España es una nación de cualidades excepcionales y rica en valores, yo me atrevo a decir que es la nación Apóstol de las naciones, porque estando en los confines de la tierra, tan lejos de Palestina, Santiago el Mayor y San Pablo vinieron, empleados por misión divina a plantar la fe católica, hecho que demuestra que España abultaba mucho en la soberana mente, como quién había de servir, sobre todas las demás naciones, a la exaltación de la fe católica.

     Reflexionando sobre lo anterior me pregunto ¿Cómo contestó España a esta predilección de Dios? La mayor parte con la sencillez que como podía esperarse de una raza tan generosa, tan leal y tan valiente.  Otra, con la soberbia de la duda y la desconfianza de que esos viajes llegasen a realizarse, dado la lejanía de nuestras costas y la escasez de medios de trasporte.

     Por mi parte, yo creo firmemente que la Santísima Virgen María se apareció en carne mortal al Apóstol Santiago en Zaragoza, muy a pesar de que incluso algún arzobispo modernista lo pusiese, dentro incluso de la misma basílica del Pilar, en entredicho. Y creo también que San Pablo estuvo aquí predicando la Buena Nueva, como nos atestiguó aquel andaluz llamando Licinio en su carta a San Jerónimo: “No en vano sabemos que cuando el Apóstol San Pablo escribía a los Romanos: De camino para España espero visitaros… Bastante indicaba, al exponerse a un viaje tan largo por mar, lo mucho que esperaba de nuestra nación.” También traigo a relación el Calendario griego que al igual que el Martirologio romano ponen el día 4 de octubre a San Hieroteo, Obispo de Atenas, que fue español convertido por San Pablo, y que, según su discípulo, San Dionisio Areopagita, en la biografía del mencionado santo nos dice que predicaba a Cristo en Jerusalén, antes de que San Pablo viniese a España. Así mismo es curioso, también, constatar que cuando San Pablo vino a España, ya conocía a los españoles, y de los que tenía un buen recuerdo, dado que durante su estancia en Corinto enseñando la palabra de Dios, un grupo de judíos se apiño contra San Pablo y lo llevaron ante el Gobernador, acusándole de predicar a la gente un culto de Dios contrario a la ley. Y cuando San Pablo iba a defenderse, el cordobés Galión, Procónsul romano de Acaya y hermano de Séneca, adelantándose dijo a los judíos: “Si se tratase de un delito o de algún gran crimen, entonces sería razonable que admitiese lustra acusación. Pero como se trata de palabras y de nombres de lustra ley, allá os las hayáis vosotros, que yo no quiero ser juez de estas cosas”. Y los echó del tribunal.

     La huella dejada por San Pablo y Santiago en la Hispania romana, está preñada de católicos, que a machamartillo han proclamado su fe. Porque ¿qué soldado o caballero no lleva colgada al cuello una medalla de la Virgen y en su boca ese grito guerrero que se ha pronunciado en mil combates?: “¡Santiago y cierra España!”

     El Gran Capitán, al volver de sus campañas de Italia, siempre iba a ofrecer a Santiago sus victorias.

     Hernán Cortés, al volver con una nueva España, se la ofrece a la Virgen de su tierra, a Nuestra Señora de Guadalupe. Con él va su primo Pizarro a implorar la protección de su patona para conquistar el Perú.

     Y aquel campeón del cristianismo que se llamó Carlos I, quien al frente de sus escuadras a la conquista de Túnez, fue preguntado presuntuosamente por sus acompañantes por el que sería el Capitán General en aquella empresa, y el Emperador, sacando un crucifijo y descubriéndose, les contestó “Este, cuyo Alférez soy yo.”

    La sangre se vertió y abundantemente, cuando con generosidad inigualable, superando a Roma o Cartago, España entrego a la Iglesia a los innumerables mártires de Zaragoza. Cristo solo lo sabe, como también sabe que hoy como ayer la tierra entera esta regada con la sangre española de sus mártires, que aún hoy son canonizados los de la última cruzada del 36, y es que por todos los poros de nuestra tierra ha bebido la sangre de que estaba sedienta. Alma española, en silencio y con cabeza descubierta oremos ante esta bendita tierra de María Santísima sembrada de Santos, para que la sangre vertida de nuestros compatriotas martirizados sea semilla de buenos cristianos.

     Pero no queda ahí la religiosidad de nuestra Patria. No olvidemos que el Emperador Teodosio para suprimir el paganismo declaró la Religión Católica única religión del Imperio. Realizando por primera vez en el mundo la unión de la Iglesia y el Estado, y por tanto la Unidad Católica en el mundo.

     Años más tarde, la España conquistada por los Godos los conquistó a su fe. Era el gran triunfo de la Nación Apóstol, que en boca del III Concilio de Toledo exclamó: “Gloria a Nuestro Señor Jesucristo que junto a la unidad de la verdadera fe tan ilustre gente, instituyo una grey y un pastor…” 

    Una España que Menéndez y Pelayo en su Historia de los Heterodoxos Españoles resumía así: “España, evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra”. Y que seguidamente pronosticaba proféticamente: “El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas. A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea”.

     Efectivamente, esa herencia, la mayor que la Patria nos legó durante tantos siglos, era esa misma Unidad Católica que implantaron sus conquistadores y misioneros en las Españas por ellos descubiertas y que se la dio a España el Cristianismo. Por ella fuimos nación y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la tenaz porfía de cualquier codicioso, y esa misma Unidad Católica, que ha sido pódium de nuestra fe y quien ha persistido a través de los tiempos, defendida con titánicos esfuerzos por los españoles contra las herejías se ve hoy medio rota por una claudicación de una minoría progresista de la propia Jerarquía eclesiástica española.

    A partir de 1978, periodo en el que la Iglesia española apoyó la transición e incluso defendió como mal menor la aprobación de la Constitución atea,  hizo tambalear la religiosidad del pueblo español, de tal forma  que la práctica religiosa en nuestra Patria ha decaído de forma generalizada y la secularización social y religiosa ha tenido consecuencias desastrosas, no solo religiosas sino políticas, ya que desde entonces estamos padeciendo, tras la pérdida de la Unidad Católica, consecuentemente y de forma enfática la destrucción territorial de nuestra Patria.  Y ¡así nos va! Sin embargo la Iglesia española continúa como defensora de los valores democráticos y de las libertades, incluida la religiosa, lo que la ha permitido adecuarse a los tiempos modernos y a la apostasía reinante un gran número de españoles, proceso que ha dejado los seminarios y noviciados vacíos, la órdenes religiosas al borde de la desaparición, los templos  solo con calvas y canas, cerrados muchos monasterios y conventos, y una merma de practicantes católicos en un España irreconocible y en la agónica desaparición de lo que siempre ha sido su ser: un catolicismo sin tacha.