He llegado a esa edad del camino donde para cualquier hombre la vida no pasa de ser una derrota aceptada; un fin hacia el que se avanza sin tregua, mientras la incertidumbre te hace percibir, a una distancia prudencial, el perfil de la muerte. Con la sabiduría de la prudencia me acuesto cada día y cierto escepticismo, acariciando la esperanza de llegar a la mañana que señalará otro día. Pues no sé por qué esa simpatía con la ilusión es una forma legal de participar en el principio de la eternidad. Una especie de amigo que no ha de traicionarte. La prevención de un conocimiento porque entiendes que la vida merece todos los cuidados. Mi existencia, labrada con los jugos de la tierra y las lluvias del cielo, es ese árbol capaz de llegar a viejo, o de quebrarse al golpe del primer rayo; de jugar entre la jungla el papel que a cada ser el destino le ha asignado. Un juego, donde cada jugador, abandonado por los delirios del cuerpo, y entre tanta amenaza habrá vivido y terminado trastornando su alma.

Bajo la técnica del conocimiento al servicio de cuanto no es uno mismo, cual ese crucificado por amor, y cuyo corazón nadie llegó a conocer, se intuyen los puntos de contacto de lo secreto y lo sagrado, las verdaderas y misteriosas razones del mal, y que en tu prevención convaleciente el amor te ha arrastrado por donde nunca pudiste imaginar. Mientras un halo de inspiración del espíritu consigue invadir la carne, voy tomando posesión de mi vida interior, y liberándome del miedo...

La experiencia del tiempo fue desarrollando en mí un extraordinario escepticismo. Era un hombre de la tribu encarnado a un mundo inmaculado, casi aterrador. Creía en los astros. La ficción prueba que las decisiones de la voluntad dominan las circunstancias. Aprendí a penetrar el pensamiento de cada hombre; a comprender que vive, se desarrolla, decide y muere de acuerdo a sus propias leyes. La poesía tuvo aún efectos más devastadores, y no estoy seguro de que el descubrimiento del amor sea más sutil que el de la propia poesía. La iniciación a la muerte no me profundizará en otro mundo como el crepúsculo de Virgilio y los poetas griegos. No pude pasar de ser un poeta mediocre que no llegó a alcanzar la gracia del cielo. Aun sin esos dones divinos amé el griego con la vocación de la edad temprana; venerando esa lengua flexible y disciplinada, rica de vocabulario, donde cada palabra forma un solo cuerpo con la cosa nombrada, frente al habla sepulcral de una raza muerta.

Sensatamente me dejé seducir por Grecia en mis tiempos de adolescente. Aquel colegial torpe de tempestuoso corazón, saboreaba con voluptuosidad por vez primera el aire lento entre conversaciones rápidas por el vagabundeo de los atardeceres morado y rosa del mar Adriático.

Pretendía pasar inadvertido. Lo contrario hubiera sido una suerte de indecencia, cuando se trata de honrar una amistad fuera de lo común. Un privilegio así no podría existir sin alguien en el trasfondo de toda aventura. Alguien que nos apoye, nos motive y dirija en tal hazaña. Que comparta con nosotros la misma pasión, y los deleites del arte y de la vida. Alguien único, indivisible, que no nos haga sombra ni nos proyecte su luz innecesaria, y nos permita completa libertad, aunque  nos obligue, sin embargo, a ser plenamente lo que somos. El error está en querer conseguir de cada cual las virtudes que no tiene, despreciando cultivar aquellas que posee. En querer ver el mundo y el futuro ensombrecidos hasta el punto de pensar que no merece la pena vivir. Si la mayoría de los hombres son inconsistentes para el bien, no pueden ser más consistentes para el mal, por eso me asombra que tan pocos me hayan odiado. Me queda ante la incertidumbre del amor y la belleza, el recurso de la resignación, una forma de reserva y audacia, de sometimiento y rebelión controlados, porque gracias al concierto entre la exigencia máxima y ciertas concesiones prudentes he llegado finalmente a aceptarme tal como soy.