• “Una Cataluña débil, dentro de una España fuerte, siempre acabaría potenciándose. Una Cataluña fuerte en una España débil, no tiene nada que hacer”
  • “La grandeza de Cataluña se inserta totalmente en la de España y negarlo frente a la lección de los siglos, es pura falacia”

YO FUI AMIGO DEL HONORABLE TARADELLAS

ENTRE el aluvión, verdaderamente abrumador, de noticias políticas producidas en los últimos días, en las últimas semanas (todas malas, por descontado), pienso que merece especial relieve la valiente denuncia hecha por el ex-presidente de la Generalidad, José Tarradellas, contra la actitud secesionista, antiespañola y, por descontado, anticatalana, adoptada por su sucesor al frente del gobierno autónomo, Jorge (pronúnciese Jordi) Pujol. Fue un verdadero impacto, una auténtica sensación, que perturbó la siempre relativa calma de la todavía llamada, sin especial motivación, Semana Santa. Los bárbaros de ETA ya la habían tambaleado, con tres asesinatos consecutivos el Martes Santo. Las rotundas declaraciones de Tarradellas, el miércoles, supusieron para muchos fariseos de Cataluña una explosión de realidad, que retumbó con fuerza en sus dormidas conciencias.

 

José Tarradellas es uno de los pocos personajes importantes que le debemos a la transición o cambio o como quiera llamarse este sistema que nos han colocado. Muchos años de exilio nos lo devolvieron en plenitud de facultades políticas; por otra parte, su edad le alejaba sin posibilidad de retorno de las inquietudes o frivolidades más o menos revolucionarias de sus años mozos. El Tarradellas que en 1978 asumió la Presidencia de la renacida Generalitat era un hombre sereno, consciente, con autoridad e inteligencia, madurado ideológicamente por la lejanía y la derrota, que encajaba su triunfal regreso con una admirable sensatez. Tenía algo que se echa muy en falta a la mayoría de politiquillos hoy en circulación: experiencia y sentido común.

 

SEMEJANTES cualidades, que su gestión reveló bien pronto, he tenido ocasión de confirmarlas en mis contactos personales con él; porque le he conocido y puedo ufanarme de gozar de su amistad. A mí me recuerda mucho Tarradellas a otro gran español, que también anduvo exiliado: don Claudio Sánchez Albornoz. Los dos están de vuelta de vanidades, de apasionamientos innecesarios y hasta de rencores. Han asimilado sabiamente (porque son inteligentes) muchas desilusiones, bastantes ingratitudes y algunas decepciones. Con lo cual, son conscientes de los errores que pudieron cometer (sin necesidad de reconocerlos) y han comprendido que la España que se encontraron al regresar (aunque el regreso de don Claudio fuese fugaz) no podía enfocarse con la misma óptica de cuando la dejaron. Curiosamente, tienen una visión joven y actualísima de esta España en transición y la afrontan sin prejuicios, sin fantasmas antiguos y sin petulancias mesiánicas.

 

Tarradellas quiere apasionadamente a su Cataluña; pero no por ello se debilita su amor profundo a España. Desde su primer discurso dejó bien en claro que la autonomía catalana partía forzosamente del respeto absoluto a la unidad de la Patria común. Como todos los catalanes auténticos (como mi madre, sin ir más lejos), es consciente de que la exaltación de la cultura, de la lengua, de la economía, del espíritu, de todas las señas de identidad de Cataluña, terminan forzosamente por exaltar también a España. Siempre recordaré una frase suya: una Cataluña débil, dentro de una España fuerte, siempre acabaría potenciándose. Una Cataluña fuerte en una España débil, no tiene nada que hacer.

 

El señor Pujol, por el contario, sustenta ideas aldeanas, obsoletas y demagógicas sobre la autonomía de Cataluña. A estas alturas, quiere seguir jugando a un separatismo pueril o, en el mejor de los casos, a un enfrentamiento constante e irracional con eso que llama el gobierno central. Su miopía política sólo es comparable con la de los estúpidos que, allá por 1939, embadurnaban las paredes de Barcelona con la ridícula recomendación habla la lengua del Imperio. Pura contradicción con el cabal sentido de lo imperial, que forzosamente engloba culturas y lenguas muy diversas. {Por cierto que alguno de los más esforzados patrocinadores de semejantes campañas, aparece ahora muy cercano a la Generalitad del señor Pujol).

 

LA catalanización de Cataluña (valga la redundancia) no parte, en absoluto, de la explotación falseada de su gloriosa historia, para deducir de ella agravios y rencores contra España. La grandeza de Cataluña se inserta totalmente en la de España y negarlo frente a la lección de los siglos, es pura falacia. Ningún Estatuto de Autonomía está más justificado que el catalán; casi podríamos decir que es el único legitimado por la tradición, por la ley y por la historia. Precisamente por eso, no puede retorcerse ni prostituirse. Esa misma Historia explica bien explícitamente cómo acabaron en descalabro y en ridículo aislados intentos de derivar la autonomía hacia la independencia.

 

El toque de atención de Tarradellas ha sido por demás oportuno. Es natural que haya despertado irritación, crispaciones y pataletas en quienes, por razones oscuras, se empeñan en hundir a Cataluña, precisamente bajo el pretexto falso de glorificarla. No es ese el camino; y en adelante, si persisten en seguirlo, lo harán bajo su solo riesgo, sin poder alegar ignorancia. Allá ellos con su responsabilidad ante Cataluña y, por supuesto, ante España.

 

VIZCAÍNO CASAS

(Heraldo Español nº 52, 29 de abril al 5 de mayo de 1981)