Un año más, Pamplona se prepara a celebrar sus fiestas, que en buena medida se sustentan publicitariamente en la agresión brutal a seres inocentes (toros), en sus dos versiones escenográficas principales: corridas y encierros. En dicho sentido, deseamos hacer llegar a la opinión pública nuestro firme rechazo a cualquier manifestación lúdica que implique sufrimiento gratuito a inocentes (como desde luego es el caso).

 

La fascinación que mucha gente siente por los tradicionales encierros impide una reflexión objetiva y rigurosa sobre las consecuencias que tienen estos para sus verdaderas y principales víctimas: los toros. Con poner en práctica un básico ejercicio de empatía, descubriremos que su auténtica tragedia comienza al ser raptados de la dehesa ―el único entorno que conocen hasta entonces―, donde tienen a sus compañeros de manada y los espacios que constituyen toda su referencia cotidiana. El traslado a cientos de kilómetros es siempre para ellos una experiencia traumática, incapaces como son de comprender lo que sucede. Sabemos que el estrés severo sufrido durante el viaje les hace perder muchos kilos de peso, y hasta se han dado no pocos casos de muerte por colapso.

 

Ya en el escenario del encierro, todo está concebido para que los animales corran,  y que lo hagan además en la dirección que los humanos desean. La realidad es que los pobres morlacos se muestran aterrorizados ante una multitud extremadamente hostil que les acosa. Es por ello que, en lugar de atacar a sus agresores (un simple desvío hacia los laterales atestados de participantes  acarrearía gravísimas consecuencias para estos), permanecen juntos durante el recorrido, con el único fin de encontrar así un contacto físico tranquilizante, deseando que la pesadilla acabe. Ningún toro corre desbocado durante varios minutos en su medio natural, salvo que este severamente angustiado y trate con ello de evitar algo percibido como peligroso. Además, el asfalto constituye para ellos una auténtica tortura, por cuanto les añade una permanente sensación de inseguridad. Durante cada encierro son habituales las caídas y los golpes contra las maderas del vallado en los bruscos cambios del recorrido. El hecho de no poder refugiarse de quienes les acosan supone un elemento más de frustración (ansiedad y miedo no resueltos) para ellos.

 

Digámoslo claramente: los encierros más famosos del mundo, los de Pamplona, constituyen de facto una burda agresión gratuita a seres por naturaleza pacíficos y huidizos. En consecuencia, ni la tradición ni la aceptación secular pueden legitimar esta canallada.

 

Obviaré en esta ocasión las corrida de toros, donde acaban en tortura pública los protagonistas mañaneros. En dicho sentido, no pocos justifican los encierros porque a los animales ni se les mata ni se les agrede de forma evidente. Pero esos mismos se muestran incapaces para condenar sin paliativos las corridas como tales. Hay algo aquí que no cuadra, y quizá consista en querer hacer pasar por argumento lo que apenas llega a pueril excusa.

 

En ATEA seguimos creyendo que TODO SUFRIMIENTO ES IGUAL ―al menos porque siempre se muestra indeseable para quien lo padece―, sea cual sea la naturaleza, sexo o especie de la víctima. Por eso condenamos cualquier tipo de agresión gratuita a los animales no humanos. Y, por pura coherencia ética, también la infligida a humanos, sean estos hembrasmachoshermafroditas o asexuales (¿qué puede importar dicho detalle cuando de aplicar justicia se trata?).

 

La sociedad (española en general, y pamplonica en particular) debemos hacer frente a una profunda reflexión sobre la licitud moral que nos asiste para infligir sufrimiento a inocentes, por obtener con ello diversión y placer. Tal escenario nos aboca sin duda a una incongruencia moral inaceptable en la tan cacareada Sociedad del Bienestar, y hasta cierta incapacidad ética para exigir derechos propios, al tiempo que se los negamos a otros con absoluta grosería.