Si como escribiera Donoso Cortés, “en toda cuestión política va siempre envuelta una cuestión teológica”, ¿de qué forma podríamos definir la teología de los nuevos amos de la globalización? Académicamente podríamos concluir: como un neopaganismo tecnocrático para el siglo XXI. Sin embargo, vamos a tratar de profundizar en ello a lo largo de este artículo.

Para entender la alianza entre poderosos capitalistas que bajo sus labores filantrópicas imponen un imperialismo global de oligarcas acaudalados y la hegemonía cultural progresista diseminada en medios de comunicación (televisiones, periódicos, redes sociales, “verificadores”, etcétera) y mafias artísticas (galerías, museos, editoriales, productoras cinematográficas, etcétera), hay que ir al fondo de sus ideas y al origen de su efigie contemporánea. Así, el término “contracultura” fue postulado por el estudioso del cine y experto en gnosticismo —como acredita su impresionante novela Parpadeo (Flicker)—, Theodore Roszak, mediante la publicación en el significativo año de 1968 de un texto fundacional conocido en español como El nacimiento de una contracultura. En el fondo toda la cultura moderna ha sido una contracultura en cuanto que siempre se ha legitimado sobre la cancelación de los valores tradicionales: la familia, la religión, la comunidad; sin embargo, la contracultura es el grado extremo de la modernidad en su legitimación antitradicional radical. Después de la revolución religiosa de Lutero, la filosófica de Descartes, la astronómica de Copérnico y Galileo, la material de Darwin, Mendel y Servet, la racional de Kant, la “de la sospecha” de Marx, Freud y Nietzsche, la industrial de la evolución de la técnica y la sexual de Mayo del 68; llega una síntesis de todas las anteriores surgida en la Costa Oeste de los Estados Unidos y, más concretamente, en California. Solo el transhumanismo podrá dar un paso más en la negación de la realidad y de la propia condición humana: como humanismo ateo y, en definitva, como antihumanismo.

La jugada maestra consistía en proponer una revolución sexual que, gracias a la incorporación de la mujer al mundo laboral y la legalización de los preservativos permitiera atomizar la familia tradicional y convertir a la mitad de la población mundial en una mano de obra esclava —al estilo postindustrial, mucho más rentable, por cierto, que el modelo previo donde el esclavista mantenía al siervo: en el mundo moderno es el Estado el que realiza esa labor gracias a un dinero que arrebata al propio trabajador: sencillamente brillante— asalariada al tiempo de en una vasta horda consumista y hedonista. La otra mitad de la jugada consistía en apropiarse de toda disidencia posible al modelo tecnocrático de sociedad de consumo que terminaba de homogeneizar todo el orbe sin excepción según el american way of life, imponiendo un pensamiento único a escala global por primera vez en la historia. Esa disidencia no era exactamente controlada pero sí perfectamente asimilable en, por ejemplo, el uso de la droga como vía de escape de la realidad por parte de esos mismos trabajadores explotados en el mundo empresarial y consumidos por la creciente presencia estatal. ¿Recuerdan el “soma” o droga de la felicidad de Un mundo feliz? Eso era el hippismo del que hoy todos somos hijos. Y, hoy mismo, no podemos olvidar la tremenda inversión de George Soros en la legalización de las drogas que, poco a poco, se va imponiendo en países como Uruguay o en estados como —¿casualidad?— California.

Todos somos fruto del Mayo del 68 parisino en muchos aspectos pero, en realidad, nuestro futuro está más encaminado hacia el mundo cultural planteado por el 68 californiano que alimentó el nacimiento de las big tech que hoy en día componen el eje de este “capitalismo de la vigilancia” cuya capital mundial es Silicon Valley y en el que estamos inmersos. No podemos olvidar, de forma paralela, el crecimiento imparable de aquello que Eisenhower denominara, en el lejano año de 1961 —pocos años antes, sin embargo, del surgimiento del hippismo—, el “complejo militar-industrial”, en buena medida formado por El Pentágono, que es la mayor empresa del mundo no privada —Ministerio del ejército— y está en manos de masones. En cuanto a los propios antecedentes de “intelectuales” supuestamente contrarios al “sistema” pero, en realidad, tremendamente convenientes, habría que citar, en la Gran Bretaña de finales del siglo XIX, a la Sociedad Fabiana teóricamente socialista pero muy bien situada y financiada y con la participación de miembros de la talla de George Bernard Shaw, Graham Wallas, H.G. Wells, Virginia Woolf, Emmeline Pankhurst y Bertrand Russell; nombres que hoy nos pueden sonar lejanos pero que, décadas después, serían sustituidos, en el mundo californiano, por otros no menos relevantes que han terminado de conformar nuestro imaginario posmoderno: Alan Watts, Ken Wilber, David Bohm, Alan Moore, Timothy Leavy, Paul Goodman, Norman O. Brown, Herbert Marcuse, Albert Hofmann, Joseph Campbell, William Burroughs, Jiddu Krishmanurti, George Gurdieff. Algunos de ellos son pensadores muy respetables y otros poco menos que charlatanes impresentables.

Antes de continuar con la importancia de la new age en esta “cultura del Gran Reseteo” cuidadosamente diseñada, quiero apuntar un punto tan fundamental como polémico de este artículo: la similitud ideológica de nuestros tecnócratas actuales con los aristócratas del nazismo. No sólo porque George Soros fuera colaboracionista nazi, porque la eugenesia “positiva” —en contraposición a la “eugenesia negativa”, según dicen, del nazismo original— que esconden el aborto o la manipulación genética de embriones y porque el ecologismo panteísta y neopagano tal y como lo conocemos surgiera en la Alemania nacionalsocialista —¿recuerdan aquella portada de la revista Time donde la “aria” Greta Thunberg aparece con un ocasional bigote hitleriano?—, sino por el culto a la técnica rastreable, por ejemplo, en el futurismo fascista y su equivalente alemán. Además, el nazismo trató siempre de conciliar al Estado con las empresas —piensen en Bayer o en Volkswagen—, que es exactamente en lo que estamos viviendo. Según el historiador y economista Antony Sutton, la relación entre los empresarios norteamericanos y Hitler fue evidente al punto de que se atreve a afirmar que el nacionalsocialismo, como antes el bolchevismo soviético, estuvo financiado directamente por un Wall Street que compartía proyectos eugenistas de limpieza de la raza. Sutton también escribió que la Guerra Fría no fue otra cosa que una pantomima pactada tras la IIGM y organizada igualmente desde Wall Street, desde donde se financió a los comunistas y a los fascistas por igual hasta llevarles al poder en sus respectivos casos. Por último y no por ello menos importante, hay que recordar la fascinación de Hitler por el islam y las actuaciones nazis en Oriente Medio vertebradas en ambos casos con un antisemitismo común.

Vayamos ahora con Klaus Schwab que, nacido en 1938, se cría en la Alemania gobernada por Hitler y, sobre todo, que sigue habiendo votado masivamente a Hitler a pesar de haber perdido posteriormente la guerra. También se ha especulado con un posible abuelo Rothschild de Schwab. Según Johnny Vedmore, “Especialmente reveladora es la historia del padre de Klaus, Eugen Schwab, que dirigió la rama alemana de una empresa de ingeniería suiza, apoyada por los nazis, actuando en la guerra como un destacado contratista militar. Esa empresa, Escher-Wyss, utilizó mano de obra esclava para producir maquinaria fundamental para el esfuerzo bélico nazi, así como para el esfuerzo de los nazis por producir agua pesada para su programa nuclear. Años más tarde, en la misma empresa, el joven Klaus Schwab formaba parte del consejo de administración cuando se tomó la decisión de suministrar al régimen racista del apartheid de Sudáfrica el equipo necesario para avanzar en su intento de convertirse en una potencia nuclear”. Klaus Schwab, además, fue alumno de Kissinger en Harvard —¿lo captó y promocionó entonces?—, posteriormente trabajó para la ONU y estuvo inscrito en el Club Bilderberg, de dónde sacó el modelo para el Foro de Davos, que situó en los Alpes, cerca de donde ocurre la acción de La Montaña Mágica de Thomas Mann. La mitología es muy importante: Schwab se las da de alquimista, al menos según su amigo Paulo Coehlo, y le otorga al Foro toda una simbología ritual donde se inicia a los nuevos miembros. El nazismo de nuestras élites del siglo XXI es eugenista, tecnócrata, naturalista y neopagano. Klaus Schwab escribe: “Las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial no se detendrán en convertirse en parte del mundo físico que nos rodea, se convertirán en parte de nosotros. De hecho, algunos de nosotros ya sentimos que nuestros teléfonos inteligentes se han convertido en una extensión de nosotros mismos. Es casi seguro que los dispositivos externos de hoy, desde computadoras portátiles hasta auriculares de realidad virtual, serán implantables en nuestros cuerpos y cerebros. Los exoesqueletos y las prótesis aumentarán nuestro poder físico, mientras que los avances en neurotecnología mejorarán nuestras capacidades cognitivas. Seremos más capaces de manipular nuestros propios genes y los de nuestros hijos. Estos desarrollos plantean preguntas profundas: ¿Dónde trazamos la línea entre humano y máquina? ¿Qué significa ser humano?”. Un superhombre tecnológico.

El nazismo también surgió de una democracia que rescindió las libertades de los ciudadanos desde dentro, como ocurre ahora, y estableció unas fuertes relaciones entre las farmacéuticas de la época y el gobierno nazi. Construyó una narrativa donde se consideraba a algunos sectores de la sociedad como una plaga que debía ser erradicada. Hoy como entonces y bajo la apariencia de un mundo interconectado todo está sometido a la vigilancia y el control de un único sistema. En el futuro se pretende que los humanos se encuentren hibridados con la tecnología y vivan en una realidad virtual. Pero antes se ha dado un gran paso en dicha dirección mediante una brutal reducción de la libertad a cambio de una mayor seguridad. El covid, las crisis económicas, los atentados terroristas derivados en guerras, las catástrofes climáticas y, sobre todo, el catastrofismo climático le ofrecen “una narrativa coherente” —en palabras de Schwab— a la gente que les permite interpretar la realidad y sentirse integrados en el mundo dentro de un marco de seguridad donde todo está dividido polarmente y puede ser interpretado según un esquema maniqueo de buenos y malos (ej: arios y judíos); sacrificios y oportunidades; pasado y futuro. De esta forma, “se evita una reacción popular contra los cambios fundamentales en curso” (Schwab). Tapar el sol (Gates) o desviar los rayos del sol (Schwab), con su motivo “calentológico” y con toda una simbología de negar la divinidad y de sumirnos de forma definitiva en una auténtica Edad Oscura. Si alguien cree que todavía vivimos en un mundo liberal es porque se ha golpeado la cabeza: nuestra realidad supervigilada, nuestra economía planeada por grandes corporaciones de tecnócratas y nuestros estados policiales solo son una nueva forma de nazismo patrocinado desde los estados.

Sabemos que el doctor Josef Mengele —y su maestro Otmar Verschuer— fue financiado por la Fundación Rockefeller y por la Universidad Johns Hopkins años antes de que trabajaran en Auschwitz, cuando Mengele y Verschuer empezaron a experimentar con un supuesto mejoramiento de la especie: unos hechos históricos que aquellos que, como Joe Biden, afirman “creer en la ciencia” deberían recordar. El transhumanismo es la mayor Torre de Babel y el mayor acto satánico en cuanto que nuevo Árbol de la Ciencia, en toda la historia. Como el demonio de la Biblia, los transhumanistas dicen: “Seréis como dioses”. De aquellos experimentos a la idea de “una resurrección médica” como la propuesta por la empresa Alcor. Life Extension Foundation de Max More hay apenas un trecho, intelectualmente. Quieren tratar la muerte como una enfermedad solo para unos pocos y proponen la creación de una única conciencia colectiva en realidad virtual sin recipiente corporal. Vuelven a la idea de que el cuerpo es la cárcel del alma y dicha idea está relacionada con el budismo y el ciclo de las reencarnaciones e incluso con un gnosticismo que entiende la realidad como un aborto imperfecto y, por ello, totalmente mejorable al antojo del hombre. Nuestros tecnócratas son gnósticos en cuanto que creen en una verdad esotérica revelada sólo a unos pocos individuos despojados de “los valores tradicionales”, poseedores de unos objetivos claros y conocedores de los medios esenciales para materializarlos. Y mientras esa manipulación genética preserva unas aristocracias oligárquicas de tecnócratas instruidos, el resto de la humanidad —por llamarla de alguna forma— se verá reducida a unas castas inferiores “de diseño” compuestas por trabajadores creados para ser productivos en aquellos empleos que las máquinas aún no puedan desarrollar en el marco de una Nueva Revolución Industrial.

Recientemente Elon Musk ha presentado al mundo su Tesla Bot: un producto saludado con entusiasmo por los medios de comunicación y su lobotomizados receptores pero que amenaza con destruir sin paliativos decenas de millones de puestos de trabajo en todo el mundo en apenas unos años. Un antiguo colaborador de Musk, Max Hodak, está apostando desde California en las posibilidades de la neurotecnología y de la hibridación. A un nivel más mundano promueve, desarrolla e invita a ingerir sustancias psicoactivas con fines recreativos y, por supuesto, evasivos; el consumo de alimentos macrobióticos como nueva forma de alimentación; el consumo de psicoactivos —ej: enteógenos— como medicina psicodélica, ritual religioso —”regalo de los dioses”— y método de curación por medios naturales de las patologías modernas; y el compostaje humano como técnica para hacer desaparecer los cadáveres. De hecho, el compostaje humano como forma de entierro ha sido legalizado en —¿casualidad?— California: una medida ecologista de “reducción humana” sin impacto en el medioambiente. Además, Hodak habla de un microchip implantado en el cerebro como experiencia mística y religiosa. Aboliendo el individualismo y disolviendo la realidad fáctica en la realidad virtual se conseguirá exterminar la raza humana, o al menos con eso deliran los tecnócratas. Mientras esas especulaciones que suponen los sueños húmedos más deseados por gente tan poderosa como Hodak, Musk o Schwab, resulta necesario constatar que el nacimiento de Internet fue a través de un programa militar, ARPANET, puesto en marcha en 1969 con la colaboración de —¿casualidad?— la Universidad de California. Décadas después, a partir de una nueva era incoada tras el 11S de 2001, La Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa (DARPA) pondría en marcha, en colaboración con la CIA, un proyecto de vigilancia global y de gestión de datos. Esos mismos datos suplirían el papel de la moneda a cambio del pasaporte otorgado al usuario para poder desplazarse libremente por la red. Gracias a eso, ha podido desarrollarse una oportunidad de un auténtico panteísmo tecnológico: igual que hay una publicidad comercial y una propaganda política dedicada a cada sector completo —compuesto por individuos-tipo— de la sociedad, la idea es que haya una religión a la carta para cada caso. En buena medida, ya la hay, está en pleno uso y es consecuencia de la colaboración entre los mecanismos de poder del Estado y las corporaciones privadas que nacieron del experimento militar originario y que hoy colaboran en el control de la población (ej: Facebook): es lo que el filósofo francés Eric Sadin ha llamado “la silicolonización del mundo”.

Jeffrey Sachs, economista de renombre pagado por Soros y una de las personas más influyentes del mundo según la revista Time, ha dicho recientemente que “la salida de la crisis mundial solo puede ser verde y tecnológica”: el segundo paso de la operación coronavirus está en marcha. Después de esta larga digresión para entender la ideología nacionalsocialista de nuestros tecnócratas podemos volver al tema inicial: la contracultura californiana que alimenta intelectualmente a los empresarios de Silicon Valley desde hace décadas. Además de los citados Musk y Hodak, podemos mencionar al santo laico posmoderno Steve Jobs o al propio Mark Zuckerberg y su padrino espiritual común, el gurú Neem Karoli Baba. Bajo el disfraz de una fascinación por Oriente, lo que comercializó la new age fue una estafa y una banalización desprovista de toda sacralidad pero muy rentable, como demuestra el caso de Lobsang Rampa, un supuesto guía espiritual que resultó ser un mentiroso interesado. Una introducción frívola de textos sagrados y modas completamente epocales crearon una mezcla ideológica donde confluyen conceptos de alquimia, iluminación, iniciación, mística y esoterismo con la Teosofía de Steiner y Blavatsky, el Tarot, la Cábala, el hermetismo renacentista, la filosofía de Lao-Tsé —el Tao—, textos como la Bhagavad Gita o la fascinación por el Antiguo Egipto —especialmente Seth—. Para ello ha sido necesaria la terigervasción de autores como Guénon —el Sendero de la Mano Izquierda—, Evola —el sexo tántrico como experiencia religiosa— o Crowley —la magia—. La mistificación termina de cuadrarse con el culto al andrógino estético en la moda y el ideal tecnológico carente de sexo de un robot hacia el que el humano se aproximará gradualmente hasta fundirse con él o sencillamente quedar postrado.

¿Cómo ha sido posible ese despropósito intelectual y como ha llegado a expandirse por el resto del mundo? Mediante la sustitución de la cultura popular particular de cada sociedad por una cultura pop homogénea que nació con la contracultura californiana y fue adoptada por los propios dirigentes de Silicon Valley. Mencionar algunos nombres debe ser bastante para quién esté informado: Jimmy Page, The Beatles, The Rolling Stones, Kenneth Anger… Son algunos ejemplos de personas y grupos que llevan décadas incrustados en nuestra mente. ¿Conocen la canción “Spit out the bone” del grupo Metallica? En ella se puede leer: “Disappear like man was never here/ Long live machine/ Our future supreme/ Human overthrown/ Spit out the bone, yeah” (“Desaparecer como si el hombre no hubiera existido/ Larga vida a la máquina/ Nuestro futuro supremo/ Humano derrocado/ Escupir el hueso, sí”). Casi todos estos personajes comparten secuelas mentales comunes relacionadas con experiencias traumáticas en círculos religiosos cristianos fundamentalistas que les han llevado al extremo contrario: a una parodia de la liturgia y al desprecio a Cristo. Se han creído como Baphomet, Señor de la Luz que, a semejanza de Prometeo, ilumina a los hombres y los saca de su ignorancia: un Árbol de la Ciencia reloaded y una figura, la de Baphomet, presente en las selectas reuniones de Bohemian Grove, donde se incinera un Búho gigante y descabezado que arde hasta el amanecer; o de Burning Man, un festival de siete días de duración en Nevada —muy cerca de California— que culminan con la quema completa del templo donde el protagonismo ha sido para el consumo de drogas y la fiesta posmoderna con DJs pinchando bajo el símbolo del ojo que todo lo ve de la Pirámide que se eleva sobre todos allí. Los antecedentes que supusieron personajes carismáticos como L. Ron Hubbard —Cienciología—, Anton LaVey —Iglesia de Satán— o Jack Parsons —impulsor del laboratorio Jet Propulsion de la NASA y un promotor de la ingeniería espacial que nos podría llevar hasta los recientes proyectos espaciales de Bezos o de Musk—. En definitiva: la espiritualidad new age, por llamarla de alguna manera, ha dejado paso a una auténtica religión posthumana y posthumanista que utiliza el ropaje de lo divino para disimular sus fines perfectamente materiales y más bien siniestros. Se trata de imponer, ganando la batalla por el imaginario, un estilo de vida bohemio y neopagano carente de propiedades y encomendado al culto panteísta a la naturaleza —piensen en el superventas español Niadela o en la multipremiada película Nomadland: dos productos de 2021 que patrocinan esas actitudes existenciales—, donde el superhombre nacionalsocialista de segunda ola esté encarnado por el Tesla Bot o algún producto semejante que pase de servirnos a hacernos siervos.

En su libro Alrededores del ser, Gianni Vattimo trata la cuestión de la técnica en la línea de su maestro, Martin Heidegger. Me permito una cita in extenso del libro sobre la cuestión que nos ocupa: “Nuestra cuestión de la técnica actual debería reformularse así: ¿en qué medida y en qué términos puede separarse la técnica del dominio? A menudo se ha dicho que la técnica es una especie de segunda naturaleza para el hombre civilizado”. Sigue Vattimo: “Sí, probablemente sea cierto, pero en el peor sentido posible: como una segunda naturaleza, la técnica es un poder de dominio que debe ser aceptado. Ahora bien, en la medida en que el dominio aún se requiere para el funcionamiento del sistema técnico global, la técnica es cualquier cosa menos una fuerza neutral y natural. Implica, en todo caso, la persistencia del poder del hombre sobre el hombre, su apariencia de neutralidad y su poder para reducir los conflictos son la peor forma de dominación, ya que no se dejan reconocer como tales. ¿Estoy sugiriendo que todos nosotros seamos víctimas de una especie de lobotomización operada por el sistema que nos mantiene tranquilos y más o menos felices gracias a una especie de droga social? No estoy inventando nada: se han hecho propuestas para liberalizar el uso de las drogas en orden a mantener pacíficas a las masas de desempleados, con un método generalmente aplicado en cárceles para evitar enfrentamientos y disturbios. Por supuesto, asumimos (¿con suerte?) que las cosas no sean (todavía) así. Pero filósofos como Heidegger, fuera de cualquier escenario de ciencia ficción, han hablado de del olvido del ser o de la pérdida de cualquier capacidad de distinguir el ser, de los entes como nos son dados. Si se olvida esta diferencia ontológica, entonces la totalidad del ser se reduce a lo que existe, al orden fáctico de las cosas que excluye la innovación, la transformación y aún más la revolución. El dominio de la técnica, en el que todo lo que sucede está planificado y previsto en principio —es decir, el buen funcionamiento del Gestell—, idealmente excluye el futuro y la novedad. El miedo a la técnica es el miedo que se siente frente a un universo mecánico que promete seguridad en la medida en que excluye una historicidad auténtica. Obviamente, todo esto es en gran parte una pesadilla de conservadores pesimistas, pero captura uno de los riesgos que corre realmente el orden técnico global: la imposibilidad del evento que, para volver a Heidegger, es sinónimo del ser. En la filosofía de Heidegger, ya que el ser no se puede identificar con lo que es de hecho —porque esto, de manera muy simple, nos impediría explicar y vivir nuestras experiencias de libertad: esperanza, miedo, memoria, etc., en una palabra, la existencia humana— debe entenderse en términos de evento: el ser auténtico no es, más bien acaece cuando algo cambia el contexto de la experiencia cotidiana, como lo hace una gran obra de arte que anuncia una nueva civilización, la fundación de un nuevo orden político, la aparición de una nueva religión… Sé que todo esto quizá puede semejar una idea demasiado romántica de la historia humana, pero, de hecho, es el único modo en que podemos tomarnos en serio nuestras nociones base de épocas históricas, cambio de paradigmas, revoluciones, restauraciones, etc”.

Termina Vattimo: “La idea del fin de la historia que se ha popularizado en los últimos años por pensadores como Fukuyama, tiene un significado que probablemente Fukuyama no tenía intención de atribuirle conscientemente. La técnica, el sistema del Gestell, la maquinación global, predecible y planificada, es el fin de la historia en la medida en que su funcionamiento impone (exige, ordena) que nada interfiera para perturbar la actividad regular de la máquina. Recordemos que, al comienzo de la Revolución Industrial, los trabajadores rebeldes, asustados por la posibilidad de perder sus trabajos, destruían las máquinas, en un movimiento que, por el nombre de su inventor, se llamó ludismo (en referencia al general, rey o capitán legendario Ned Ludd). Situación que en muchos sentidos recuerda el actual contexto laboral en el mundo industrial occidental, que resulta muy similar a aquella realidad, no (sólo) a causa de las máquinas, sino más bien a causa de las llamadas leyes objetivas de la economía, debido a las cuales miles de trabajadores están perdiendo sus trabajos. Y esta no es una consecuencia esencial y objetiva de la técnica”.

Recientemente el filósofo Francesc Torralba dijo en un congreso internacional: “Francis Fukuyama, autor de El final de la historia, escribió que el transhumanismo es la ideología más peligrosa del siglo. Michael Sandel, egregio profesor de Harvard, se ha postulado claramente contra las tesis del transhumanismo en su libro, Contra la perfección. Existe una élite mundial dispuesta a vender al mundo la utopía de la biomejora humana a través de la implementación de tecnologías altamente sofisticadas”. Hace décadas, Aldous Huxley pudo afirmar con lucidez: ”Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería, esencialmente, un sistema de esclavitud en el que, gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos amarían la servidumbre”. Hoy, mirando a nuestro alrededor y al poco halagüeño panorama de nuestro futuro más inmediato, podemos compartir la certeza de lo expresado por Ralph Waldo Emerson en sus Ensayos: “La enfermedad y deformidad que nos rodea certifica la infracción de las leyes naturales, intelectuales y morales, y a menudo una violación tras otra para engendrar esa compuesta miseria”. Queda, sencillamente, la resistencia interior: el único bastión inalienable… De momento.