La otrora escritora Espido Freire, y –dicen, yo no veo la puta tele– últimamente tertuliana de programas “rosas”y feminista, es la protagonista de una de las anécdotas de autoengaño (o gilipollez, según se mire) más colosales que me ha ofrecido la vida. Toda una lección vital, que ríete tú de los aforismos y axiomas más enrevesados, y que explica que los covidiotas sean seres de toda condición social y cultural. De aquellos polvos, estos barros manchando la vida de los cuerdos y regocijando la de los covidiotas, que disfrutan en su propio lodazal.

Fuimos amigos bastantes años, hasta dormí en su chamizo del madrileño Barrio de Salamanca varias veces, en cuartos separados, ojo; aunque una vez me dijo: “Bakken, eres muy atractivo” , con cierta lascivia más frivolidad que deseo sexual, supongo, pero como era la novia de un buen amigo de entonces, no me tomé en serio el flirteo. Queda claro que éramos buenos coleguillas, hasta me invitó a fiestas privadas (restaaños, eventos culturetas, y etc.). Digo esto para que se vea el vínculo de amistad que crea cierta confianza, por la cual una vez hasta hablamos de temas de amor, que no de faldas, y ella –romántica empedernida aunque sexualmente muy activa, demasiado según mi amigo (su novio) – admiraba el hecho de que yo fuera tan gilipollas de estar medio año “a 2 velas”, por un absurdo respeto a mi exnovia, con la cual intuía que iba a volver, mientras ella se estaba follando a un etarra y diputado separratista qatarlán, de la CUP… y yo haciendo el “Zambombo” (os recuerdo que es el colosal personaje de la novela “Amor se escribe sin hache”. Un plancha bragas ejemplar) .

Bueno, pues todo mi halo de enamorado romántico y empedernido fornicador autocensurado, se fue al traste cuando su novio decidió follarse a una de sus muchas amantes, justo la noche antes de que ella fuera a pasar unos días a la casa de él. El muy cretino se dejó un condón, bien usado, en la papelera y a la vista de cualquiera que se arrimara a ella. Y la que se arrimó fue Espido, que al verlo se asombró de que en un piso donde vivía el novio solo, hubiera un condón usado… sin haber estado antes en su vagina. Ella le pidió explicaciones al excelso infiel, que no tuvo otra mejor ocurrencia, el muy hijo de puta, que decir que había sido yo el portador del susodicho látex. “Le dejé la casa a Bakken, para que viniera a follar con una amiga”. Y ella, que me llamaba “Bakkencito” y que siempre que me iba a Eivissa varios meses “me echaba mucho de menos y pedía mi pronto retorno”, se lo tragó.  Tras la trola, me llamó el novio y me contó la movida y que Espido me iba a llamar ese día, con cualquier excusa –pues hablábamos muy a menudo – para investigar mi versión de la procedencia del condón usado; alguna mosca revoloteaba tras su oreja. Le dije a mi amigo que yo jamás miento, ni piadosamente, pero tanto me “lloró” que acepté, previa severa advertencia de que era la primera y última vez que iba a mentir por él (luego lo hice otra vez, y por algo casi peor… pero eso es otra historia).

Espido me llamó esa tarde, y tras una larga charla sobre lo divino y lo humano, fue al quid de la cuestión, al motivo de la llamada, y como si nada me soltó: “por cierto, Bakkencito, ¿ayer estuviste con una chica en casa de Gonzalo”? En ese momento se rompió todo mi celibato real ,en pos del estúpido respeto a la que se estaba follando al etarra (y enemigo mío, y yo de él. Cuento esta soberbia historia en mi relato “Queridísima estelada” que podéis leer en mi blog cesarbakken.net), y confesé que sí, que fui yo el fornicador en casa ajena.

Bien… hasta aquí no habréis pillado por qué este hecho de encubrir al sempiterno infiel que es Gonzalo Escarpa, es el mayor autoengaño que he contemplado y un tipo de credulidad forjadora de covidiotas. Ahora lo vais a entender, es algo tan sencillo que todavía me descojono de que una supuesta erudita como Espido, no lo atisbara.  El día que se supone me follé a esa tía, yo vivía a 200 metros de esa casa. Es decir… ¿Por qué iba a decidir tirarme a una tía, o ella a mí, en la casa de un vecino y no en la mía?  Espido lo sabía de sobra, de hecho se asombrara de que viviéramos tan cerca. ¡Qué coincidencia, solía decir!. Pero no se le pasó por la mente lo que, espero, os esté pasando a vosotros ahora: ¿por qué iba a salir de mi casa para ir a la de su novio? ¡Es tan absurdo todo! Además, me jode que asumiera que yo podía ser tan cerdo como para dejar un condón usado en casa ajena. Pero ya sabéis, queridos niños, que el amor es ciego y –sobre todo – muy, pero que muy gilipollas como reza un gran tema de los no menos grandes Twisted Sister.

Años antes de esto, ya le decía yo al Escarpa que por qué coño era tan infiel. Qué está muy bien la promiscuidad (yo mismo he fornicado más que los monos) pero sin tener pareja. Y me contestó, textualmente: “Prefiero ser fiel a mí mismo que a mi novia, y me gusta follarme a otras tías”.

La última vez que vi a Espido fue cuando me invitó a ver la ópera “Norma”, en el rojero antro llamado matadero de Legazpi, al aire libre. Buena ópera, pero yo había quedado a cierta hora y la dejé “plantada” en el último acto. Igual le sentó mal… pues desde entonces me hizo el vacío, cosa que me la suda pues estoy demasiado lleno de mí mismo como para echar en falta a alguien. También había cortado ya con el infiel, que realmente era nuestro vínculo más en común. Y, tal vez, quería algo más conmigo que la amistad… y se despechó porque yo me pirara a emborracharme con un amigo en lugar de seguir con ella y luego, quien sabe…

No hace falta que insista en que Espido es covidiota y publicó, hace un año, una novela que tiene pinta de ser otra resignación a la vida asquerosa, en este caso representada en su protagonista (un alterego de ella) depresiva y deprimente… No la he leído, ni lo haré, anda que no tengo lecturas que hacer y releer… ¡ a mi me gusta mi vida! y, recordando siempre a Luys, insisto: “mi vida es maravillosa”.

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