Maldito sea el Concilio

Vaticano Segundo

que quiso conciliar

a la Iglesia con el mundo.

Sus frutos envenenados

no tardó en propagar:

la católica doctrina

sumida en la ambigüedad,

Roma a la herejía

abierta de par en par

y el Santo Sacrificio

de la Misa tradicional

en banquete transformado.

“Primavera de la Iglesia”

ese tiempo fue llamado

con cinismo sin igual,

tenebrosa primavera

que adulteró la verdadera

religión poniéndola en manos

de masones y falsos cristianos.

Maldito, mil veces maldito sea

el Concilio Vaticano Segundo

que por querer conciliar

a la Iglesia con el mundo,

al mundo desamparado

lo dejó y a la Iglesia

le hurtó su magisterio fecundo.

El gélido y cruel invierno

que atravesamos se fraguó

durante aquel contubernio.