DURANTE cien días, el señor Calvo-Sotelo (don Leopoldo) ha estado ofreciendo una imagen, hasta cierto punto atractiva, de sí mismo e incluso, en algún momento, llegó a despertar cierta confianza en su gestión presidencial. Bien es cierto que tenía a su favor el precedente nefasto de los inenarrables años de gobierno del señor duque de Suárez. Después de tan demencial ejemplo de esterilidad, falta de decoro y absoluta carencia de los más elementales principios que deben regir toda labor política, cualquier tarea, por mínima que fuese, tenía que parecer acertada.

Entonces, don Leopoldo aportó unas formas a su gestión que se nos antojaron buenísimas, simplemente porque estábamos habituados a las del titiritero Suárez. El actual presidente no prometía gollerías; despachaba con la prensa, improvisando sus respuestas; acudía a presidir los inevitables funerales por los inevitables asesinados por ETA; daba una sensación de seriedad y sentido común radicalmente distinta a la de su dicharachero antecesor. De modo que, en un principio, hasta pensamos que podría (en lo que cabe, que no es mucho) enderezar los perdidos rumbos de este país (antes llamado España).

 

TODO ha sido, sin embargo, un espejismo, una vana ilusión, una sombra, una ficción. (Detengo la tecla, porque invado terrenos calderonianos). Justo al cumplir los cien días de su mandato, don Leopoldo ha vuelto a ser más Recoletos que Calvo-Sotelo y nos ha desencantado. Su cambio de imagen (o quizás, su caída de careta) ha coincidido con el regreso a las actividades públicas del Orgullo de Cebreros, con una nueva y difícil crisis interna de UCD y con el ridículo oficial propiciado por el sainete tragi-cómico representado en las instalaciones del Banco Central de Barcelona.

Las monumentales planchas que se tiraron, al enjuiciar temerariamente aquellos hechos, varios ministros, secretarios de Estado y líderes políticos, debieron justificar fulminantes ceses (ya que aquí se descarta la posibilidad de humildes dimisiones), y no digo algún que otro hara-kiri, porque (desgraciadamente) nuestra clase gobernante no comulga con las ideas morales de Mishima. No pasó nada, sin embargo. Se ofendió una vez más a la Guardia Civil, se echó basura a paletadas sobre esa misteriosa abstracción que llaman la extrema derecha, se hizo un ridículo infinito, pero no pasó nada. Como en los mejores tiempos de don Adolfo.

 

A reglón seguido y también, siguiendo la más clásica línea de renuncios, humillaciones y bajadas de pantalones, a que tan propicio se mostró siempre el señor Suárez, el gobierno de don Leopoldo encajó sin pestañear el desprecio del gobierno de Mitterrand en el bochornoso tema de la extradición del asesino Linaza. Era una nueva prueba de la excelente imagen que tiene ahora España en el extranjero; la reiterada acreditación del respeto y la admiración que sienten las democracias occidentales, ante nuestro famoso y tan pacífico tránsito.

Ya en la pendiente del desprestigio, perdidos otra vez los rumbos del decoro político, don Leopoldo acordó la monstruosidad jurídica, ética y política, de regalar a las llamadas Centrales Sindicales dos mil millones y pico de pesetas, que en gran parte, pertenecen a los empresarios y a los obreros españoles que las cotizaron durante el anterior régimen. Con ello, además de escupir en la cara a millones de ciudadanos, le tomó el pelo clamorosamente a la CEOE del señor Ferrer Salat, que horas antes había concluido un pacto con los sindicatos, ignorando por entero la atrocidad que el gobierno tenía cocinada. También en esta ocasión, el modo de proceder fue totalmente suarista.

 

CON todo esto, el señor Calvo-Sotelo, que durante cien días había abierto un pequeño resquicio de esperanza sobre el pesado muro de la desolación del pueblo español, perdió enteramente su fiabilidad. Está claro que se nos gobierna con una filosofía (como ellos dicen) que se mantiene incólume, con independencia de las personas que la interpretan. Es la filosofía de la mediocridad, del temor, de la incapacidad, del deshonor, de la más constante esterilidad. Todo ello, enmarcado en un triunfalismo insoportable, consecuencia de la pertinaz soberbia que domina al desafortunado equipo gubernamental.

Porque, para mayor sarcasmo, don Leopoldo se permite confiarnos que siente un moderado optimismo en cuanto a la situación de España, lo cual podría interpretarse como una muestra de ese humor negro que dicen que forma parte de sus virtudes personales. ¿Optimismo, por qué? ¿Simplemente, porque la Bolsa ha sorprendido a todo el mundo con unas subidas carentes de sentido? Aparte de esto, todo sigue igual: crece el paro, aumentan las quiebras, progresa el hambre, los separatismos atacan, ETA sigue asesinando, el marxismo se instala en los medios de comunicación social más importantes, la inmoralidad pública es ya asfixiante, continúan las ofensas a la bandera y al Ejército, el Parlamento vegeta, el pueblo se desespera y se angustia.

Lastimosamente, tampoco el actual presidente será capaz de arreglar tanto problema. Se ha quitado la careta: lo único que le preocupa (como a don Adolfo) es llegar, con UCD en la Moncloa, a las elecciones del 83. A costa de lo que sea. España cuenta poco; más bien, nada.

 

VIZCAÍNO CASAS