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Estos días, y concretamente el pasado día 12, festividad de la Virgen del Pilar, ha hecho  55 años que me casé y he recordado...¡por favor, no se asusten, que no les voy a contar esa batallita! algo que ahora pasado tanto tiempo me ha hecho hasta sonreír, pero que entonces me produjo un ataque de rebeldía contra la Iglesia que casi me lleva a Roma... bueno, al final no me llevó físicamente pero sí por correo y por escrito. Porque, insensato de mí, no tuve otra ocurrencia que escribirle al Papa contándole lo que me había pasado con el cura que me casó... y es la que hoy os reproduzco.

Carta al Papa.

"A la atención de su Santidad el Papa Pablo VI, Cardenal Montini.

Madrid 22 de octubre de 1965 

Santidad, como católico y practicante que soy y creyente en Jesucristo, Nuestro Señor, y defensor a ultranza de Nuestra Madre Iglesia, estudioso de los Santos Padres y de las sagradas Escrituras, escritor de temas religiosos, biógrafo de San Agustín, y del obispo Osio de Córdoba, aquel paisano mío que salvó al Cristianismo en Nicea... me dirijo a vos no para pediros nada relacionado con lo mundanal, sino para rogarle que rece por que mi espíritu se recupere de la tormenta que estoy viviendo como consecuencia de lo que me ha sucedido con el sacerdote cura párroco de la Iglesia de mi barrio a la hora de mi boda.

Verá, Santidad, la señorita con la que me iba a casar y yo, y nuestras familias, acordamos casarnos, naturalmente, nos acercamos hasta la Iglesia más cercana, nuestra parroquia para ponernos de acuerdo con el párroco en el día, la hora y demás circunstancias de la boda.

Era el día 7 de octubre, festividad de la Virgen del Rosario, y nos queríamos casar el 12, festividad de la Virgen del Pilar, por complacer a nuestra madrina, de nombre Pilar.

El párroco nos recibió muy atento y con afecto, hasta que preguntó por la fecha de nuestra preferencia y al decirle el día que queríamos casarnos, de pronto, se levantó de su asiento y casi a gritos nos acusó de estar locos, "¡Eso es imposible, imposible! ¿Y las amonestaciones? ¡No hay tiempo! ¡no hay tiempo! Son 3 amonestaciones. ¡Imposible!"

Fue entonces, al ver que el buen hombre se había alterado de ese modo,  cuando se me ocurrió (Santidad, y ese fue mi error, mi pecado) preguntarle si era un problema económico, porque por nuestra parte estábamos dispuestos a pagar lo que hubiese que pagar.

¡Oh, Santidad, y aquel hombre, nuestro párroco, como por ensalmo  se tranquilizó, bajó los brazos, dejó de gritar y sólo dijo.

"¡Por ahí podía usted haber comenzado!" y le resumo, Santidad, el hecho es que, tras pagar 3.000 pesetas, ya no hubo problemas con las amonestaciones. Y nos pudimos casar el día 12.

Y eso, Santidad, que podía haber sido un "milagro" de la Virgen del Pilar, encendió mi alma de pena.

¡ Si por 3.000 pesetas, pensé, un sacerdote y párroco, se salta a la torera una norma eclesiástica, mal va la Iglesia.

Santidad, se lo ruego, rece por que yo recupere la fe.

Mi Dios es mi vida."

Firmado. Julio Merino.

¡Ah, y lo gracioso me llegó unos meses después!... Cuando recibí un escrito desde el Vaticano pidiéndome los datos del asunto. Nombre del cura párroco y de la Iglesia y un talón del banco a mi nombre por valor de 3.100 pesetas.

Y si no se lo creen, recen por mí.