La muerte es el enigma más poderoso para el hombre: hasta convertirse en un soporte religioso. Su trascendencia llevó el pensamiento del hombre a lo divino, desde lo humano; hacia lo invisible, desde lo visible; y a la superstición, desde la lógica.

El autor griego del siglo I, Publio Sirio, escribió: “Terrible es la muerte, pero causa aún más espanto el miedo a morir”. Porque al hombre no le basta con enterrar al difunto, necesita ritos y ceremonias fúnebres, por el temor a ser indebidamente enterrado, que angustia a éste mucho más que la propia muerte.  En la Yliada Homero pone en boca de Héctor estas palabras: “Te imploro por tu vida, por tus padres, no entregues mi cuerpo a los perros junto a los barcos griegos; acepta el oro que te ofrecerá mi padre y devuélvele mi cuerpo para que los troyanos me ofrezcan mi parte en los honores de la pira”.

Creencias que mantuvieron hasta los estamentos más populares de las sociedades antiguas, que adornaban sus tumbas con coronas y guirnaldas de hierba: echaban leche y vino para el consumo de los muertos y no constituía un rito simbólico, sino tomado en su realidad material. Eurípides lo escribía en Ifigenia en Táuride: “Sobre la tierra de la tumba derramé leche, miel y vino, ya que con ello se alegran los muertos…”.

Luciano, burlón y descreído, hace escarnio de estas creencias de los hombres de su tiempo, en su Caron: “Imaginan que las almas suben de lo profundo por comida que se les lleva, que se deleitan con el humo de sus viandas y que beben el vino derramado sobre las fosas…”.

Con el tiempo las tumbas dispondrían de cocinas para los guisos mortuorios. En el fondo del alma de los vivos cada muerto era un dios. Esquilo, en Los persas, pone en boca de Atossa estas palabras: “Llevo a mi esposo estos manjares capaces de alegrar a los muertos: la leche, la dorada miel, y el fruto de la viña. Evoquemos el alma de Darío vertiendo este brebaje que beberá la tierra y penetrará hasta los dioses que viven en lo profundo”.

Porque creían que la muerte era suficiente para alcanzar el privilegio de la santidad. Electra, en las Coéforas de Esquilo, dice así a los manes de su padre: “Ten piedad de mí y de mi hermano Orestes, hazle volver a este país. Oye mi ruego, padre mío, y atiende mis votos al recibir mis libaciones, y dame mi corazón más casto que el de mi madre, y manos más puras”.

Ante la muerte, como escribe Pancracio Celdrán en Cultura y letras, el hombre clásico se muestra resignado, a pesar de que finge rebelarse contra el destino. Los epigramas lo ponen de manifiesto. Desde el mundo inferior, desde el Hades, se escuchan las voces de ultratumba hablar al caminante, implorarle que diga en su memoria la jaculatoria piadosa: “Séate leve la tierra”, o para ponerle al corriente de su infortunio, de cómo han venido a parar allí ellos. Que gozaron de la vida y del amor, y le advierten que igual destino les espera. Un epitafio ateniense del siglo VI antes de Cristo se expresaba así: “Ante el sepulcro de Antíloco, valiente y sensato varón, pues a ti te espera también la muerte”.

El tópico de la muerte como gran igualadora de ricos y pobres, de poderosos y esclavos encuentra en el hecho de la vida de ultratumba su más amarga explicación. Un epitafio del siglo III advierte: “Sólo esto es igual para todos. Es voluntad de Zeus que todos mueran y abandonen la luz del sol. Si con plata u oro fuera posible comprar esto, ningún rico descendería al Hades”.

Pero la vida pone también fin a desgracias y sufrimientos. Así, desde su lápida. Predica alegre un difunto del siglo V: “Aquí, oculto bajo la tierra, reposa ya Filón, un marinero cuya vida conoció muy pocas cosas buenas en verdad”.

En la tapia del cementerio de la localidad vascongada de Altube, en enormes letras escritas en negro, sobre fondo blanco, podía leer el viajero esta inscripción: “Sois como fuimos; somos como seréis, cuando menos lo penséis”.

Un poco más alegres, entre letras de fandangos y bulerías, musicó el padre del autor antes referido, Manuel Celdrán Riquelme, en los años cincuenta, esta copla de finales del siglo XIX:

                           Dile a la muerte, madre,

                           que no me lleve;

                           que tengo amores, madre,

                           que él ya me quiere.