Por la Historia sabemos todos lo que sucedió y lo que fueron los Reinados de Carlos IV y de su hijo Fernando VII, desde el intento del Golpe de Estado del Príncipe de Asturias del Escorial hasta su destierro dorado en Francia, pasando por el Motín de Aranjuez, la caída de Godoy  y la sublevación del pueblo del 2 de mayo de 1808… pero aquellos dos Reinados fueron mucho más de lo que cuanta la Historia y por la intraHistoria sabemos que a consecuencia de la enfermedad sexual de la Reina y del Príncipe heredero aquella Corte se transformó en un burdel colectivo, más parecido a la Sodoma y Gomorra de la Biblia que a una Corte moderna. Se cuenta y no se acaba sobre los amores y amoríos de unos y de otros y de estos y de aquellos (y con lenguaje de hoy de estas y aquellas y de estes y aquelles). Al decir del propio Goya la Corte de Madrid llegó a ser la “ciudad de los cuernos”.

 

Pasen y lean un resumen de lo que fue aquella Corte:

 

 La Reina, que había tenido 14 hijos y 4 abortos con su marido el Rey, tenía un amante “oficial” (Godoy) y todos los miembros de la Guardia Real como “amantes ocasionales”... y todo ello con el beneplácito del Rey “cornudo”. María Luisa, como se cuenta en otra de estas Leyendas, era una ninfómana reconocida y terrible.

 

El Rey no tuvo amores ni amoríos, sólo dos pasiones la caza y el boxeo, sus deportes favoritos. Se sabe que Carlos IV sólo dedicaba a los asuntos de estado 15 minutos diarios, ni uno más ni uno menos. Cumplido el tiempo, “todo” lo que no se hubiese despachado quedaba para el día siguiente. Al final de su vida, ya fuera de España, aceptaba dormir en la misma cama que la Reina y Godoy, por sus temores a ser asesinado cuando estuviese solo. Su comida tenía que ser siempre “probada” por algún servidor.

 

El Príncipe de Asturias, que nación con una enfermedad sexual famosa (pueden leer la Leyenda dedicada a ello), tenía una mujer oficial (la primera de las cuatro que tuvo), María Antonia de Nápoles, dos amantes “oficiales” (la condesa de La Bisbal y la Baronesa de Guindo) y las amantes pagadas de sus salidas nocturnas por los garitos de Madrid.

 

El Príncipe de la Paz, D. Manuel Godoy, tenía una mujer oficial (la condesa de Chinchón), una segunda mujer, no oficial (la actriz Pepita Tudor), una amante “oficial” (la Reina María Luisa) y todas las jujeres que le pedían algún cargo retribuído, pues el toro extremeño todo lo daba a cambio de sexo.

Esto pasaba en el primer escalón social de la Corte, donde imperaban los desvaríos y los juegos eróticos 

En el segundo escalón, es decir la Nobleza, el ejemplo real cundió hasta límites indescriptibles . Veamos:

La condesa de Segovia estaba liada con el hijo mayor de los duques de Pastrana, a su vez, convivía con la marquesa de Lugo y la cantante Elisa Romea. La duquesa consorte del duque de Farias, de origen argentino, era amante de Negrete, el capitán general, pero el capitán general, que estaba casado con una noble sevillana, alternaba con la argentina con la Camera Mayor de la Reina.  La duquesa De Erunsvik tenía cinco amantes, por días y horas fijas: el primero era el grandísimo Goya que acudía al inmenso palacio de la señora duquesa los lúnes, miércoles y viernes, de cuatro a seis de la tarde, el segundo era el general de caballería Angel Guerra, el tercero el marqués de Castro Urdiales, el cuato el embajador ruso y el quinto el Barón de las Torres... más otros amantes ocasionales que entraban a escondidas en el palacio por la puesta de atrás...

 

Y así toda la Nobleza. Aquello no era una Corte, aquello era un burdel Gigante, en el que todo estaba permitido y todo se sabía. Incluso estaba mal visto no tener amores y amoríos fuera del matrimonio. Incluso era “señorial” acudir a los espectáculos públicos acompañados de los o las amantes. Tanto es así que la fortaleza de los títulos se medía por el número de amantes. Se cuenta, o se contaba en aquel Madrid de finales del siglo XVIII, que la condesa Lisbia tenía como amantes al mismo tiempo al alcalde de Madrid y al famoso actor Isidoro Maiquez y que Godoy la desterró por las orgías que organizaba en su Palacio del Paseo del Prado. Sodoma y Gomorra.

 

Y mientras tanto, las clases menesterosas, los majos y las majas, los manolos y las manolas, el pueblo llano, vivían a salto de mata y muchos pidiendo limosna por las calles, loas ejércitos tenían que desfilar sin zapatos, las armas eran todavía las de Carlos V, los famosos Tercios de Flandes se habían transformado en Unidades sin cuartel, la Marina no tenía barcos y los mares ya eran ingleses, los generales alcanzaban sus estrellas no en los campos de batalla sino en las camas de las ilustres damas (una condesa te podía dar cinco estrellas, una marquesa tres y la amante del Príncipe te podía hacer capitán general).

 

Y mientras, el padre y el hijo (Carlos y Fernando ) se disputaban la Corona y se odiaban o hacían cola ante el Emperador Napoleón.

La duquesa de Espejo lo dejó escrito:

 

 “Lo que pasa en el Palacio Real no puede ni contarse y más, mucho más, cuando la Corte se trasladaba a los Palacios de Aranjuez, a la Granja o al Escorial. Porque allí solo había correrías por los pasillos y noches de alcoba. Una puerta se abría y o escondidas y apenas sin ropa, la señora se escapaba de puntillas para meterse en la habitación del Infante o del Príncipe, mientras otra señora se metía en la cama con el marido “engañado”. Y yo no era menos, por qué me voy a mentir. No es de extrañar que nacieran tantos bastardos en las grandes familias y que muy pocos de los Grandes de España fueran hijos de los apellidos que llevaban.

 

El mismo Príncipe Fernando no era hijo del Rey y vete tú a saber si los otros trece lo eran. Sí, si querías medrar, a veces, incluso, si no querías que la Santa Inquisición te encerrase en una mazmorra por “bruja”, tenías que hacerle un favor al Cardenal o al Arzobispo. Yo fui amante un tiempo del infante Don Luis de Borbón, primo del Rey Carlos, aquel que con la leche en los labios ya era obispo de Sevilla y a los 23 años arzobispo de Toledo y Cardenal. ¡Así era la Corte, así fueron aquellos años anteriores a la Guerra!. Lo que vino después,, con los franceses, todavía fue pero” 

Galdós describió así este personaje:

 

 “Lo que hemos dicho era costumbre propia de la edad, y no es justo censurar al Infante porque tomase lo que le daban. Su Eminencia, tal y como le ví descender -el que habla es el personaje galdosiano Gabriel Araceli- del coche en el vestíbulo de Palacio, me pareció un mozo coloradillo, rubicundo, de mirada  inexpresiva, de nariz abultada y colgante, parecida a las demás de la familia, por ser fruto del mismo árbol, y con tanta insignificante aspecto, que nadie se fijara en él si no fuera vestido con el traje cardenalicio”.

 

         Y el pueblo decía:

 

 “De Madrid al cielo... pasando por la cama”.

 

Respecto a Fernando VII todos coinciden en que:

Era un hombre muy introvertido, frío, insensible a todo afecto, callado, al que casi nunca se oía reír y que no mostraba fácilmente sus sentimientos en público. Sobre su carácter se han halagüeña: "El bellaco sucedió al imbécil", escribió sobre él Salvador de Madariaga, quien lo considera como el rey más despreciable que ha tenido España. Hipócrita, cobarde (su propia madre llegó a llamarlo "marrajo cobarde"), mezquino, desconfiado, vil, falto de escrúpulos, rencoroso, miserable, taimado, abyecto, felón, cínico, engreído, terco, arrogante, ingrato, desleal, vengativo y hasta rastrero son algunos de los calificativos que se emplean para referirse a él. Ballesteros lo describe como "un solapado mozo destinado a ser el más funesto e ineficaz de los Borbones".

Tenía, desde luego, un rasgo de crueldad que se manifestaba en ocasiones como aquellas en las que mataba pajaritos con sus propias manos. Y a veces era también agresivo con las personas. Por ejemplo, en una ocasión en que su primera esposa, María Antonia de Nápoles, quiso retirarse a sus habitaciones después de comer, Fernando la obligó a quedarse tomándola bruscamente del brazo y diciendo en el más zafo de los estilos:

-Aquí soy yo el amo; tienes que obedecer, y si no te gusta, te vuelves a tu tierra, que no seré yo quien lo sienta.

Pero en sus relaciones íntimas también podía adoptar una actitud seductora, mostrándose coqueto, enamoradizo y tierno con las mujeres, lo que es patente en su correspondencia con María Amalia de Sajonia y María Cristina de Borbón.

Solía deambular sin escolta por las calles de Madrid. Salía de incógnito a tabernas y colmaos con sus amigos, en busca de vino y mujeres. Mostró una llamativa promiscuidad sexual, pero no precoz, sino tal vez como reacción e intento de reafirmación ante la experiencia traumática de una disfunción inicial que manifestó durante el primer año de matrimonio. Sus hazañas eróticas en los más famosos prostíbulos de Madrid eran ampliamente conocidas por el pueblo.

EL MONARCA, POR CIERTO, PADECÍA MACROSOMÍA GENITAL, ES DECIR, UN GIGANTISMO FÁLICO, POR LO QUE LOS MÉDICOS TUVIERON QUE FABRICARLE UNA ALMOHADILLA CON UN AGUJERO EN EL CENTRO PARA QUE NO HICIERA DAÑO A LA REINA.*

De Fernando VII se cuentan muchas anécdotas, como ésta que da una muestra de su sentido del humor: una vez un cortesano le pidió que le diera un empleo y el rey le ofreció ser canónigo de la catedral de Murcia. El cortesano le dijo que eso era imposible, porque estaba casado y tenía ocho hijos. Fernando le contestó:

-Si te andas con tantos escrúpulos, nunca vas a encontrar trabajo.

Éste es su retrato como hombre. Como rey tendríamos que pintar otro aún menos favorecedor si cabe. Seguramente ningún otro monarca de la historia de España ha suscitado un juicio más negativo que éste al que comenzaron llamando El Deseado y acabó siendo El Rey Felón".

(Recogido del artículo "De Reyes, Dioses y Héroes" publicado en el blog "The Cutesiblog on the blog").

 

* Príapo: fue uno de los dioses menores de la mitología greco­ romana, considerado protector de los rebaños, de las abejas, del vino, de la horticultura y de la pesca, así como deidad de la fertilidad y protector contra el mal de ojo. Suele ser representado con un falo descomunal y llevando una cornucopia o cuerno de la abundancia, y a veces como un enano deforme con una erección bestial. Diversas fuentes se contradicen en el momento de darle un padre (los dioses Dionisos, Pan, Adonis o Hermes le son atribuidos), pero todos señalan a la diosa Afrodita como su progenitora que, al estar embarazada de Príapo, fue tocada por Hera quien, disgustada por su ligereza, hizo que alumbrase a un hijo afeado con unos genitales desproporcionados.