Mascotas, el quinto jinete de la apocalipsis. Por Rafael López
 
Después de no haber podido atender nuestra cita con los lectores de esta sección, el domingo pasado, retomamos la misma, mi rival don Luys Coleto y yo, con energías renovadas, y ánimo de desollarnos vivos en nuestra disputa dominical. 
 
Las únicas mascotas buenas son los peluches. 
 
Esto de las mascotas son cosas para cursis y animalistas desorejados, pero, como todo en la vida, existen características y comportamientos muy diferentes en los sujetos que han adquirido este deleznable vicio. 
 
Para empezar, es un "invento" moderno. La ociosidad, generada por las deshumanizadas sociedades actuales, hace estragos en la desestructurada mente de muchas personas, que llevadas por los motivos más peregrinos adquieren una mascota, como quien adquiere el último artilugio tecnológico, para entretenerse de vez en cuando. 
 
Creo que otro factor, muy importante, en la extensión de esta plaga de las mascotas, se debe a la ausencia de Hijos en las Familias de hoy en día, antes siempre había un hermano, más o menos de tu edad, con el que jugar y reñir. No, ahora no hay nada de eso, y como hay que "cuidar el desarrollo emocional" de la criatura, mascota al canto ¡Que degradación, Dios mio!
 
Los animales domésticos han existido casi desde que los hombres empezaron a vivir en tribus y protocomunidades. Pero desde aquellos pretéritos tiempos, hasta hace muy pocos años, han tenido, en todo momento, una finalidad: guardar la casa, comer ratones y los fines más loables y edificantes que cualquiera pueda pensar. En ese contexto no tengo nada que objetar, en que se tengan animales domésticos en las casas, pero tener a un animal como si fuera un juguete, un divertimento, me niego por completo. 
 
Pero resulta, además, que, como todos los seres vivos, las mascotas tienen necesidades fisiológicas y es algo que la inmensa mayoría de los sujetos que las adquieren desatienden, ocasionando muy desagradables repercusiones para el resto de súbditos que utilizamos los espacios públicos. Han llegado a mis oídos buenas referencias de mi rival y ese peludo acompañante que sale en una foto junto a él, yo mismo tengo un vecino que es la ejemplaridad personificada en estas cuestiones de la limpieza pública que deben preservar quienes tienen una mascota a su cargo, pero sólo hace falta salir a la calle para iniciar, diariamente, una arriesgadisima carrera de obstáculos si es que queremos regresar, higienicamente, en condiciones a casa. Y no me refiero al delirio social ejecutado perversamente por la desquiciada dictadura socialcomunista que nos malgobierna y su puñetero virus chino, sus puñeteros bozales, y sus puñeteras distancias sociales. 
 
Como es un asunto bien desagradable, del que todos hemos sufrido sus consecuencias, ¡y en más de una ocasión por desgracia!, no incidire más en él, y más publicándose esta sección en el día del Señor. 
 
No, estimados lectores no tengo, ni quiero, mascotas. Recuerdo que hace muchos años cuando mis Hijos eran pequeños nos pidieron una mascota. A mi querida Esposa, al final, ya le habían ganado la voluntad, pero gracias a Dios me mantuve, en esa ocasión, firme y evite el estropicio. Y en aquel crítico momento mi respuesta a tan insistente requerimiento fue :
 
La única mascota que entrará en casa será un peluche.
 
P.D.: mis Hijos siempre han jugado mucho entre ellos y se llevan estupendamente bien. 
 

Te quiero, Lara, porque me haces mejor, al contrario que la inmensa mayoría de los seres humanos. Por Luys Coleto

A partir de la generación de nuestros nietos, éstos ya no serán seres humanos. Primero habrá transhumanos y, después, posthumanos. El ser humano está a las puertas de la mutación de paradigma más grande de la historia de la humanidad: su definitiva desaparición. ¿Y quién nos recordará? Ellos, nuestros bichos, claro.

De perros y gatos

Uno de los monumentos más visitados de Tokio es la bellísima efigie de un chuchales, Hachiko, transformado en un símbolo nacional. Situada a la salida del metro de Shibuya, gigantesca estación  junto al paso de cebra más atiborrado del mundo, la escultura es un lugar donde quedarse un ratito o hacerte unas fotos. De hecho, con frecuencia, hay que aguardar una fila considerable antes de poder sacarse una imagen junto a este can, de la raza autóctona akita inu. El “perro fiel Hachiko” iba a buscar a su amo todos los días a la estación y, cuando su murió, continuó haciéndolo durante una década. Lealtad.

Lara_lapiz

Cookie, el gato que anduvo más de 1.100 kilómetros para encontrar a su dueña, Dan Bouchery. El felino atravesó Francia de sur a norte después de perderse en un viaje en Grasse, localidad próxima a Marsella. Un año y medio después del desvanecimiento de Cookie, Dan Bouchery recibió insospechada llamada. Dan no daba crédito a lo que columbraban sus ojos pero el chip del animal no dejaba lugar a la menor duda. Era Cookie, a pesar de que había cambiado hondamente su apariencia. Estaba esmirriado y muy sucio debido al extenso y sinuoso éxodo de más de 1.100 kilómetros para volver a su hogar. Amor.

Hace tres años nos dejó Capitán. Desde hace once años, el perro mestizo  cruzaba cada día a las seis de la tarde el camposanto municipal de la localidad cordobesa de Villa Carlos Paz (Argentina) para acostarse allí junto a la sepulcro de su dueño, Miguel Guzmán, fallecido en 2006. El fiel amigo tenía ya dieciséis años. La insuficiencia renal crónica que padecía le ocasionaba frecuentes vómitos y un perpetuo y difuso estado de somnolencia. Había perdido la vista y apenas podía caminar. Pese a ello, Capitán seguía acudiendo a su irrenunciable cita diario para permanecer al lado de los restos de su amo. El día de su muerte los cuidadores del cementerio se asombraron al no verlo pasear, como de costumbre, entre las criptas, sino tendido sin vida en los lavabos del cementerio. Nobleza.

Nuestros albaceas

Rememoremos Ciudad, de Clifford D. Simak. Se trata de una portentosa novela compuesta de ocho relatos que se nos presentan como si hubiesen sido compilados y comentados por un editor canino, pues efectivamente, la sociedad en que se ha publicado esta amalgama de relatos es una cristalizada sociedad perruna desde hace ya miles de años.

En tal sociedad,  el hombre deviene improbable huella sobre quien ya no quedan más que leyendas de origen incierto que enfrentan a los eruditos en la materia. Los chuchos, la especie dominante -y afortunadamente pacífica- de la Tierra. Y los últimos - y únicos - legatarios de esa especie tan peculiar y abracadabrante denominada sapiens sapiens. Memoria

…Y, en mi caso, eterna gratitud a todos los bichos que me acompañaron desde crío. Ángeles cuadrúpedos. Ángeles. En fin.