Faltaba menos de un mes para que mis hijos, a los cuáles hace casi tres años que no puedo darles un abrazo ni decirles que les quiero, cumplieran años. Y como cada año quería hacer algo por ellos, algo que en un futuro ellos pudieran ver y saber que no les olvidaba.

 

La infancia de Hugo y César, aunque me consta que ríen y se divierten en el patio de su colegio, está mutilada, incompleta. Y por desgracia para mis pequeños, la procesión irá por dentro. Todo ello se lo deben no a las denuncias falsas, sino al sistema político y judicial que permite esas denuncias. La mentira ha existido y existirá siempre, pero lo que nos ha traído este siglo XXI es que se premia a la mentira ya que los poderes del Estado se lucran y benefician de dichas mentiras llegando al punto de alentarlas: todo para perpetuarse en el poder y hacer que sus cuentas en los paraísos fiscales tengan más ceros. Todo a consta del dolor de muchos padres y sus familias paternas y, sobre todo, de la incomprensión de unos niños y niñas que no pueden llegar a entender lo que está pasando y tampoco pueden defenderse de ello.

 

Analizada una y otra vez la situación de este colectivo de padres luchadores frente a las injustas leyes de género, corren nuevos vientos de acciones contagiosas y esa energía me llegó... “¿Qué puedo hacer por mis pequeños?”, me pregunté. Y poco después me encontraba navegando por internet en busca de una bicicleta que fuera compañera de batalla en mi proyecto.

 

Después de hacerme con ella y entrenar, diseñé el Camino a Fátima. En silencio, sin decirle nada a nadie, para no sentir la presión de obligatoriamente tener que hacer algo y no llevar la carga del proyecto desde antes de haberlo comenzado. Por ello, después de preparar minuciosamente tanto la ruta como toda la logística del viaje, anuncié que me metía en la carretera tan solo 24 horas antes de dar la primera pedalada.

 

Elegí comenzarla el día 8 de julio, cumpleaños de mi hijo mayor Hugo, desde el puente que une España con Portugal y sobrevuela el Miño a la altura de Tui. Pero tuve que hacerlo desde la orilla lusa, pues la (in)justicia gallego-española me tiene prohibido pisar mi Patria, con la amenaza de que si lo hago acabaré con mis huesos en una celda.

 

Por ello hube de comenzar desde Valença do Minho para, poco a poco, irme alejando de mi tierra (adiós ríos, adiós montes, adiós regatos pequeños) y enfilar el Sur, siempre con dos compañeros que hacían más épica si cabe mi aventura: el bravo Océano Atlántico a mi derecha y el viento Norte-Sur que empujaba la bicicleta, haciendo que el pedaleo fuera más llevadero.

 

Después de seis jornadas de esfuerzo, sudor y risas, llegaba a Fátima. En mi equipaje una camiseta, un humilde símbolo con los nombres de más de 90 niños: quería que la Virgen de Fátima diera salud y un futuro de esperanza para todos y cada uno de esos pequeños. También quería rogarle, con devoción, que echara una mano al pueblo español que está sufriendo unas leyes de género que parecen diseñadas por el mismísimo diablo.

 

Y sí, conseguí ambos propósitos, pero conseguí mucho más. Conseguí ejercer el derecho a luchar por lo que es justo, una lucha en la que he tenido como maestro a mi querido amigo y decano en estas lides Jesús Muñoz. Le hice caso en eso que tantas veces le he escuchado: “levantaos una y otra vez hasta que los corderos se vuelvan leones”. Conseguí también que la adrenalina y el aire fresco que ha traído Carlos un padre por la verdad a este colectivo, fluyera por mi cuerpo y llenara mis pulmones. Carlos ha fundado un movimiento, el movimiento 20-M, que está inspirando y motivando a muchos padres y que ojalá que esta ola de energía que trae se transforme en un tsunami que arrase con toda la maldad y el odio que han inyectado los políticos a través de un feminismo sectario que no cree en la igualdad real. Conseguí que me acompañara un nuevo amigo, Jesús Vendetta España, que me guió en el tema audiovisual para que el recuerdo del Camino a Fátima no se perdiera en la memoria, y editó seis vídeos, uno por cada etapa, que cada vez que los veo se me encoge el alma. Después del artículo tiene usted, lector, el último de ellos que ejemplifica lo que digo: es una pequeña obra de arte de mi amigo. Conseguí todo eso y mucho más, conseguí dar calma a mi inquieta alma: a través del pedaleo y a través de las palabras de ánimo de familia, amigo y padres. Tantos y tantos nombres que no me atrevo a poner ninguno aquí a riesgo de olvidarme de alguno... a todos ellos, que saben perfectamente quienes son, gracias de corazón.

El día 13 de julio, cumpleaños de mi hijo pequeño César, pude por fin apoyar mi bicicleta en el tronco de una encina y dar por acabada mi experiencia. Pero para mi sorpresa llegaron dos abrazos que nunca olvidaré y que no esperaba: Andrés, un padre afectado de Badajoz, y mi padre, habían hecho un gran esfuerzo desplazándose hasta allí para dármelos. Gestos que me llenaban, como me han ido llenando las oraciones de mi madre todos estos años para que se arreglen las cosas.

 

Y acabé el Camino a Fátima, un camino dentro de otro camino más grande, el que me ha de llevar a darle un abrazo a mis hijos y besarles su frente y decirles que ya pasó todo. Queda recorrido pero mientras haya salud tendré que ir dando pasos por él. Ya queda menos para recomponer esa unión sagrada entre hijos y padre que nadie debió cortar.