(A mis padres y a mis hermanas) 

Más de medio siglo llevamos juntos los seis.

Juntos, sí, aunque desde hace ya muchos años

por diversas geografías nos hayamos repartido.

Porque más allá de las distancias,

unidos han permanecido nuestros corazones

por lazos invisibles, por lazos irrompibles

de consanguineidad y de amor.

Juntos en nuestras alegrías;

juntos ante las adversidades

‒las cuales, gracias a Dios, nunca han sido irreversibles‒;

juntos en tantos viajes

que hemos hecho por el mundo;

juntos en las fechas más señaladas

en nuestros múltiples hogares,

que han sido en verdad el mismo

indestructible hogar.

El tiempo, ese agente corrosivo, ninguna mella nos ha hecho;

nuestra unión, al contrario, se ha nutrido de él.

Nada ni nadie importante para cualquiera de nosotros

ha sido indiferente para los demás.

Nos hemos deseado lo mejor

y hemos hecho cuanto hemos podido

por ayudar a que ese deseo se hiciera realidad.

Aunque distintos en nuestros caracteres, en nuestras personalidades,

un sello común indeleblemente impreso en nuestras almas

nos hace afines en lo esencial.

Somos seis y somos uno;

somos semillas de un mismo árbol;

somos, y siempre seremos, la familia-familia.