Para que ustedes y yo nos entendamos, empiezo por precisar los términos y las referencias contenidos en este trabajo. El título no hace referencia a la ínfima minoría de cubanos que durante más de seis décadas ha arriesgado la seguridad y la vida combatiendo a la tiranía castrista. Ellos forman el "batallón de vergüenza" de nuestros alzados, nuestros invasores, nuestros presos y nuestros combatientes de la clandestinidad. El título se refiere a la inmensa mayoría de cubanos que se ha mantenido y se mantiene indiferente a la lucha por nuestra libertad. Aclaradas las cosas, vamos al tema principal al que hace referencia este trabajo.
Treinta años de guerra contra el Imperio Español nos convirtieron en el pueblo libre, vociferante y hasta contestatario de Martí y Maceo hasta la llegada de los bárbaros en enero de 1959. A partir de ese acontecimiento fatídico, el adoctrinamiento y la adulteración de nuestra historia a tres generaciones de cubanos nos han convertido en un pueblo sometido a sus tiranos y resignado a su esclavitud. Un pueblo que no ha descubierto que no hay patria sin esfuerzo, libertad sin sacrificio, ni progreso sin riesgo.
Pero, hablando con justicia, esos pobres seres humanos son más dignos de conmiseración que de censura. Ninguno disfrutó ni fue testigo de los 57 años de república desde que fue izada nuestra bandera en El Morro en 1902 y el robo del poder por los vándalos en enero de 1959. Con sus virtudes y sus defectos, sus altas y sus bajas, Cuba estuvo entre las naciones más libres, adelantadas y prósperas de América. Y prueba al canto.
Hacia la década del 50, la importancia y el poder de la comunidad de negocios de Cuba habían crecido significativamente, ayudados en parte por el rápido crecimiento experimentado durante la Segunda Guerra Mundial. La guerra paralizó la producción azucarera en muchas áreas de Europa y Asia, lo cual hizo posible una amplia expansión de la industria azucarera cubana.
En los años de posguerra, los empresarios nacionales intensificaron el proceso de ''cubanización'' de la industria azucarera, el cual había comenzado en los años 30. En 1939 el capital cubano era propietario de 54 centrales azucareros, los cuales producían el 22 por ciento de la producción de azúcar. En 1952, ya había 113 cubanos dueños de centrales que acumulaban el 55 por ciento de la producción total del país.
Para 1959, los indicadores económicos apuntaban a una economía moderna en pleno desarrollo. El per cápita de los cubanos era de $431 similar al de España e Italia. Cuba tenía una de las tasas de mortalidad infantil más bajas del mundo (37 por cada 1,000); un alfabetismo del 80 por ciento, tercero en América Latina, después de Argentina y Costa Rica; y el tercer número más alto mundialmente per cápita de médicos y dentistas. Cuba tenía más de 40 laboratorios farmacéuticos que producían el 50 por ciento de las medicinas que se consumían en la isla. En 1959 Cuba era el tercer país en América Latina en número de radios y televisores. Los tiranos ocultaron todos estos éxitos y mantuvieron en la ignorancia−la fórmula más eficaz para consolidar  el poder absoluto− a las víctimas bajo su satrapía.
Cuando avanzo hacia el presente, contemplo con rabia y consternación a centenares de miles de cubanos que, como ovejas resignadas a su ominoso destino, hacen colas para adquirir cualquier artículo con el cual alimentar a su familia o vestir a sus hijos. Me embarga una inmensa tristeza saber de padres que alquilan a sus hijas a extranjeros lujuriosos a cambio de recibir unos pocos dólares con los cuales matar el hambre que es su permanente compañera.
Me hieren los ojos la destrucción de edificios que una vez hicieron de Cuba una gran metrópolis y cuyos escombros la hacen hoy una cenicienta más paupérrima que la misma Haití. Comparto el luto de las madres que vieron a sus hijos marchar a morir en tierras lejanas y desconocidas como "condotieros" de la antigua Unión Soviética. Todos ellos son los autómatas creados por los tiranos para utilizarlos como cimientos de su Imperio del Odio.
Por otra parte, también ha habido algunos valientes. Ante este panorama de devastación y odio se han alzado voces de condena de cubanos de pura cepa como el difunto Arzobispo de Santiago de Cuba, Monseñor Pedro Meurice Estiú. Con motivo de la visita de Su Santidad Juan Pablo Segundo a la indómita región oriental, Mons. Meurice le dijo: "Le presento, además, a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido las últimas décadas, y la cultura con una ideología." Y, como para que no quedaran dudas, nos amonestó diciendo que los cubanos teníamos que "aprender a desmitificar los mitos".
Al mismo tiempo, la culpa por la pesadilla de Cuba nos corresponde a todos, entre ellos a quienes abandonamos la Isla para refugiarnos en la seguridad del extranjero. Según estadísticas de la Organización Internacional para las Migraciones, una agencia de las Naciones Unidas, un total de 1.558.312 cubanos, el 13,57% de la población, vivimos fuera de la Isla.  
Afortunadamente, según las noticias que nos llegan de Cuba, todo parece indicar que la tiranía tiene los días contados. En una Cuba democrática, libre y justa, el estado dominante y omnipresente será sustituido por el estado facilitador y suplente, donde el poder del ciudadano sea el factor determinante en la vida nacional. Porque en la lucha ancestral entre el estado y el ciudadano mientras más poder tenga el estado menos poder tendrá el ciudadano y mientras más poder tenga el ciudadano menos poder tendrá el estado. Nuestra Constitución  de 1940, una de las más adelantadas de América, estipula con claridad que "la soberanía reside en el pueblo" y punto.
Luego, nos corresponde a nosotros, todos nosotros−los que no tengamos las manos machadas con la sangre de nuestros compatriotas− rescatar de la indolencia , la mediocridad y la hipocresía al actual pueblo cubano. Una ingrata tarea reservada para patriotas e idealistas que pongan los intereses de la patria por encima de sus intereses personales. Todo ello resumido en el lema de esta Nueva Nación: "Tarea de todos, pedestal de nadie".