Ángel Ganivet relacionó el mensaje de las obras teatrales de Henrik Ibsen con la filosofía de Nietzsche. Era un defensor exaltado del individuo frente a la sociedad. Su tipo favorito era el hombre, o la mujer, justo y fuerte que lucha contra los convencionalismos sociales. Buena prueba de ello fue su célebre obra Un enemigo del pueblo, tachada en su tiempo por la crítica de reaccionaria y enemiga de la democracia. Su héroe es el doctor Stockmann intenta denunciar las peligrosas condiciones higiénicas del balneario municipal, lo cual choca con los intereses de las fuerzas vivas de la ciudad. Finalmente, el protagonista se queda solo; es incluso traicionado por su hermano, que ejerce de alcalde; y, sobre todo, por Haustad, el director del periódico El Mensajero del Pueblo, que permanentemente demanda “moderación”. En una multitudinaria reunión, la mayoría, manipulada por los poderosos, declara al doctor Stockmann “enemigo del pueblo”. Sin embargo, el protagonista no se arrenda y proclama el valor del individuo frente a la masa.

  Pocos personajes de la vida política española actual reúnen como Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos los requisitos para ser declarada “enemiga del pueblo” por parte del establishment político y por los fabricantes de la opinión pública. XIV Condesa de Casa-Fuerte, incisiva periodista, historiadora, discípula del gran hispanista John Elliot, estudiosa del virrey José de Palafox, y hasta hora portavoz parlamentaria del Partido Popular en las cortes, no ha hecho sino suscitar polémicas; y no sólo, desde luego, entre las izquierdas; lo cual me parece muy bien.  Dotada para el debate, con un estilo mordaz, apabullante y apasionado, Álvarez de Toledo no ha dudado en mostrar su desprecio, su desdén absoluto hacia unas izquierdas y unos nacionalistas de extracción intelectual ínfima, sin educación, ni cultura; meros gregarios de los dirigentes de sus partidos, como, por ejemplo, Carmen Calvo, Adriana Lastra, Pablo Iglesias Turrión o Gabriel Rufián. Sospecho que incluso su desprecio se extendía a no pocos miembros de su partido. No me extrañaría; y además tendría razón. Sin embargo, Álvarez de Toledo no es, ni mucho menos, una reaccionaria; todo lo contrario. A poco que profundicemos en el contenido de sus discursos, vemos que se trata de una liberal a lo Vargas Llosa, eurofundamentalista y cosmopolita, defensora tenaz de la Constitución de 1978 y del modelo político actual, que nos está conduciendo a la disolución y a la ruina. Nada más lejos de su posición política que el identitarismo españolista de VOX. En ese sentido, su posición decididamente agonística es fundamentalmente de forma, no de fondo, de estilo, no de ideología. Su pecado, o más bien, en mi opinión, su gran virtud, ha sido y es, como en el caso del doctor Stockmann, decir públicamente lo que piensa, defender su verdad, con una claridad cristalina, sin tapujos ni subterfugios. Por ello, como hubiera dicho Gonzalo Fernández de la Mora, ha sido y es un modelo de “decoro político”, es decir, de coherencia entre teoría y práctica, entre acción y pensamiento, entre lo que dice y lo que piensa. Esto, que debería ser norma de todo político, es hoy excepción. La mentira parece ser una segunda naturaleza para Pedro Sánchez; y lo malo es que parece que una garantía de éxito político. Por ello, la presencia de Álvarez de Toledo no sólo en la política activa, sino en un movimiento político de las características del Partido Popular siempre me pareció extraña. Y lo raro es que haya durado tanto como portavoz parlamentaria. Siempre fue mal vista y criticada por el establishment popular y por los representantes de la opinión pública centrista, que, como el esquivo Haustad, pedían, viniera o no al caso, “moderación”. El papel de Haustad corresponde en la actualidad Marhuenda o Bieito Rubido. “Las elecciones se ganan por el centro”, dicen y apoyaron a Mariano Rajoy; ahora se quejan de que la situación que el líder del Partido Popular dejó expedita para que las izquierdas y los nacionalistas ejercieran su hegemonía incontestable. En el Partido Popular domina, sin duda, al menos en su dirección, el “centrismo”, es decir, lo que el filósofo Peter Sloterdijk denomina “razón cínica”: todo está ya desmitificado –nación, religión, valores tradicionales- y sólo queda la gestión. Es su estructura mental, o, como diría el sociólogo Pierre Bourdieu, su habitus. Por ello, creo, y lo he dicho muchas veces, que el Partido Popular, que el otro día declaró con su destitución a la señora Álvarez de Toledo enemiga del pueblo, es irreformable. Como decía Jorge Luis Borges del peronismo, no es que sea malo; es que es irredimible. Álvarez de Toledo se quedó sola, como Stockmann, y ha sido traicionada por Pablo Casado, su padre político. Como en el caso de Pedro Sánchez, Casado es un “hombre hueco”, en el sentido que empleaba el término T.S. Eliot en uno de sus poemas. Incluso le reprocha haber criticado la actitud de Juan Carlos I, marchándose de España en plena crisis económica y biopolítica. Parece como si el Partido Popular tuviera una concepción sagrada, taumatúrgica de la realeza. Así nos va. Si el anterior Jefe de Estado hubiese sido más criticado, no estaríamos en la actual situación. Álvarez de Toledo ha denunciado que el señor Casado quiere pactar con el PSOE el reparto de jueces e incluso los presupuestos del Estado; y que no quiere ni oír hablar de guerra cultural. Ahora que Carmen Calvo –típica cateta a babor- prepara una nueva Ley de Memoria Histórica, que amordazará a los historiadores disidentes. ¿Qué hará el Partido Popular?.  ¿”Moderación” frente un gobierno social-comunista apoyado por separatistas de todo pelaje?. Una vez más, se nos muestran las falacias del “centrismo”.  Será interesante ver su postura ante la moción de censura propugnada por VOX.  Como ha señalado del gran politólogo belga Julien Freund: “La política es una cuestión de decisión y eventualmente de compromiso (…) Lo que se llama “centrismo” es una manera de anular, en nombre de una idea no “conflictual” de la sociedad, no sólo al enemigo interior, sino a las opiniones divergentes. Desde este punto de vista, el centrismo es históricamente el agente latente que, con frecuencia, favorece la génesis y formación de conflictos que pueden degenerar, ocasionalmente, en enfrentamientos violentos”. En el mismo sentido se expresa Chantal Mouffe –intelectual de izquierda- cuando afirma que el “centrismo”, al impugnar la distinción entre derecha e izquierda, socava “la creación de identidades colectivas en forma de posturas claramente diferenciadas, así como la posibilidad de escoger entre auténticas alternativas”. Y concluye esta autora: “Si este marco no existe o se ve debilitado, el proceso de trasformación del antagonismo en agonismo es entorpecido, y eso puede tener graves consecuencias para la democracia”. El “agonismo” es el modelo de VOX; y es el que hay que seguir. En materia de devenir histórico no existe una verdad metafísicamente establecida. Lo verdadero es aquello que llega a estar en situación de existir y durar; lo que merezca ser, será; lo que merecería ser, ya es. Por falsas que puedan ser en abstracto las ideologías más nefastas se convierten en “verdaderas” en la medida en que constituyan  la realidad cotidiana que nos rodea y con respecto a la cual nos definimos. La independencia del País Vasco y de Cataluña, la victoria de la izquierda extrema y de la extrema izquierda, pueden ser la “verdad” de mañana; pero es una “verdad” que tenemos derecho a rechazar para oponerle otra más fuerte. Pienso en esa nueva derecha, VOX,  libre de nostalgias y de extremismos estériles, podría responder a ese desafío; una derecha para la que la verdadera fuerza consistiese no en detentar la “verdad”, sino en no temer a sus manifestaciones. Dixi et salvavi animam meam.

  Y, señora Álvarez de Toledo, abandone la política de partido; lo suyo es la alta cultura, la creación de opiniones alternativas. Lo otro es función de gregarios.