Lo más perverso de la modernidad ha sido privar al hombre del sentido de su existencia; los trastornos psicológicos, la tristeza, el pesimismo patológico no son más que la consecuencia experiencial de la falta de fe. No se puede ser integro sin una epistemología integral, porque si se escinde la realidad en dos como si Dios fuese algo ajeno no se comprende la existencia y ahí comienzan los problemas del hombre occidental: el que es a si mismo su Dios y a la vez es incapaz de comprender el porqué de su fatiga espiritual – a lo que hoy comúnmente se le conoce como depresión –. Si uno no se humilla ante Dios se produce una disonancia cognitiva lógica ¿Por qué siendo yo mi propio Dios no puedo construir la realidad? Esta aporía fundamental es la que nos revelan las escrituras cuando nos hablan del plan divino y la rebelión del maligno; no aceptar la voluntad de Dios es rebelarse contra Dios, lo que termina inevitablemente en el resentimiento, la angustia, la pena, la violencia y por último en la muerte: supone una condena en vida, la misma condena que sufre aquel que se revela contra lo que Dios ha dispuesto, el infierno terrenal que le espera al que quiere configurar una realidad a su gusto .

Por eso, en los tiempos que corren, es tan importante ejercitarse espiritualmente, decantarse como expone Rod Dreher, por la opción benedictina: construir frente a la postmodernidad un muro infranqueable sobre nuestra comunidad religiosa, y hacer de nosotros mismos cuerpos de élite al servicio de Dios y de su iglesia: oasis de libertad y de conocimiento como lo fueron los monasterios benedictinos durante la oscuridad que asoló Europa tras la caída del imperio romano: situación que según David Engels seria análoga a la actual, y desde luego tiene evidentes paralelismos.

Pero no puede estar con Dios, ni ser amigo de Cristo, quien no reconoce el estatuto supereminente de la naturaleza divina; el sentido trascendente de la existencia cuyo alcance nos es inaccesible, y a cuyo conocimiento solo podemos acceder – como expone Santo Tomas en la Summa Theologiae – por analogía: debido a que nuestras facultades cognoscitivas nos vienen dadas cualitativa y cuantitativamente según el plan divino. Por eso para estar ágil en el combate es necesario ser integro, lo que implica reconocer en cada acto de nuestra vida la autoridad de Dios, la del padre que cuida de sus hijos, según su bondad infinita e incompresible para sus criaturas.

En esta época decadente, el liberalismo corruptor ha institucionalizado el ateísmo, desposeyendo al hombre de las armas del espíritu, nos vemos en medio de la disolución ¿pero es que no lo estuvieron San Benito y San Agustín en su época? ¿Es que no se mantuvieron en pie cuando todo lo que les rodeaba eran ruinas? La ocasión no puede ser más propicia que la presente para forjarse en la lucha del espíritu: lloramos, nos quejamos, pataleamos… y en ese pesimismo enfermizo, en el compadecerse de uno mismo, pasamos por alto la oportunidad que nos ofrece la providencia para hacernos dignos de su gracia. Olvidamos esos ejemplos de nuestra historia reciente: al requeté y al divisionario que en medio de las llamas confiaron todo su ser al santo Rosario.

No hay ninguna duda de que la postmodernidad es el terreno idóneo para la lucha espiritual, el enemigo parece cada día más fuerte, las doctrinas inmanentes son propias de sus legiones y es lógico que lo sean: los expulsados del cielo se aferran a la tierra, pero el hombre que es hijo de Dios encuentra, por el Espíritu Santo, el camino trascendente hacia su padre celestial; tras la disolución viene la reconstrucción, tras la doctrina materialista la espiritual, tras la muerte la vida según el orden y los límites de la divinidad.

Por eso la doctrina moral de la iglesia católica es el medio que nos conduce a la paz que nos dejó Cristo: solo el que acepta y deja de luchar contra la voluntad de Dios es capaz de alcanzar la paz de espíritu; no se trata de un dogma de fe, ni de algo exclusivamente cristiano; aceptar el límite, abandonarse a Dios es el santo camino al que nos invitan los sabios, desde Heráclito el oscuro a San José María Escrivá: conócete a ti mismo, de nada demasiado y la aceptación del límite como  el camino recto del hombre justo.