Entrevista al historiador Zalán Bognár publicada por el diario Magyar Nemzet el 24 de febrero de 2021.

“Si hubiera que caracterizar la deportación de civiles húngaros desde el punto de vista de sus consecuencias, solo podría llamarse así: deportación a trabajos forzados que llevó a la muerte en masa”. El historiador Zalán Bognár, presidente de la Sociedad Internacional de Investigadores del Gulag y del GUPVI nos habla de la conferencia organizada por esta asociación acerca del blanqueamiento del comunismo en el siglo XXI y de lo que se puede aprender de las setecientas mil tarjetas de registro de los campos recientemente digitalizados.

Lleva treinta años ocupándose de la historia de las personas deportadas al Gulag y a los campos de GUPVI. ¿Cómo maneja esta abrumadora tragedia humana que se desarrolla ante usted?

Lo cierto es que es muy diferente estudiar sobre un tema y una época cuyos efectos aún se sienten, que sigue viva en nosotros, aunque para muchos solo a nivel del inconsciente colectivo. Para muchos de nosotros, para la mitad o al menos un tercio de nuestro pueblo, y yo soy uno de ellos, este tema toca también nuestra historia personal: mi abuelo inocente fue secuestrado en Budapest sin ninguna razón o justificación oficial. Fue, gracias a Dios, uno de los que consiguió volver, aunque solo pesaba 38 kilos cuando lo hizo y desgraciadamente murió poco después, por lo que nunca tuve la oportunidad de conocerlo. En mis cursos universitarios y en mis conferencias en las provincias, siento que nuestra sociedad tiene una gran necesidad de esclarecer esta parte de nuestra historia llena de sufrimiento, largamente ocultada y condenada al olvido.

¿Se han roto los tabúes? ¿Pueden las víctimas hablar ahora?

Cada vez son más los que se dirigen a mí o a nuestra asociación, la Sociedad Internacional de Investigadores del Gulag y del GUPVI, pidiendo ayuda para investigar el destino de un pariente o amigo cercano, abuelo o bisabuelo, el lugar de su muerte, o para cualquier otra información que aún pueda encontrarse sobre uno u otro de sus antepasados que estuvo entre los civiles deportados o que se convirtió en prisionero de guerra. He recibido muchos agradecimientos por dedicar libros a este tema, de personas que sentían que por fin alguien estaba contando al mundo la historia de su padres, madres, abuelos o bisabuelos, y que el destino de un ser querido que fue deportado como un civil inocente para realizar trabajos forzados no se estaba hundiendo en la oscuridad del olvido. Y estos encuentros personales son una gran fuente de motivación para seguir investigando.

¿Hay alguna historia que le haya emocionado especialmente?

Hay varias que se han grabado profundamente en mi memoria. Por ejemplo, la historia de una familia que vivía en una aldea de Kiskunság. Unos soldados soviéticos borrachos llegaron a su aldea y exigieron mujeres. La familia tenía cinco hijas, de entre 8 y 21 años. Uno de los soldados violó a una de las chicas, llamada Julia, de 19 años, delante de toda la familia. Uno de sus hermanos perdió el control y mató al soldado con la pistola que éste había dejado tirada en el suelo, tras lo cual los otros dos soldados huyeron. La chica violada y su hermano fueron torturados hasta la muerte, los padres fueron condenados a muerte como líderes de una “banda terrorista”, y todos los demás miembros de la familia mayores de 12 años, así como el marido de la hija mayor, que también estaba presente, fueron condenados a entre 15 y 25 años de trabajos forzados. La pequeña Erzsébet, que entonces tenía ocho años, creció huérfana; solo 11 años después, en 1956, se reunió con sus tres hermanas supervivientes.

Desde hace más o menos 30 años se permite conmemorar a los deportados. ¿Hasta qué punto cree que la sociedad húngara ha asumido esta cuestión desde el cambio de régimen?

Desgraciadamente, durante la época comunista era imposible hablar de ello por una prohibición cuyos efectos aún se dejan sentir mucho hoy en día, ya que generaciones enteras crecieron ignorando estos hechos históricos. La ocultación de hechos históricos y la acumulación de mentiras descaradas a lo largo de 45 años han dado a una gran parte de la población una visión del mundo distorsionada y falsificada que es muy difícil de remediar. En 1956, por ejemplo, István Örkény, que había sido un prisionero de guerra en los campos soviéticos, dijo en Radio Kossuth: “Mentimos por la noche, mentimos durante el día, mentimos en todas las frecuencias imaginables”. Tras esta confesión, también se le prohibió publicar durante cinco años.

Desafortunadamente, este trauma histórico para nuestra nación sigue sin aparecer en los libros de historia: o bien lo ignoran por completo, o bien le dedican una sola frase a su reconocimiento, pero incluso así, su relato no siempre se corresponde con los hechos históricos. Y, por supuesto, a los marxistas no les gusta que se señale la inhumanidad de los regímenes basados en los principios de Marx.

El profesor Zalán Bognár. Foto de Éberling András

¿Qué opina del hecho de que el comunismo se esté rehabilitando en Occidente? Alemania ha dedicado recientemente estatuas a Marx y Lenin.

Creo que la causa principal de esto es el hecho, ya mencionado, de que todo el bloque comunista, como Hungría, ha practicado el formateo de la conciencia, la mentira, la falsificación de la historia, la ocultación y el lavado de cerebro durante 45 años. Además, el cambio de régimen supuso para muchos una especie de reducción del nivel de vida, un mundo que se había vuelto profundamente inseguro en comparación con las aguas estancadas de los regímenes paternalistas de la época comunista. Esto hace que miren con nostalgia a la época comunista, que, aunque restringía mucho sus libertades, les daba seguridad y una cierta igualdad, aunque fuera una igualdad en la pobreza. No olvidemos que la mayoría de las dictaduras comunistas comenzaron a debilitarse antes del cambio de régimen. Si hubieran sido arrastradas por una ola revolucionaria tras la muerte de Stalin, la gente no habría olvidado la inhumanidad del régimen ni sus horrores, y no sentiría nostalgia por el comunismo.

Además de la falta de conocimiento, hay otro factor importante que empuja a la gente hacia la izquierda: la rapacidad de las empresas multinacionales, contra las que los gobiernos no quieren o no pueden actuar en interés de sus ciudadanos. Por lo tanto, recurren a una visión utópica del mundo que creen encontrar en el marxismo-leninismo, a pesar de que la historia mundial ha proporcionado pruebas innegables de que no se puede crear ningún régimen humano sobre la base del marxismo-leninismo.

En la primavera de 2021, los Archivos Nacionales de Hungría tienen previsto poner en línea la base de datos de casi setecientos mil nombres en la que ha estado trabajando durante dos años. ¿Qué significa este acontecimiento desde el punto de vista de la investigación?

Es un proyecto que nos abre inmensas posibilidades, porque en cada una de estas casi setecientas mil tarjetas individuales hay dieciocho preguntas, una con tres subpreguntas, además de otros datos, como el número del campo donde se rellenó la tarjeta. Esto significa que hay más de 13,5 millones de datos en estas tarjetas. Además, se constató que este archivo no solo contiene las tarjetas rellenadas originariamente en los campos GUPVI (Dirección General de Prisioneros de Guerra e Internos), sino también las de los campos del Gulag. Hay que añadir, sin embargo, que estas aproximadamente setecientas mil fichas contienen solo los nombres de los que, habiendo sobrevivido al viaje, llegaron a uno u otro campo de la Unión Soviética. En cambio, no se incluyen los nombres de unos doscientos mil deportados que fueron liberados posteriormente de los campos de la cuenca de los Cárpatos, de Europa Central o del sureste, ni los de los entre 100-120 mil deportados que murieron en estos últimos campos o durante el transporte por ferrocarril. Por otro lado, en las tarjetas también faltan muchos nombres de deportados que llegaron realmente a los campos soviéticos y una misma persona puede aparecer en varias tarjetas.

El título de su presentación es “Comunidad e individuo en el contexto de los campos de trabajo soviéticos”. ¿Pretende centrarse en historias individuales? Al revisar la lista de temas, veo que las conferencias informarán principalmente sobre la investigación regional y local.

Tras una consideración de la sociedad húngara en su conjunto, pasamos a comunidades y grupos sociales más pequeños y, finalmente, a las historias individuales. La primera sección está dedicada a la extraordinaria importancia de la llamada “cuestión de los prisioneros de guerra” en Hungría y Transilvania en los años posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial. En esta sección también se tratará la información obtenida hasta ahora mediante el estudio de esta base de datos de casi setecientos mil registros. En un total de tres conferencias se presentará una gran cantidad de datos, muchos hechos crudos y complejos, aún inéditos, sobre toda la sociedad húngara. En diferentes ponencias se presentarán los resultados de los estudios sobre el destino de grupos regionales o sociales, abundantes en nuevos e interesantes hallazgos, y estudios en profundidad a nivel de distrito o área metropolitana, que por supuesto también revelan destinos individuales extraordinarios y asombrosos, destinos cuya acumulación acaba haciendo historia. También es importante recordar que el período de estudio de esta conferencia termina con el año 1956, por varias razones, pero principalmente porque en 1956 se produjo una nueva ola de deportaciones de ciudadanos húngaros a la Unión Soviética.

En otra entrevista en nuestro diario, usted señaló que: “Los comunistas hicieron desaparecer las fuentes documentales, por lo que los recuerdos personales son muy importantes. Por lo tanto, este ámbito de investigación está todavía en sus inicios. Quedan muchas preguntas sin responder, teniendo en cuenta que, si se incluye a los padres y familiares de los deportados, más de cuatro millones de personas se vieron afectadas por estos acontecimientos”.

Sí, precisamente por el gran número de afectados en la sociedad actual, sería de gran importancia crear por fin un Instituto de Documentación e Investigación del Gulag y del GUPVI, o al menos un grupo de investigación dentro de un instituto ya existente, donde, además de procesar esta ingente cantidad de datos, se recopilaran las restantes fuentes escritas y audiovisuales y los estudios disponibles sobre el tema; dicho centro funcionaría también como una administración pública encargada de expedir certificados a los deportados a la Unión Soviética.

No es fácil cribar el papeleo producido por la burocracia soviética.

El personal de los Archivos Nacionales de Hungría ha realizado un trabajo colosal, pero la mayor parte sigue pendiente: Hay innumerables errores de redacción y lagunas de información. Imagínese la situación en la que un secretario de origen uzbeko, letón, kazajo o de otro tipo tiene que escribir en ruso la información que se le da oralmente en húngaro. Los casos en los que se han equivocado, han escrito mal o han traducido mal son legión, y la mayoría de ellos no pueden ser detectados por algoritmos, sino que requieren el uso de recursos humanos. Además, habría que comparar estos datos con los de las fuentes húngaras y, por supuesto, ¡sintetizar todo esto! Pero esto requeriría un instituto independiente o, al menos, un grupo de investigación. El tratamiento de estos datos permitiría ofrecer a varios cientos de miles de familias una mínima compensación moral, en forma de información sobre las circunstancias olvidadas o silenciadas de la vida y la muerte de sus familiares.

Dada la tasa de mortalidad y el número de los deportados, ¿podemos seguir refiriéndonos a este fenómeno histórico “Málenkij robot” (poco trabajo), que los húngaros utilizan a menudo? ¿No sería más exacto hablar de una forma de castigo colectivo?

Son muchos los que se lo han preguntado; de hecho, la expresión “Málenkij robot” es engañosa a primera vista. Es una expresión que los historiadores han tomado prestada de la lengua vernácula. En aras de un uso más correcto, los historiadores lo ponemos entre comillas, al menos por dos razones. En primer lugar, porque era la mentira utilizada por los soldados soviéticos para engañar a sus víctimas, cientos de miles de civiles, durante estos secuestros. La forma rusa correcta sería, por supuesto, “malenkaya rabota”, pero hay que añadir que los soldados soviéticos, que no eran étnicamente rusos (o al menos eslavos), apenas sabían ruso y, por tanto, pronunciaban mal la expresión, a lo que se sumó la mala interpretación de los prisioneros húngaros, lo que dio lugar a esta forma apocopada que todavía se utiliza aquí. La otra razón para usar las comillas es que nuestros compañeros civiles que fueron víctimas inocentes de la operación no fueron llevados para un poco de trabajo, sino para muchos años de trabajos forzados. Sin embargo, al principio, estos secuestros se denominan deportaciones en los documentos oficiales de la época.

Sabemos incluso por una carta firmada por József Révai, el principal ideólogo del Partido Comunista Húngaro, que muchos miembros de la izquierda, incluido el ministro del Interior, Ferenc Erdei, antiguo secretario general del Partido Nacional Campesino (pero en secreto miembro del Partido Comunista), compararon los secuestros soviéticos con la deportación de judíos por la Alemania nazi.

¿Es correcta esta comparación?

Los métodos de deportación eran efectivamente comparables; sin embargo, el objetivo de los campos soviéticos de GUPVI no era exterminar a los prisioneros, sino obligarlos a trabajar. Es cierto que en muchos casos este trabajo forzado los llevó a la muerte. Un tercio de los prisioneros del GUPVI murieron por la falta de higiene en estos campos, por la falta de alimentos, las epidemias de tifus y disentería y el exceso de trabajo. Pero también hay casos como los de Beregdaróc o Tabajd, donde las inhumanas condiciones de vida en los campos provocaron la muerte del 90% de los deportados de estos pueblos. Por lo tanto, si hubiera que caracterizar la deportación de civiles húngaros desde el punto de vista de sus consecuencias, solo podría llamarse así: deportación a trabajos forzados que llevó a la muerte en masa.