Cuando el Apóstol San Juan escribe a propósito del Anticristo da por sentado que sus lectores, de la primera generación del cristianismo, saben de qué habla:

“Habéis oído que iba a venir un Anticristo” (1Jn2:18).

San Juan es el único autor de las Sagradas Escrituras que usa el término Anticristo. Sin embargo, el tema de la Gran Apostasía y de la Derrota Final del Maligno es tratado con frecuencia en la Época Apostólica y en la posterior Época Patrística (S.II – VI) y hunde sus raíces en el Antiguo Testamento:

El Libro del Profeta Daniel es considerado el precursor del Género Bíblico Apocalíptico.

En las visiones que hablan sobre el Tiempo de la Cólera de Dios o Tiempo del Fin (cap.10-12) Daniel anuncia la llegada de un enemigo vil, “sin ninguna dignidad real”, intrigante y dominador, que se proclamará Dios:

“El rey actuará a placer; se engreirá y exaltará por encima de todos los dioses, y contra el Dios de los dioses proferirá cosas inauditas; prosperará hasta que se haya colmado la Ira, porque lo que está decidido se cumplirá” (Dan.11:36).

Daniel, Profetiza también un tiempo de gran angustia, seguido de la ruina final del Perseguidor; y el Reino de los Santos se extenderá a todos los pueblos, Reino de un Hijo de Hombre a quien se le dio Imperio, Honor y Reino (Dan.7:13-18;11:45;12:1).

La Exégesis Bíblica nos señala que este Perseguidor fue, en un primer momento, el rey seléucida (descendientes de Seleuco, general de Alejandro Magno a quien tocó en suerte la región asiática que iba desde el Mediterráneo hasta la India) Antíoco IV Epífanes (“manifestación de la divinidad”) y gobernó del 175 al 164 a.C. Oprimió y persiguió al entonces Pueblo Elegido que justamente no quería someterse al proceso de helenización impuesto “una nueva normalidad o nuevo orden regional”.

Antíoco IV mandó martirizar a muchos y al ver que no conseguía nada hizo expoliar y profanar el Santo Templo de Jerusalén, dedicándolo a Zeus Olimpo y transformándolo en un centro de prostitución religiosa siguiendo las costumbres de los griegos. Un tiempo después, de camino a la ciudad de Jerusalén, con el fin de arrasarla, enfermó de tal forma que el II Libro de los Macabeos 9:9 nos dice de él:

“De los ojos del impío pululaban gusanos, caían a pedazos sus carnes aún estando con vida y, entre sufrimientos y dolores, su infecto hedor apestaba todo el ejército”.

Siguiendo el Criterio Exegético Patrístico, es decir, el recomendado por los Padres de la Iglesia, denominado de “múltiples niveles de lectura” y con una visión de Teología de la Historia, llegamos a comprender que el Profeta Daniel no sólo Profetizó la llegada de Antíoco IV y la persecución que sufrió el entonces Pueblo Elegido en el S.II a.C. sino también:

  • La Destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. Presentó el fin total del mundo judío o hebreo como Pueblo Elegido, a causa de sus muchas abominaciones que llegaron al extremo de convertirse en Anticristo al ordenar el asesinato del mismo Santo, del Hijo de Dios e Hijo del Hombre, Jesucristo.

Se convirtieron de esta forma en “Sinagoga de Satanás” y la Antigua Alianza de Dios con los Hombres caducó en ellos, siendo los seguidores de Jesucristo “Olivo y Vid Verdaderos” los herederos, la simiente y los injertados como hijos de Dios, en el Hijo.

  • El odio que se levantó, y que se levantará “en la Plenitud de los Tiempos”, contra Cristo y los suyos. Ellos son cumbre y modelo definitivo de la Historia, y freno para el establecimiento del reino del Anticristo (Gal.4:4).
  • A las persecuciones contra la Iglesia. La Iglesia es Cuerpo Místico de Jesucristo, a lo largo de estos “últimos tiempos” en los cuales está en vigor la Nueva Alianza (2Tim.3:1; 2Pe.3:3).
  • Y, finalmente, la consumación de la Historia Humana con el Advenimiento del Reino de Dios y de Su Cristo.

Que el lector, tenga entendimiento en estas palabras y vea las similitudes con el presente, pero no sólo esto, sino que vea las señales del Tiempo del Fin. En el próximo artículo, Dios mediante, veremos y reconoceremos con más claridad al Anticristo para poder hacer frente a los suyos y sus frutos envenenados.