En la última semana del reciente mes de noviembre se celebró Ágora, II Congreso Internacional de educación, investigación y empleo 2021. Un evento desarrollado en el Paraninfo de la antigua Universidad Central de Madrid –sito en la calle San Bernardo, 49–, patrocinado por Google, Vodafone, Telefónica, Hewlett-Packard, Intel, Samsung, Odilo o McGraw Hill, entre otras firmas. Como organizadores y colaboradores participaron también numerosas instituciones públicas: la Comunidad de Madrid, el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas, la Universidad Complutense de Madrid o el Consejo Escolar del Estado, entre las más destacadas.

La finalidad del Congreso, según se indicaba en el primer párrafo del programa, era, ni más ni menos, “conseguir cambios significativos en el aprendizaje y desarrollo de las personas. Cambios que redunden en el incremento del bienestar, la calidad de vida, la empleabilidad y el desarrollo de la carrera profesional”. Unos propósitos muy ambiciosos que no lograron atraer al público, pero que no impidió que el congreso se vendiera a los medios de comunicación como un éxito en todos los aspectos. También de asistencia, sí, debido a que una parte del aforo se cubrió con decenas de funcionarios de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid obligados a dilapidar su jornada laboral en el citado congreso para, literalmente, “hacer bulto”.

Por otra parte, pese a la apariencia dada al evento, presuntamente abierto al debate y propiciador del mismo, apenas quedó tiempo para alguna pregunta en la apretada sucesión de intervinientes. Evidentemente, no era ese el objeto de Ágora, sino anunciar como positivo y ya decidido el camino de la “educación del futuro”. Un porvenir marcado en el presente por unos pocos –los organizadores– y que se quiere imponer como hecho consumado antes de que nadie pueda objetar nada. Como la Agenda 2030 y todas esas “cosas” de las que se nos informa, pero sobre las que no se nos pregunta ni se nos permite discutir.

La explicación es sencilla: Todos los implicados en aprobar, “implementar” y administrar las “nuevas metodologías”, “nuevos sistemas pedagógicos”, “nuevas herramientas digitales” e “innovadoras plataformas tecnológicas” tienen importantes intereses económicos en este terreno. Pretendiendo, en aras de la sacrosanta innovación,  que las administraciones públicas paguen con nuestros impuestos a empresas privadas las sucesivas, constantes e “imprescindibles” actualizaciones, y dejando pingües beneficios en forma de comisiones para los políticos. No se entienda aquí, sin embargo, que se condena el afán de lucro per se, sino la hipocresía de quien lo vende como un “bien social” cargado de espíritu filantrópico. Porque todo este tinglado no implica beneficio real para nadie más que para las empresas desarrolladoras de tecnología y algunos políticos sin escrúpulos.

Y es que los oradores allí presentes –directivos de empresas, políticos, funcionarios y sindicalistas–, autoerigidos en “popes de la educación”, sólo pretenden pastar del erario. Razón por la que tanto las instituciones públicas como las grandes empresas vinculadas al evento, lógicamente, pusieron todo su empeño en que el Congreso fuese percibido como expresión de un gran esfuerzo modernizador de la Enseñanza.

Por supuesto, las innovadoras propuestas presentadas a lo largo de estas jornadas no tenían nada de novedoso, pero tal circunstancia no impidió que durante todo el congreso se siguiera divulgando la especie de que las grandes virtudes de los proyectos apadrinados por las empresas e instituciones allí representadas eran la originalidad y su carácter pionero. “Transformar la educación”, “aulas del futuro”, “aumentar la competencia digital”, “colaboración de los ámbitos privado y público”, “diálogo”, “progreso”, “innovación”, fueron consignas infinitamente repetidas, dando por hecho que la innovación es positiva per se, sin necesidad de explicar por qué y para qué se innova. Innovar o innovar se titulaba la conferencia inaugural del miércoles 24 a cargo del “director de innovación” de la Fundación Telefónica, por si había dudas.

Siguiendo el formato habitual “a la americana” de estas funciones, las distintas intervenciones se teatralizaron según la fórmula de “mesas redondas”, vistiendo con la apariencia de un debate lo que en realidad era pura y simple transmisión de doctrina.

Una de las razones esgrimidas en estas mesas para justificar la innovación a todo trance, fue que los alumnos de hoy deberán prepararse para profesiones que ni siquiera existen en la actualidad. Lo que condujo, natural e inmediatamente, al moderador de la mesa –subdirector general de innovación de la Consejería de Educación de Madrid– a ponderar las “soft skills” (sic) como el trabajo en equipo, la flexibilidad y la capacidad de adaptación. Faltó reivindicar la docilidad como virtud suprema de los subordinados, asumiendo un futuro laboral incierto o inexistente en un país que ha desmantelado la Enseñanza, la Industria y absolutamente dependiente en materia energética.

Ni una palabra se oyó allí –más allá de la mera retórica vacía– sobre la importancia de una formación sólida, ni en defensa de la lectura como hábito positivo e imprescindible para el desarrollo de un pensamiento crítico o propio. Porque, obviamente, ninguno de los chamanes y brujas allí reunidos se distinguían tampoco por su cultura.

En esa misma línea debe entenderse la siguiente afirmación pronunciada por uno de esos gurúes eternos de la educación, de los que llevan décadas viviendo del cuento, el excelentísimo carcamal –expresidente del Consejo Escolar del Estado– don Enrique Roca Cobo: “debería desterrarse el concepto de suficiencia y el de repetición que lleva aparejada”. Viejo “argumento” apuntalado por otro “gran pensador”, Alonso Gutiérrez Morillo –responsable de estudios de la federación estatal de enseñanza de CCOO–, que sin vergüenza alguna osó defender, al hilo de lo anterior, que “la repetición es segregadora”. ¡Olé! Y dado que la Selectividad no selecciona –aprueba más del 95% de los que se presentan–, el título de graduado escolar no implica saber leer ni escribir y la Universidad no habilita para encontrar trabajo... ¡Para qué estudiar! ¡Para qué la escuela, los institutos y las universidades!

Ahora bien, lo fundamental y más grave de toda esta farsa es que un akelarre semejante sólo es posible cuando nadie del auditorio –ni entre los voluntarios ni entre los forzados– conoce los numerosos e “ilustres” antecedentes que, en el arte de embaucar, timar, seducir y estafar en el ámbito docente, se remontan hasta casi la prehistoria con la coartada de las “buenas intenciones”. En este sentido me permito recomendar un libro de hace casi un siglo: New School in the old World, escrito por Carleton Washburne y publicado en Nueva York en 1930, en el que se recoge una amplia serie de iniciativas “innovadoras” muy semejantes en espíritu a las que ahora padecemos.