Muchos olvidan que Internet nació de ARPANET, un proyecto militar desarrollado en tiempos del hippismo californiano. Y, sin embargo, la puesta en común de esos dos datos aparentemente irrelevantes pueden contener, si se amplían con una investigación hasta el presente, la clave de nuestro futuro inmediato. A eso nos vamos a dedicar en este artículo. Según el filósofo Charles Taylor, vivimos una “era secular” que, como dijera brillantemente Hans Blumenberg, se legitima mediante una definición negativa sobre su diferenciación con la anterior: somos modernos en cuanto que no somos antiguos. Aquello que para Eric Voeglin eran “religiones políticas”, son para Mark Lilla “teologías políticas”: variedades conceptuales de un acontecimiento común en la historia de las ideas. Sobre ese cambio histórico que llevaba cultivándose desde la obra de Hobbes, Locke, Hume y Spinoza podemos decir que “La antropología religiosa que suplantó a la teología política como fundamento del pensamiento político occidental contenía sus propios problemas y paradojas”. Contemplar la degeneración inhumana padecida por el hombre en el viaje histórico desde la Naturaleza hacia la Técnica y encuadrado en ese marco de la ideología como sustitutivo religioso —una vía utópica que desea convertir la tierra en Paraíso y al hombre en dios de sí mismo—, es la pretensión de este escrito. Un breve esquema de la nueva historia de la Torre de Babel, en definitiva. A la espera de la anunciada caída.

Para Raymond Aron, el comunismo era una herejía del cristianismo aparecida tras la decadencia de Europa; para Voeglin, el nazismo ocupaba un papel similar al mantener el mesianismo encarnado en la figura de Hitler. Escribe el historiador Paul Gottfried, experto en fascismo, “El término religión política designa la infusión de creencias políticas con significado religioso. Las religiones políticas implican grandes planes para transformar la sociedad en un nuevo orden sacro sin relación con la forma en que los humanos han vivido antes. Las religiones políticas también suelen dividir a las personas en justos y malvados en función de si se ajustan a su visión transformadora. Tratan las diferencias de opinión como heréticas y piden suprimir las opiniones disidentes como un rechazo del Bien. El sacerdocio de las religiones políticas exige que castiguemos a aquellos que expresan puntos de vista no autorizados como moralmente malvados; en la lengua vernácula contemporánea, estos son racistas, sexistas y homófobos. Nuevos herejes dignos de ser purificados en la hoguera de la barbarie social.

Hablamos de mesianismo político, según Jacob Talmon, cuando se cree que se trabaja racionalmente en pos de una verdad única (ej: eliminar al chivo expiatorio). Para ellos la historia culmina cuando alcanzan el poder: el marxismo y su fin de la historia; el nazismo y su Tercer Reich de mil años; o Kójeve y Fukuyama con el fin de la historia socialdemócrata o liberal. El socialismo tiene su sociedad utópica particular y su verdad encarnada en unos valores universales capaces de justificar la matanza de inocentes; y lo mismo ocurre, aunque con variantes doctrinales radicales, con el fascismo. El liberalismo cree que la ausencia de verdad absoluta y de una utopía común es una verdad absoluta por la que se deben regir todas las sociedades sin excepción; y los globalistas creen, con la certeza de los liberales, los socialistas y los fascistas, en la Verdad de un futuro que se cumplirá. Solo la democracia cree en hombre que siempre será imperfecto y que, sí, se mejora poco a poco; algo que, a diferencia de las ideas anteriormente expresadas convive bien con el personalismo moderno de Mounier y con la idea cristiana de libre albedrío —que nos lleva a la filosofía de San Pablo de Tarso, de San Agustín de Hipona e incluso al exhaustivo sistema de Santo Tomás de Aquino—, puesto que compatibiliza la tradición cristiana con un sistema que pone al individuo —sin caer en el individualismo: entendido como persona y como identidad— en el centro. La democracia, como explica bien Dana Nelson en Democracia Común exponiendo un modelo alternativo al del “fundamentalismo enmascarado” (J.M. Otero Novas) o “fundamentalismo democrático” (G. Bueno) de raigambre liberal: porque viene consensuado de abajo hacia arriba y no impuesto de arriba hacia abajo, como todo sistema totalitario: sea por un Estado (socialismo y comunismo), por un mercado (liberalismo) o por una oligarquía (una mezcla de ambos a la que llamamos globalismo). Las grandes empresas imitan al Estado pero, también, lo necesitan para poder existir. Liberalismo y marxismo son derivaciones del capitalismo: en su vertiente estatista o en su vertiente de mercado. La utopía de unas empresas libres de todo poder estatal defendida por muchos liberales contemporáneos no es menos delirante que la utopía de aquellos que dicen querer aplicar correctamente el marxismo como se está haciendo ahora en Venezuela. La historia enseña otra realidad bien distinta.

Llegados a este punto es el momento de empezar a plantear una idea fundamental para entender lo que sigue: ¿y si no es la política lo que deriva de la religión sino la religión de la política? Más allá de por un deseo de resolver el misterio del huevo y la gallina, lo que me lleva a poner sobre el tapete dicha hipótesis es el afán de entender el trastrueque que se está jugando hoy en nuestras sociedades gracias a las élites globalistas y a su ideal político-religioso de un siglo XXI neopagano y tecnocrático. Prosigamos: Sigmund Freud hizo un análisis psicoanalítico extraordinario de la neurosis generada al pueblo judío por la presencia ausente de un Dios lejano: ese que Job se negaba a negar a pesar del silencio con el que respondía a sus clemencias después de habérselo quitado todo. Hoy sabemos, sin embargo, que el monoteísmo nació mucho antes, exactamente unos 1400 años atrás tomando de referencia el nacimiento de Jesús de Nazaret. En realidad, Freud también lo sabía y por eso comparó, en su libro Moisés y la religión monoteísta, a Moisés con el faraón egipcio Akenatón, padre del monoteísmo: “Si Moisés fue egipcio, si transmitió su propia religión a los judíos, fue la de Akenaton, la religión de Aton”. El éxodo de Akenatón sería una consecuencia de la destrucción del panteón divino y la posterior ira de los sacerdotes por idolatrar únicamente al dios-sol —esférico, no zoomórfico— Atón.

Tras el fracaso de la civilización alternativa de Akenatón y su muerte, otros faraones posteriores como el ínclito Tutankamón se dedicaron a restaurar la situación previa al monoteísmo al tiempo de pulverizar todo rastro histórico de Akenatón y su reinado hasta que, según Freud —hipótesis actualmente descartada por la historiografía—, un egipcio, Moisés —el nombre Moshe se derivaría del egipcio Mose—, habría revivido el culto a Atón —representado de una forma que anticipa los cultos al Zeus griego, al Júpiter romano e incluso al Odin nórdico— bajo el nombre de Adonai siguiendo con el proyecto civilizatorio de Akenatón, basado en una nueva Ley revelada. Parece que ciertos himnos egipcios dedicados a Aton si tendrían una vinculación directa con ciertos salmos hebreos dedicados a Yahvé: gracias al poder fecundo de la transmisión oral ambas tradiciones habrían copulado una relación similar con el Padre Divino. Por último no hay que olvidar que Jesús pasó una cantidad indeterminada de tiempo en Jerusalén y que algunos especialistas han encontrado dicha huella en sus enseñanzas llegando al extremo de un Joseph Campbell que lo equiparaba con Osiris —y también con Dionisio, Krishna, Adonis o incluso Buda—: otra deidad sacrificada por su pueblo. Aunque hay que recordar, antes de continuar, la genial refutación de Chesterton en El hombre eterno al relativismo inherente a toda mitología comparada: el cristianismo es una religión, no una mitología; Jesús es un personaje histórico y no un héroe de recorrido simbólico..

En cualquier caso, dicho modelo teológico iría evolucionando tanto en los pueblos contrarios a la representación divina como en aquellos pueblos que evolucionaron en su representación de Jesucristo —véase: Jesús representado en algunas catacumbas como pastor de un rebaño a la manera de Orfeo—, de forma intacta hasta la modernidad. De Moisés en adelante nadie volvería al politeísmo siempre y cuando consideremos que el culto a Inanna-Ishtar o a Isis que convivió, adaptado, en el paganismo previo a la cristianización europea con el culto a las diosas de la fertilidad cuyos santuarios serían reemplazados por Iglesias dedicadas a la Vírgen, no era politeísmo. Decíamos que dicho modelo originario del monoteísmo es en buena medida —sin ocultar las muchísimas sutilezas doctrinales introducidas por los exégetas de las Escrituras y por los Padres de la Iglesia—, similar al de la Edad Media hasta que los avances científicos y las guerras de religión europeas derivaron en el nacimiento de la teoría política con dos obras fundamentales: El príncipe de Maquiavelo y el Leviatán de Hobbes. Más adelante vendrían Locke, Hume, Spinoza y Marx, que remataría diciendo que “la religión es el opio del pueblo”. Y, posteriormente, nacerían de la mano de Kant y Comte, con Rousseau de inspirador directo y la notable influencia de la masonería en la necesidad de una religiosidad carente de dogmas, las religiones civiles como elemento de cohesión de las sociedades: una vez más, la política generando la religión con un mesianismo heredado de los tiempos del viejo Akenatón.

A partir de entonces se constataría en la propia raíz histórica y teórica de la modernidad una división radical entre “La ciudad de Dios” (S. Agustín) y “El reino de los hombres” (R. Brague) que estaba ya presente en las palabras de Jesús: “Mi Reino no es de este mundo”; “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Sabiendo, eso sí, que “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Esa segunda parte fue obviada por completo en buena medida gracias a la influencia cultural predominante, a partir del Renacimiento, del protestantismo en Europa y en el Nuevo Mundo norteamericano, del protestantismo y su idea de éxito social en conjunción con la predestinación y la autorregulación de la conciencia. Entonces, ese mesianismo de las religiones políticas fruto de la modernidad que veíamos al principio, ¿de dónde surgen? Del paganismo retomado tras la progresiva secularización que llevaría, transportado por las ideologías de la modernidad cumpliendo el papel de “teología política”, a las distintas revoluciones que han transfigurado hasta trocar en irreconocible la faz del mundo y de la propia condición humana. Durante siglos de cristianismo impuesto como religión oficial del Imperio romano de Constantino en adelante, se van erradicando progresivamente los cultos paganos locales. O, mejor dicho, ocultando, bajo la religión que mezcla una tradición hebrea, una filosofía helénica (S. Pablo) y el derecho romano: cristalizando todo ello en una serie de dogmas de los que el ocultismo o paganismo renegarán. Más allá de la persecución de druidas y de brujas, el paganismo se convierte en una filosofía oculta que, retomando elementos gnósticos, sobre un saber divino reservado a hombres excepcionales o iniciados y proponiendo, por consiguiente, la diferenciación entre saber exotérico común y un conocimiento esotérico minoritario transmitidos de generación en generación.

El punto en el que la modernidad engendra las ideologías al tiempo que retoma el paganismo coincide en el desprecio común al tradicionalismo filosófico. Cancelado el tradicionalismo y reducida a la categoría de opinión o perspectiva producida por una clase social concreta y un cuadro psicopatológico determinado toda ambición de alcanzar y defender una Verdad universal, pudo nacer el totalitarismo —una versión radical del utilitarismo defendido por el liberal John Stuart Mill—, como sistema que somete al individuo al poder omnívoro del Estado moderno. Finalmente, encontramos bien entrado el siglo XX el neopaganismo nacionalsocialista de un Hitler donde confluyen ocultismo, culto a los avances tecnológicos y el totalitarismo político. Una combinación que, con ligeras diferencias y los inevitables añadidos que el progreso técnico demanda, reivindican las élites del globalismo. En torno a ideas como el mejoramiento de la especie, el culto a la naturaleza, la creencia en una aristocracia de espíritu, el canto emocionado al progreso técnico o la preocupación por implantar una eugenesia y someter a control la natalidad, se comenzó a implementar una Ingeniería Social que, décadas después aparecería avalada por los mismos plutócratas oligárquicos que, según el economista e historiador Antony Sutton, estuvieron detrás de la financiación de Hitler, Lenin y de Eisenhower. El fin último era albergar un Nuevo Orden Mundial para el cual era necesario implantar un Gran Reseteo con respecto a todo lo anterior. La teoría se fue perfeccionando durante décadas al tiempo que las viejas ideas se iban remodelando según el signo de los tiempos. El resultado fue que, tras la pandemia del Coronavirus y las medidas adoptadas para su supuesto control por parte de los países —esclavos de un poder supranacional salvo en honrosas excepciones—, lo que años atrás parecían simples delirios bien financiados hoy parece perfectamente viable.