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Antes de hablarles  de mi "cilicio" creo conveniente aclarar, sobre todo a los jóvenes (seguro estoy que si alguno o alguna lee esto que escribo se parte de risa y además piensa que le estoy contando un cuento de los de las mil y una noche), lo que es un "cilicio". Según la Real Academia la palabra viene del latín "cilicium" y es un tejido de cerdas de cabra de Cilicia y en su primera acepción: faja de cerdas o de cadenillas de hierro con puntas, ceñido al cuerpo junto a la carne, que para mortificarse usan algunas personas...y en su segunda, "saco o vestidura áspera que se usaba antiguamente para la penitencia". También se dice que un "cilicio" es un accesorio para provocar deliberadamente dolor o incomodidad en quien se lo pone.
                      Pero, lo gracioso fue leer que gracias a uno de esas "fajas de hierro con puntas" el obispo de Hipona, o sea el más tarde San Agustín, pudo vencer sus vicios sexuales y su pasiones desmedidas, ya que en cuanto sentía que su cuerpo le pedía sexo se colocaba sobre sus partes uno de aquellos "cilicios", con más puntas de los posteriores, a veces, incluso, hasta harcerse sangre. "Ego auten, cum mihi molesti essent, induebar cilicio".
                    Pues bien, yo también tuve que ponerme un día (¿un día o muchos días?) uno de esos "chismes". Tendría yo 15 o 16 años y ya había renunciado a seguir por la senda eclesiástica a la que casi me arrastra mi cura Don Antonio... cuando Don Manuel, mi nuevo cura, al ver que yo estaba desatado y que "ronroneaba" en torno a las niñas de la pandilla con "pecaminosas intenciones" (bueno, ahí se queda la cosa) me impuso como penitencia, ya que ni los rosarios en cruz conseguían frenar mis apetitos sexuales, el uso de un "cilicio"... y recuerdo, y hasta me rio, la cara que puse cuando me lo enseñó por primera vez, y me prestó uno de los suyos. ¡Dios, pero lo peor vino después,  cuando la primera tarde que me puse el "chisme" nos fuimos a bailar a la pista del Casino (y aquí tengo que decir que el Casino de mi pueblo es, o era por entonces, el más bonito de la provincia, de Córdoba, por supuesto) y saqué a la pista a la "niña" que más tilín me hacía de todas las de la panda y mi instinto carnal se rebeló, porque entonces hasta empecé a gritar de dolor... (sangre, ssudor y lágrimas) con el consiguiente escándalo de los presentes, y hasta de los ausentes, ya que al día siguiente todo el pueblo supo lo de mi "cilicio". Naturalmente, dejé de confesarme, al menos hasta 50 años después.
                 En fín, cosas que salen del baúl de mis recuerdos y que no son sino retazos de mi vida... o batallitas de viejo. Por cierto que ayer leí una frase que me gustó: "No lo olvides, hijo, el tiempo es el mayor adversario de la vejez".