En la noche oscura salí a rezar

a lo largo del paseo de El Arenal.

Lloviznaba y nadie había

más que yo mismo y sólo se oía

junto a mis plegarias el murmullo del mar.

Negro estaba el firmamento, invisible la luna

y parecía que alma ninguna

habitara en el lugar.

Pero yo solo no estaba

en mi soledad.

Aquella a quien yo rezaba

con Su dulce compañía me vino a acompañar.