sus defensores y apologetas desaparecieron de la escena, abochornados y sin hacer ruido? ¿O que tal vez se recobró algo de sensatez en el terreno de las artes? ¡Qué va! Ya ven que, para más inri, algunos “artistas” incluso adoptaron la cola del jumento como emblema de un nuevo movimiento vanguardista.

De hecho, si algo sorprende de las vanguardias, más allá del griterío con que se acompaña cada nueva irrupción, siempre estrepitosa, en nombre de una gastada “originalidad”, no es sólo el insistente afán por embaír al personal; que también. Lo que más asombra es su duración. ¿Cómo es posible que un fraude tan formidable y obvio se mantenga vigente durante tanto tiempo?

Veamos un –otro– ejemplo: Pasado el tiempo, en 1964, remedando el caso del burro Lolo, el periodista sueco Åke “Dacke” Axelsson, del diario matutino Göteborgs-Tidningen, después de convencer a un guarda del zoológico Borås Djurpark, convirtió a un chimpancé llamado Peter en el artista Pierre Brassau. Axelsson puso a disposición del mono los materiales necesarios, y, tras unos cuantos intentos, escogió cuatro de sus mejores pinturas y consiguió que se expusieran en la  Gallerie Christinae de Goteborg. Es más, Brassau llegó a recibir algunos sonoros elogios, como el del “reputado” crítico Rolf Anderberg, quien escribió en el diario vespertino Göteborgs-Posten: “Mientras que la mayoría de piezas eran pesadas, la obra de Brassau no. Pierre Brassau pinta con trazos potentes bajo una determinación muy clara. Sus pinceladas se tuercen con una meticulosidad furiosa. Pierre es un artista cuyas piezas se llevan a cabo con la delicadeza de una bailarina de ballet”.

Al margen de que el mono no era especialmente grácil y pudo morir envenenado por la ingesta de azul cobalto –que por lo visto le chiflaba–, uno se pregunta si los demás artistas “emergentes” que acudieron a la muestra –procedentes de Inglaterra, Dinamarca, Italia o la misma Suecia– no se sentirían ofendidos o dañados en su reputación por compartir sala con un chimpancé. O, quizás, avergonzados porque alguien concluyese que aquellos humanos tan válidos como un chimpancé, realmente merecían compartir espacio y fama con un primate.

Por descontado, después de este episodio, tampoco pasó nada. Un poco de revuelo –ni siquiera escándalo– debida y prontamente atenuado, disuelto en el imparable e inmenso río de noticias constantemente actualizadas. Porque ese fue el verdadero éxito de las vanguardias: introducir al mundo en una loca carrera; convencerlo de poner todo su afán en “estar al día”, impidiendo que nada sedimente. Y vuelta a enseñar las vanguardias artísticas del siglo XX en las escuelas, colegios, institutos y universidades como ejemplos de “Arte con mayúsculas”.