SE han cumplido el pasado día 15 los primeros cuatro años de gobierno en plenitud democrática. Al menos, así nos lo han dicho los interesados, o sea, los señores de UCD, que han aireado jubilosamente la efemérides, como si estuvieran recapitulando una historia singularmente gloriosa. La falta de sentido autocrítico constituye, sin duda, uno de los más graves defectos de nuestra actual clase política; es tan grande su obnubilación, tan espesa su ceguera, que forzosamente obliga a pensar que carecen por entero de rubor. O que están dominados por una soberbia infinita, por una vanidad inagotable, que les cierra la más mínima posibilidad de raciocinio.

 

Una vez más, se ha vuelto al topicazo (tan desacreditado) de disimular los infinitos errores, los clamorosos desastres y las trágicas consecuencias del largo mantenimiento del duque de Suárez al frente del Ejecutivo, presentándolo como el mágico hacedor del tránsito, como el feliz instaurador de la democracia en España. ¿Hasta cuándo tendremos que escuchar semejante sofisma? El paso del franquismo a la Monarquía constitucional se realizó sin especiales traumas, de una manera normal y hasta rutinaria, gracias a un conjunto de razones, ajenas todas ellas a don Adolfo Suárez. Vamos a ver si ya de una vez queda esto en claro y dejan los turiferarios que todavía le quedan al Orgullo de Cebreros de colgarle condecoraciones que en absoluto se merece.

 

El gran mérito de esa transición pacífica estuvo en el pueblo español, que la afrontó con gran madurez social, fruto de los largos años de paz y prosperidad vividos bajo el mandato de Francisco Franco. Sabía ese pueblo que el Caudillo deseaba la evolución de su régimen; que para ello, había dispuesto un sistema institucional respetado en los primeros tiempos del cambio; y que, al frente del mismo, se encontraba un Rey joven, cuidadosamente instruido en las disciplinas del Estado y formado en la cercanía del Generalísimo. Los españoles confiaron en él, convencidos de que venía a subsanar los defectos del régimen anterior (ofreciendo libertades formales que no se tenían), aunque respetando siempre sus indiscutibles logros y la imagen personal de quien los había conseguido, a lo largo de su Jefatura.

 

Lo que hizo Suárez fue desmantelar el franquismo, malbaratar los saldos positivos de su herencia y convertir el sistema democrático en una almoneda de tomas y dacas, de cubileteos y compensaciones, de frustraciones y debilidades, que lo han deteriorado de forma quizás definitiva. Cualquier otro político hubiera elevado a mejor puerto esa transición y por eso indigna y subleva escuchar el reiterado e inmerecido elogio a una tarea de gobernación absolutamente nefasta. Sus Píndaros ya han renunciado a defenderla con detalle y se escudan tan sólo en el acierto del cambio. Pues tampoco. No existió semejante acierto, como lo acredita la actual situación de España y el general desencanto que tiene hundidos a todos los españoles. A esos mismos españoles que acogieron (que acogimos) con esperanza e ilusión el nuevo régimen.

 

Merece la pena recordar las sucesivas etapas del mismo, que han ido cuarteando su inicial solidez. Porque la verdad es que, cuando ahora dicen algunos que nuestra democracia es joven y por eso, débil y hasta justifican que necesite estar vigilada, olvidan que surgió robusta y apoyada por una abrumadora mayoría de ciudadanos.

 

Vayamos al sintético recordatorio. Suárez, que en febrero de 1976, siendo Ministro Secretario del Movimiento, prodigaba los elogios entusiásticos al anterior Jefe del Estado y a su obra de gobierno, se dedicó a la ceñuda destrucción de su recuerdo, de sus símbolos y de sus realizaciones, apenas tomó asiento en la Moncloa. Legalizó el Partido Comunista, engañando previamente al Ejército. Infló la Administración Central del Estado, multiplicando absurdamente los ministerios (y los presupuestos). Amparó una monstruosa reforma fiscal, que exprime los ahorros de los españoles, porque las necesidades económicas de aquella Administración son inagotables. Promocionó la atrocidad del Estado de las Autonomías, cuyo frívolo planteamiento e imposible realización acaban de denunciar los expertos designados para estudiarlo. Fue incapaz de frenar la inflación y alentó el recrudecimiento de la lucha de clases, auspiciando la gran mentira de unos sindicatos sin verdadera representatividad, a quienes, sin embargo, se acepta como exponente del mundo del trabajo. Se pasó de un 2 por ciento de parados a la actual monstruosidad de un 13,5.

 

Su debilidad en el trágico tema del terrorismo, hizo que éste ampliara sus bases, incrementara sus crímenes y acabase convertido en lo que hoy es: un cáncer de muy difícil curación. Incapaz de defender los ayuntamientos del acoso marxista, la instalación en ellos del PSOE y del PCE supuso el hundimiento de las haciendas locales y una política municipal estéril y demagógica. La pornografía, la droga y la inmoralidad pública (incluidas corrupciones administrativas y sucios negocios) han tomado carta de naturaleza en el país. La peseta descendió a niveles ínfimos; volvió la miseria y reapareció el hambre. De cara el exterior, hemos sufrido todos los vejámenes y todos los desprecios; la humillante política gubernamental está hecha, en estos años, de vergüenzas y de fracasos. Una falaz utilización de los medios informativos, convierte en puro sarcasmo la cacareada libertad de expresión. España se tambalea (lo han dicho los americanos, en letra de imprenta) y a sus angustias económicas se une, amenazante, la colectiva excitación.

 

Todo esto puede conmemorar el gobierno de UCD, a los cuatro años de instaurarse en plenitud democrática. Sorprendentemente, dicen que se sienten satisfechos de lo conseguido. Desconocen la dignidad y el rubor.

 

VIZCAINO CASAS

(Heraldo Español nº 59, 17 al 23 de junio de 1981)