En el Discurso de Nuestro Señor Jesucristo conocido como “El Pequeño Apocalipsis”, el Señor no hace referencia directa al Anticristo, pero presenta un panorama general de la Historia y de su consumación en la parte final del “Final de los Tiempos”, el Tiempo del Fin en el que nos encontramos. Veamos cómo lo describe Lucas 21,8-33:

“Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo -Yo soy-, y -el tiempo está cerca-. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato… Cuando veáis Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea huyan a los montes; los que estén en medio de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no entren en ella porque estos son días de venganza y se cumplirá todo lo que está escrito: ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra y la cólera contra este pueblo; y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas… porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del Hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación”.

Al leer con detenimiento, en Oración y bajo la dirección del Espíritu Santo, vemos que el Señor se mueve en múltiples niveles de lectura, pues tan pronto habla del fin del antiguo Israel, como de las persecuciones a la Iglesia, como de la consumación del fin de los tiempos.

Veamos cómo se cumplió la Profecía referente a Jerusalén y establezcamos paralelismos actuales:

En el año 66, la Ciudad Santa, Jerusalén, se levantó contra el corrupto procurador romano Gesio Floro y en breve la revuelta se extendió por toda Judea. El experimentado General Vespasiano recibió de Nerón la orden de una expedición punitiva y en tres años aplastó, una tras otra, las fortalezas de Galilea, Samaria y Perea, con la apisonadora de las legiones romanas, hasta envolver a Jerusalén en un cerco asfixiante.

En el 69, Vespasiano fue proclamado emperador, y se dirigió a Roma, dejando el mando de la expedición a su hijo Tito que cercó Jerusalén en marzo del año 70. No hay duda de que los cuatro meses que siguieron fueron días de gran calamidad sobre la tierra y cólera contra este pueblo. En la ciudad sitiada, no tardaron en declararse el hambre y la peste. Los que intentaban escapar eran crucificados; los romanos llegaron a levantar tal cantidad de cruces que faltó leña en toda la región. A los que se rendían con la esperanza de salvarse, los romanos les arrancaban las vísceras buscando las monedas de oro que pudieran haberse tragado, como era habitual en ellos dada su codicia y ansia material.

La Profecía se cumplió hasta en los detalles más dolorosos: “¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días”! Tan terrible fue el hambre que los zelotes encontraron a María de Eleazar, notable por su nacimiento y riquezas, devorando a su propio hijo. El pagano Tito, horrorizado, “se declaró inocente de esta infamia delante de Dios” y juró que “cuidaría de sepultar bajo ruinas tan impío crimen… No permitiendo que el sol alumbrase sobre la faz de la tierra una ciudad en que las mujeres tomaban tal alimento”.

El historiador judío Flavio Josefo, testigo ocular de los acontecimientos, que servía de traductor al General Tito, señala en su Historia de los Judíos:

“El General exhortó varias veces a la rendición al jefe de la resistencia, Juan de Giscala, que se atrincheró con sus zelotes en el Templo: “Si estaba poseído de un criminal deseo de combatir, podía salir fuera de los muros con quien quisiese y presentar batalla, sin envolver en su ruina a la ciudad y al Templo; así dejaría de profanar el Santuario y ofender a Dios. Hasta el fin, Tito trató de respetar el Santuario, dirigiendo las máquinas de guerra contra otros puntos de las murallas”.

Finalmente, el día 6 de agosto del año 70, dio comienzo a la invasión, aunque ordenando a los soldados que no usasen el fuego, sino sólo la espada. En el momento del enfrentamiento final, sin embargo, un soldado -movido por Dios-, dice el propio Josefo, lanzó un tizón ardiente en el recinto del Santo de los Santos. Así, el Templo fue destruido por las llamas, contra la voluntad de César, pero cumpliendo la Profecía. En ese lugar, ya no estaba el Dios Verdadero, sino la Abominación.

A los sacerdotes, que ahora se rendían y pedían clemencia, Tito, enfurecido (fue la mano de Dios sobre ellos) respondió que para ellos ya había pasado el tiempo del perdón, que se estaba transformando en cenizas la única cosa por la que tendría sentido salvarlos, y que, en fin, convenía a los sacerdotes perecer junto a su Templo, y dio, por tanto, la orden de llevarlos a la muerte. Se extinguía así el Sacerdocio de Israel; y en breve se extinguiría también la Realeza, pues después de la caída de Jerusalén, el emperador Vespasiano hizo buscar y matar a todos los descendientes de la Tribu de David, “para que no quedase nadie de la estirpe real”.

El emperador Adriano, después de aplastar un segundo intento de revuelta de los judíos en el S.II, liderado por el pseudomesías Bar Cocheba, cambió el nombre de Jerusalén a Aelia Capitolina, y sobre la explanada del Templo hizo levantar estatuas a los dioses paganos.

Así desapareció Israel, privado del Sacerdocio, de la Ciudad Santa, del Templo, de la Realeza y de los sacrificios… Todo quedó Asumido en Aquél al que mataron, pisotearon y despreciaron “que su sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos”, Aquél que es Piedra Angular del Templo, que es la Iglesia. Ella debe aprender de aquellos que fueron el Pueblo Escogido pero que ahora son Sinagoga de Satanás. En el próximo artículo, Dios mediante, profundizaremos en esta terrible cuestión.