Para encontrar sentido a nuestra vida es preciso reconocer el profundo vínculo que existe entre Dios y el hombre. Vínculo de dependencia y de amor. Si no se presta atención a este vínculo no se llega a la verdadera profundidad en la fe. De aquí nace la conversión. “La llamada a la conversión- nos dice el Catecismo sigue resonando en la vida de los cristianos. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del “corazón contrito” (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia de responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero”.

Hemos de arrepentimos sinceramente de nuestros pecados, pues ellos nos han alejado de Dios y nos han hecho caer en un abismo de miseria. Dios nos invita a una conversión “de todo corazón”, es decir, sincera, estable y con un firme propósito de enmienda. Y esta conversión es posible porque Dios es rico en misericordia, es compasivo y misericordioso. Sólo Dios es capaz de crear en nosotros un corazón puro y renovarnos por dentro con espíritu firme y devolvernos la alegría de la salvación (Cfr. Salmo 50). Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. 

No se pierdan esta entrevista sobre el proceso de conversión y la importancia de perseverar en la fe en un mundo hostil.