La otra tarde acompañé a mi hermana a hacer la compra. Venía con nosotros su hijito Nicolás, así que al salir del súper dejamos las cosas en el maletero del coche y nos fuimos los tres al parque. Mientras mi hermana llevaba al niño a los columpios, yo me dirigí hacia un grupo de chavales que estaban jugando al fútbol. Me planté ante ellos y les dije:

–Doy veinte duros a quien me pare un penalti.

Los chavales tendrían entre diez y doce años. Uno de ellos cogió el balón y los demás se abalanzaron sobre él para arrebatárselo, prestos como estaban a aceptar mi desafío.

–Eh –les dije–, tranquilos. De uno en uno.

Se volvieron a dispersar, y el que había cogido la pelota se colocó entre dos árboles que hacían las veces de portería. Después me lanzó el balón.

–¿Lo tiro desde aquí? –le pregunté.

–¡Eh, qué dices! –exclamaron él y sus compinches–. ¡Más atrás!

Retrocedí un paso.

–¿Desde aquí?

–¡Más atrás!

–Nada de más atrás. Lo tiro desde aquí o no hay veinte duros.

–¡Sí, sí, desde ahí! –aceptaron rápidamente.

Coloqué el balón en el “punto fatídico” y retrocedí tres pasos para tomar carrerilla.

–Eh, no vale tirar fuerte –me dijo el que estaba de portero.

–Te lo voy a marcar flojito y colocado –le dije yo.

Y así lo hice, ajustándolo a su poste izquierdo.

–El siguiente –dije, y otra vez se apiñaron todos en pos del balón–. Eh –les advertí–, si no vais de uno en uno lo dejamos.

Establecieron los turnos. Luego se colocó el segundo entre los dos árboles. Tiré otra vez por el lado izquierdo y volví a marcar.

–¡Eh, a mí me lo has tirado más fuerte!

–El siguiente –dije yo.

Se puso el tercero y repetí la ejecución: lancé por el mismo lado y le hice gol. Al cuarto, que era ya el penúltimo, se lo tiré por la derecha. Adornándose con una soberbia palomita lo paró e inmediatamente vino a reclamarme los veinte duros. Tan pronto se los di salió disparado hacia el kiosquete de la esquina, seguido por sus compinches. Sólo uno, el que no había pasado aún por la portería, se quedó ahí para decirme que le tocaba a él. Saltaba a la vista que era, no sé si el más pequeño, pero sí el más apocado de la pandilla.

–Lo siento –le dije–, yo ofrecí veinte duros y los ha ganado tu amigo.

El chaval dio media vuelta, cabizbajo, y yo volví junto a mi hermana y mi sobrino.

Un rato después, cuando ya nos marchábamos del parque, observé que los cuatro que se habían cobrado la recompensa, sentados ahora en lo alto de un banco, se atiborraban de golosinas mientras el quinto en discordia seguía cabizbajo y al margen de aquel festín.

–Ve yendo al coche –le dije a mi hermana, y me dirigí hacia ellos otra vez–. Eh, tú –le dije al marginado–, ponte en la portería.

–¿Quién, yo?

–Sí, tú.

Se colocó entre los árboles y pedí el balón.

–Voy a subir la oferta –anuncié–. Si no te lo marco, te doy quinientas pelas.

–¡Guau! –exclamaron los cuatro del banco.

Tomé carrerilla y le pegué un buen zapatazo a la pelota. Salió fuera. Me acerqué al cabizbajo, extraje una moneda del bolsillo y se la entregué. Entonces los otros cuatro saltaron del banco y se abalanzaron sobre él.

–¡Eh –les dije–, dejad en paz al chaval!

Pero mi hermana ya me hacía señales desde el coche y me alejé de ellos pensando que, después de todo, en esta vida hay que espabilar.