En la Antigüedad se dividía el año festivo en dos grandes períodos: Estío y Hieme (verano e invierno), aunque en la tradición grecolatina hablaban de cuatro estaciones, tal y como ahora las conocemos. Desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XVI, el pueblo distinguía dos partes dentro del antiguo “veranum tempus”: primavera y estío, de manera que cuando se hablaba del verano se aludía a la primavera, Según Juan Ruiz, Azcipreste de Hita en el Libro del Buen Amor, del primer tercio del siglo XIV:

Tenié las yerbas nuevas

en el prado anciano:

partése del invierno,

con él viene verano.

 

Todavía en el siglo XVI, Santa Teresa de Jesús incorporaba el mes de abril al verano, y también en el capítulo LIII de la segunda parte de Don Quijote habla de cinco estaciones: “Pensar en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado, es pensar en lo escusado, antes parece que ella anda todo en redondo, algo a la redonda, a la primavera sigue verano, al verano el estío, al estío el otoño y al otoño el invierno”.

En La Capeadora, un entremés del gran cautivador de este género en el siglo XVII, el toledano Luis Quiñones de Benavente, aparecen los meses del año y las estaciones de la manera en que hoy escribimos estas cosas:

El marzo, el abril y el mayo

componen la Primavera.

El junio, el julio y agosto

el Estío representan.

Septiembre, octubre y noviembre

dan al otoño obediencia.

Diciembre, enero y febrero

son del invierno las fuerzas.

 

Diciembre es festivamente en nuestro país de dos ambientes de tradición grande: las celebraciones de la Inmaculada Concepción y las intensas Navidades. La fiesta de Santa Lucía, el 13 de diciembre. A Lucía de Siracusa le arrancaron los ojos durante su martirio. Patrona de la Vista, no de los ciegos, así como de los sastres, modistas, tejedoras, guarnicioneros, vidrieros, cuchilleros, talabarteros, notarios, escribientes, marineros, parteras, barqueros, bedeles, conserjes y patrona de las prostitutas.

En la localidad guipuzcoana de Zumárraga celebran su feria en la fiesta de Santa Lucía, donde ensalzan al “inoxal” o caballo chico autóctono como colaborador necesario en las actividades agrícolas locales. Los valencianos festejan a Santa Lucía con la “Tabalada” en una ermita que conservó hasta el primer cuarto del siglo XX esta festividad.  Allí concurrían los “tabalers” y “dalçainers” para dar un concierto y la “volta” o desfile de los cofrades en el que entrega la “mangraneta” o panecillo bendecido. Los bollos de Santa Lucía son propios de estas fechas en la barcelobesa Gavá tras el “vot del poble” o voto que hizo la villa el día de San Nicolás.

También se reparten bollos en Olivenza y en la Pobla de Claramunt a las niñas que han salido a cantar a la santa: higos secos, membrillos, mandarinas y almendras, junto con el aguinaldo.

De los festejos navideños ya tomamos referencias en su momento y por eso pasamos al mes de enero, con dos fiestas muy populares: San Antonio Abad y San Sebastián. San Antón fue más celebrado antaño que hogaño, caracterizado por la bendición de los animales y con las características propias de cada localidad.

San Antonio Abad nació en Egipto en 251. En Almagro llaman a esta festividad la de los “Santos Viejos”, iniciando con ellas el ciclo de invierno. Las vueltas de San Antón, con jinetes, animales y muchachos. Ese día había tregua entre manolos del Avapiés, majos y chisperos madrileños.

San Sebastián también es santo festero en toda España. Nacido en Milán, era capitán de la guardia de Diocleciano que, receloso de que su hombre de confianza profesara el cristianismo, mandó darle muerte el 20 de enero del 288. Lo lanzaron al circo para que las fieras lo devoraran, pero éstas lo respetaron. Es conocida la fiesta de la “Carantamaula” o “Carantañas” en Acebuche (Cáceres) o en la villa toledana de San Pablo de los Montes.

En las villas riojanas de Ezcaray y Ojacastro se reparten habas por San Benito; en Viloslada se dan panes y carne durante la romería de Lomos de Orio, en la que se reparte pan con queso, mientras que en San Vicente de Murilla se comían migas en el atrio de la iglesia, tras haberle sido ofrecidas a Dios en el ofertorio de la misa. En la capital riojana, para no ser menos, reparten peces del río.