Los términos racismo, xenofobia, "homofobia", machismo e intolerancia, han sido amplia e interesadamente utilizados por los marxistas (socialdemócratas, socialistas, comunistas, progresistas e izquierdistas en general) durante décadas para practicar la división de la humanidad entre supuestos (que no reales) "opresores" y "oprimidos", buscando de este modo aprovecharse de los últimos engañándoles a favor de sus diabólicos intereses políticos y apoyándose en su total falta de escrúpulos morales y en la ignorancia de sus víctimas. Cabría definir estos términos: 

Racismo: Se trata de un conjunto de prejuicios que grupos de individuos tienen en referencia a otros y que hace difícil o imposible la convivencia. Dichos prejuicios se fundamentan en diferencias de tipo fisionómico o cultural, es decir, diferencias en cuanto a miembros de unas determinadas naciones o regiones geográficas y diferencias en cuanto a costumbres, muy influidas por la convicción que de Dios, de la espiritualidad, de la trascendencia y del bien, tiene cada grupo de individuos. De hecho, el término "raza" ha hecho alusión tanto a caracteres fisiológicos, como a un conjunto de personas o "pueblo" en sentido amplio, a los que se asocia, por prejuicio basado en la realidad o por generalización, determinadas costumbres. 

El racismo ha existido siempre y en todo lugar. En tiempos de Egipto, los hebreos no eran considerados ciudadanos del Faraón, sino esclavos de otra raza o pueblo. También existía racismo en India, Persia y en muchos otros países asiáticos y africanos, entre etnias muy diversas y con consecuencias muy diversas, desde la tolerancia bien o mal llevada hasta la persecución y exterminio. En China, Mongolia, Corea y Japón, individuos de distintas latitudes geográficas mostraban perjuicios raciales generalizados unos con otros, frecuentemente origen de guerras. En la América pre hispana, las tribus mostraban racismo hostil unas con otras, y los aborígenes australianos tampoco se mostraron ajenos a dichos prejuicios raciales. Y, ya en nuestro tiempo, no es posible encontrar continente o nación en la que los prejuicios raciales hayan dejado de existir, independientemente de que la "convivencia" sea más o menos hostil o pacífica entre distintos grupos y de que el racismo esté más o menos reprimido por la hipocresía imperante. La prueba más palpable de la existencia de racismo generalizado es el escaso porcentaje de matrimonios (en el sentido verdadero y cristiano del término matrimonio) y familias que en cada país se forman entre personas de grupos raciales distintos (el mestizaje ha sido algo poco generalizado en la historia de la humanidad y ha requerido, como norma imprescindible, la plena adopción de las costumbres ajenas por parte de un grupo con respecto a otro). 

El origen del racismo hay que buscarlo en la extrañeza y falta de confianza que producen las diferentes costumbres de personas de pueblos distintos y la extrañeza que produce la fisiología de otros grupos de personas. Pero mientras que la segunda no tiene porqué generar hostilidad ni rechazo (quizá sí falta mayoritaria de atractivo entre hombre y mujer de distintas razas, sesgando el natural vínculo matrimonial entre personas hacia una mayoritaria unidad de personas de igual raza), la primera sí ha resultado hacerlo a lo largo de toda la historia. No es rechazado el gitano por su fisionomía, sino por la falta de confianza que el prejuicio sobre su raza ha creadoDe igual forma ocurre con los negros en USA (y con los blancos en determinados barrios urbanos) o con los negros subsaharianos hoy en Europa, así como con marroquís, argelinos, tunecinos, norteafricanos y asiáticos en general en el viejo continentey respecto a la actitud que con los blancos europeos se tiene en diversas partes de África y Asia, mucho más intenso en este caso, pues la raza indoeuropea, la raza blanca (latinos y germanos), es claramente la menos racista de todas a la vista de los hechos históricos por mucho que se quiera insistir en lo contrario.  

Atribuir culpabilidad al individuo que tiene prejuicios racistas equivale a atribuir mala intención al padre de una joven adolescente a la que deniega el permiso para salir con sus amigas más allá de una determinada hora de la noche, especialmente por lugares donde abunda la droga y la delincuencia. Ningún padre o madre sensatos confiarán a sus hijos e hijas a cualquiera, por lo que los prejuicios, no solo raciales, sino de todo tipo, vienen a ser algo natural ante tanta maldad en el mundo, entendida la maldad como la conducta contraria a la que Dios nos revela en la Biblia, no otra. Otra cosa diferente es despreciar a alguien sin motivo o razón alguna, considerarse inferior o superior (es decir, auto engañarse con soberbia y vanidad o con complejos) o caer en la tentación de los que tratan de hacernos odiar o dividirnos por motivos políticos, para alcanzar el poder aprovechándose de una mayoría supuestamente "oprimida" por la que en realidad no se tiene ni el más mínimo aprecio. 

Aunque todo hombre y mujer, sea de la raza que sea, tiene la misma dignidad y es querido por Dios Nuestro Señor hasta el extremo (llamado a la santidad porque Dios no quiere la perdición de nadie, ni siquiera del malvado y quiere, más que nada, la salvación de su alma), independientemente de sus circunstancias y comportamiento, no es fiel a la Verdad el sostener que toda raza es igual. Es claro que el rendimiento en el trabajo, tanto físico como intelectual, y en las distintas disciplinas deportivas, muestran claras diferencias de una raza a otra. Y también son diferentes la actitud ante las leyes y el orden según las razas. No es verdad decir, estadísticamente (es decir, obviando las excepciones), que en el sector económico de la construcción rinden igual los asiáticos orientales (muy escasos en este ramo de actividad), los africanos subsaharianos (los pocos que trabajan en este sector) y los africanos del norte, que los españoles y europeos en general. Tampoco es verdad decir que rinden igual, dichos grupos, en la minería, la industria pesada, la pesca de alta mar y demás sectores cuyo trabajo requiere un gran desgaste físico de energía. No es verdad, a su vez, sostener que nuestros hermanos de Hispanoamérica son igual de productivos que los demás inmigrantes africanos o asiáticos, porque de hecho son mucho más productivos, como nosotros los españoles (incluso en verano, es frecuente ver hispanoamericanos trabajando mientras que los españoles están de vacaciones). Y de igual forma ocurre con la incidencia de los delitos respecto al total de población. Nadie podría decir que los inmigrantes del este de Europa, de Asia y de África, tienen el mismo ratio de delincuentes respecto a total de población que los españoles e hispanoamericanos. E incluso es diferente cualitativamente cada raza en cuanto a lo delictivo, pues no es lo mismo un asesinato, una violación, el robo de casas, coches de alta gama, etc., que un vulgar "defraudador" de hacienda. Desgraciadamente hay un interés prevaleciente a ocultar todo este tipo de diferencias del modo más fariseo e hipócrita posible, pues interesa solo la voluntad política electoralista, nunca el bien y la verdad. 

Teniendo en cuenta esto, ha quedado plenamente demostrado que las diferencias en cuanto a creencia o no en Dios Nuestro Señor, en cuanto a la moral que ello conlleva, en cuanto a valores, en cuanto a modos de vida, etc., solo pueden hacer posible una convivencia más o menos pacífica con hipocresía o fariseísmo, pero claramente inviable si no hay predisposición sincera a la conversión. Es, por tanto, la actitud que cada individuo tiene en su intimidad, en familia y grupo, con respecto a Dios Nuestro Señor, la que va a determinar a la larga la existencia o no de racismo. Una conversión sincera generalizada hace de cualquier grupo humano algo familiar independientemente de la fisionomía de los individuos (únicos e irrepetibles por naturaleza), como quedó bien patente con la evangelización de América por parte de religiosos y santos y santas españoles desde finales del siglo XV, con el descubrimiento de aquél continente por nuestros compatriotas. Por tanto, el ateísmo, como separación voluntaria con respecto a Dios, las herejías, blasfemias, falsos profetas, ídolos paganos y sectas, que dividen la humanidad frente al deseo de Jesucristo de lograr la unidad, han sido pilares fundamentales que han alimentado el racismo siempre y en todo lugar. No hay otra forma de acabar con los prejuicios raciales que la conversión sincera, que la aceptación y entrega plena en alma, cuerpo, cabeza y corazón a Dios Nuestro Señor, Santísima Trinidad, Padre Creador, Hijo Redentor del mundo, Jesucristo, y Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, con todo lo que ello conlleva en cuanto a moral, valores y costumbres y que hace de toda la humanidad, hermandad. Si no hay conversión no puede haber paz entre razas o pueblos, porque la paz hipócrita no es paz verdadera. O se ama a Dios o no se ama a nadie y ese debe ser el origen de toda convivencia verdadera en paz de la humanidad. No acabará el racismo si no hay conversión sincera generalizada del mundo entero a Nuestro Señor Jesucristo, Dios Verdadero y a su Sagrado Corazón.  

 

Xenofobia: Es el conjunto de prejuicios contra personas de otros países. Se fundamenta en el malestar que provoca un trato privilegiado real o supuesto, favorable a las personas extranjeras, respecto a las autóctonas, así como en agravios históricos presentes o pasados, reales o no, que se atribuyen o padecen personas de otros países. La xenofobia, al igual que el racismo, es una actitud ampliamente generalizada en todo lugar y tiempo. Es prácticamente imposible encontrar un país en el mundo donde la actitud xenófoba no esté ampliamente difundida en mayor o menor medida y contra personas de todos o de algunos otros países. Y, como el racismo, quedaría completamente extinguida con conversión sincera generalizada de la humanidad a Nuestro Señor Jesucristo, modo de acabar con agravios contra personas de cualquier nacionalidad y difundir el respeto generalizado que Dios nos exigió mediante la Regla de Oro. 

La xenofobia también se ve potenciada por el ateísmo, las blasfemias y herejías, los falsos ídolos y profetas y las sectas, pues la mayoría de estas desgracias humanas vienen motivadas por intereses políticos nacionales (todas las falsas "religiones" no obedecen a Dios, sino a reyes, príncipes y líderes militares. Solo una religión es noble y verdadera, al servicio de Dios y su Santa Voluntad, la religión católica, la de Jesucristo Nuestro Señor). Es precisa una conversión sincera al catolicismo para erradicarla completamente de la tierra. Insistir obstinadamente en la necedad de no convertirse dividirá mucho más al mundo y a sus individuos. Desgraciadamente el ecumenismo, mundanización o panteísmo, el "todo vale" para servir a Dios Nuestro Señor, ha sustituido a la llamada sincera a la conversión, por lo que la xenofobia perdurará más de lo que desearían los hombres de buena voluntad. No es admisible que "por quedar bien", por las apariencias, por purificar la copa por fuera y no por dentro, por la "corrección política", "relativicemos" la Verdad y no recordemos a todos nuestros hermanos protestantes, anglicanos, ortodoxos, musulmanes, budistas, induístas, judíos, ateos, gnósticos, etc., sin ninguna acritud ni odio, el deber de abandonar la soberbia y la vanidad y volver humildemente a la casa de Nuestro Padre del Cielo actuando como Hijos Pródigos arrepentidos, el volver a la Iglesia de Nuestro Señor, a la Católica Apostólica Romana de San Pedro, en la que siempre serán bienvenidos de corazón, además de ser necesarios, como también nosotros precisamos volver a ser buenos hijos católicos de Dios Nuestro Señor y pedir siempre perdón por nuestros pecados. 

"Homofobia": Aunque el término no es preciso, hace alusión, actualmente, a la actitud de rechazo y hostilidad hacia los homosexuales o personas que practican la homosexualidad. Esa actitud se fundamenta en la repugnancia que los actos homosexuales, como la sodomía, despierta en la inmensa mayoría de los hombres actuales y pasados y, con mayor intensidad aún, en Dios Nuestro Señor, Creador de todo lo que existe, con arreglo al Antiguo Testamento, en el que se detalla la destrucción de Sodoma y Gomorra, y según lo prescrito en el Levítico, y con arreglo al Nuevo Testamento, en el que se asegura que los homosexuales no heredarán el Reino de los Cielos, aunque deja abierta la posibilidad de regeneración, según San Pablo a los Corintios. La persecución y exterminio de las personas homosexuales que no han corregido su conducta se ha producido en todo tiempo y lugar de la historia, pues se ha considerado corruptora y escandalizadora su conducta, especialmente para con los más pequeños. No obstante, a diferencia de los prejuicios raciales y xenófobos, la homosexualidad es hostil en extremo a Dios Nuestro Señor, creador del hombre y de la mujer como imagen y semejanza suya, como bien nos han revelado santos y santas de todas las épocas respecto a los pecados de la carne, tan ofensivos al Señor y que tantas almas de desdichados arrastran al infierno. 

Teniendo en cuenta que la homosexualidad, como cualquier forma de sexualidad depravada y desordenada contraria a la santa castidad, (es decir, celibato para solteros y consagrados, y relaciones íntimas de goce mutuo y abiertas a la vida (sin exclusión de Dios por medios artificiales y sin métodos abortivos) para los casados, hombre y mujer) es una enfermedadun trastorno profundo de desorden y de narcisismo y egolatría desenfrenados, no puede considerarse una forma de vida noble y verdadera para con Dios y los demás. No hay posibilidad de erradicar la "homofobia" mientras la homosexualidad siga siendo un modo de conducta no corregido por el propio afectado. La homosexualidad resulta peligrosa en extremo, sobre todo para los más pequeños, que podrían ser objeto de escándalo por parte de estas personas enfermas que no se consideran tal a sí mismas con satánica arrogancia y soberbia. De hecho, la insistencia enferma en su promoción solo puede conducir a la destrucción de buena parte de la humanidad, como ya lo viene haciendo la promiscuidad, el adulterio, la pornografía, la prostitución, los desórdenes y escándalos de todo tipo. Una vez más, la fidelidad a Dios Nuestro Señor es vital para erradicar cualquier tipo de conducta contra-natural. 

 

Machismo: Es una actitud que se atribuye a hombres (y también a mujeres), generalmente por parte de mujeres, consistente en otorgar una serie de privilegios al hombre por el simple hecho de serlo. Si bien difiere mucho, de uno a otro individuo, delimitar el concepto, hace alusión, fundamentalmente a cuestiones de trabajo, dinero y poder. La actitud machista vendría a ser aquella que se opone a que la mujer acceda al trabajo remunerado (que no al vital e imprescindible en el hogar en la crianza de los hijos y el cuidado de los mayores especialmente), a ciertas profesiones (generalmente muy valoradas y con poco esfuerzo físico, profesiones de carácter muy cualificado e intelectual), al voto en elecciones, a ciertos cargos de responsabilidad (en gobiernos, organizaciones y empresas), etc. El feminismo ha sido el supuesto contrapoder a esa actitud, radicalizándose con el paso del tiempo, incluso aunque muchas mujeres han logrado obtener todo lo que se han propuesto tanto en cuestiones de trabajo, dinero y poder, hasta llegar a convertirse en un movimiento marxista y terrorista (si es que no lo fue desde un principio, cosa dudosa) para enfrentar y dividir a mujeres supuestamente "oprimidas", con hombres supuestamente "opresores", no por el bien de las primeras, sino por imponer el marxismo políticamente con la diabólica ideología de género, la también diabólica ideología lgtbi y los contranaturales y satánicos aborto, eutanasia, manipulación de embriones y demás atentados contra la vida, la naturaleza, la familia, la paternidad y la maternidad. 

Lo cierto es que la Santísima Voluntad de Dios Creador y la desafortunadísima actitud pecadora del ser humano, han impuesto, como bien establece el Génesis, una distinción en cuanto a atribuciones y naturalezaentre el hombre y la mujer que no es de igualdad, sino de complementariedad en el amor conyugal y en la que el hombre, como contrapartida, domina a la mujer. Y dada la naturaleza física que nos ha tocado vivir (ganarás el pan con el sudor de tu frente, espinas y abrojos te darán, etc.), la división en tareas entre hombres y mujeres en la familia y los grupos ha sido natural durante toda la historia de la humanidad y en todo lugar, aunque no precisamente de privilegio a favor de uno u otro. Si la mujer ha tenido que parir con dolor, el hombre ha tenido que trabajar muy duro para obtener el alimento. Si la mujer ha tenido que criar a la descendencia con gran exigencia de tareas del hogar, el hombre ha tenido que luchar sangrientamente por la defensa de su familia. Y esto ha sido así en toda civilización y tiempo. Pero también es aún más cierto que hombre y mujer han quedado indisolublemente unidos, como regalo de Dios, en el matrimonio, sacramento, y, por tanto, vínculo divino de amor verdadero, de entrega y donación, que ha hecho de ambos copartícipes junto a Dios en la creación de vida ("...por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer. Y se harán ambos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino uno solo, y lo que Dios ha unido, no lo separa el hombre). Por tanto, hombre y mujer se han sumado en unidad al Amor de Dios y a la Vida, haciendo posible ésta por la propia naturaleza que Dios les ha otorgado como don sagrado. Hombre y mujer se han amado y han sido compañeros, desde Adán y Eva, en la alegría y el gozo, en la pena y el sufrimiento, en la redención que supone el peregrinar de esta vida con la cruz a cuestas. Y defender otra supuesta relación entre ambos es servir impunemente al mal más abyecto, al mismísimo diablo. Por tanto, ni la actitud machista es propia del hombre que ama a su mujer (y por lo tanto quiere todo lo mejor para ella incluso por encima del bien y la vida propios), ni la actitud feminista es propia de la mujer que ama a su marido (y por lo tanto no cae en la tentación demoniaca de los que quieren dividirlos frente a Dios que los ha unido)Tampoco es actitud propia ninguna de ambas, de aquellas personas que no forman parte de un matrimonio por estar solteras o por ser almas consagradas, pero que aman a las abuelas, madres, hermanas, sobrinas, amigas, etc. Por todo ello, la actitud machista y feminista solo puede ser erradicada desde la sincera conversión católica, donde se haga efectiva la Santísima Voluntad de Dios que a los hombres nos prescribió "esposa te di, que no esclava"a todos los efectos

 

Intolerancia: Actitud de rechazo hacia una conducta, persona o grupo por cualquier causa. Aunque las causas de la intolerancia son innumerables, muchas de ellas completamente justificadas en base a la moral católica, la intolerancia se suele emplear como a modo de victimismo por parte de los que quieren hacer prevalecer una conducta degenerada furiosamente anticristiana como normal, incluso con agresiones y amenazas "legales" contra los que no son "tolerantes". Así, se califica, por parte de descerebrados satánicos y malnacidos, a la Biblia como texto intolerante, cuando es el mayor tesoro de amor a la humanidad que nos previene de todo mal y pecado. 

Desgraciadamente, la cobardía, el complejo, la desidia intelectual, la falta de fe y la tibieza y alejamiento respecto de Nuestro Señor Jesucristo, han hecho posible que una falsa "tolerancia" se vaya apoderando de la humanidad, cada vez más anestesiada por el veneno marxista ateo inoculado durante décadas de permisividadEsa falsa "tolerancia", que apela a falsos e hipócritas sentimientos y emociones aparentemente humanos, se fundamenta en un concepto de libertad o libre albedrío completamente tergiversado. Un concepto que implica relatividad moral (promovida por los no católicos)el "todo vale"(menos el ser intolerante con el pecado y la maldad, que no con el pecador), la criminalización del que vive la fe católica y del santo como "fundamentalista" (los "tolerantes" lo suelen ser con todo lo malo y satánico, nunca con Jesucristo Nuestro Señor y su Santa Iglesia Católica Apostólica Romana y su vastísima e ilimitada herencia de caridad, bien y evangelización, además de su enconada defensa de siglos vertiendo la sangre por nuestra fe desde el siglo I hasta la cruzada contra el mal actual), la "piedad" aparente del aborto, la eutanasia y todo lo malo y contranatural (calificando de "intolerantes" a todos los que defienden la Vida y la naturaleza creada por Dios, por Jesucristo que es Camino, Verdad y Vida), la exclusión de Jesucristo y los Santos Evangelios de nuestras vidas en aras de una "libertad de credo" (ateísmo oficial impuesto violenta e institucionalmente encubierto con palabrería jurídica), la persecución encubierta de los católicos y de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana (para éstos no hay "tolerancia", sino persecución ininterrumpida peor que durante los momentos más álgidos del jacobinismo liberal conservador ateo y materialista, siervo del dinero), el escándalo y degradación continuas en escuelas, institutos y universidades bajo la falsa máscara de educación en "libertad" sexual o de drogas o social con la perversa ideología lgtbi o la de género (con ridiculización creciente de la santa castidad, de los que se oponen a esa demencial manipulación masiva, del Amor verdadero, al que se ha llegado a identificar en exclusiva con la carnalidad, a la promoción de complejos falsos sobre los creyentes, como por ejemplo aquel intento de Satanás de acomplejar, por medio de sus rehenes, a los creyentes mediante opiniones del tipo: ir a misa y rezar el Santo Rosario es cosa de mujeres, como nos previno el Santo Cura de Ars respecto a sus feligreses, etc.) , y de un sinfín de diabólicas manipulaciones que seducen a cada vez más gente hacia la autodestrucción, eso sí, siempre en nombre de la falsa "tolerancia" o permisividad exclusiva con todo lo malo y satánico

Evidentemente, la tolerancia no puede ser entendida como permisividad ante todo y todos. Si no se es tolerante con el mensaje de Dios Nuestro Señor contenido en las Sagradas Escrituras, con Jesucristo Nuestro Señor, la Santísima y Bienaventurada Virgen María, Excelsa Madre de Dios y Madre nuestra, con los santos y santas, los Arcángeles y ángeles del Cielo y con la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, no hay tolerancia ni libertad verdadera. Una vez másla tolerancia con el bien y el rechazo e intolerancia furiosa y desde el fondo del alma al mal, la hipocresía, el fariseísmo y el diablo, viene de una sincera conversión católica, no de una obstinación interesada en el alejamiento respecto al Señor.

Y tampoco es admisible el falaz argumento de la falsa "libertad", pues la libertad verdadera o libre albedrío no es hacer lo que a uno le viene en gana, sin consideración alguna a los demás, seres queridos incluidos, creyéndose soberbiamente amo, dueño y señor de su "propia vida" (la vida no es nuestra, solo la administramos. No elegimos lugar, día y hora de nacimiento, no elegimos ni padres ni hermanos, no elegimos envejecer y morir, pero sí cumplir la Santísima Voluntad de Dios en nosotros o ser réprobos a ella). La verdadera libertad o libre albedrío, don de Dios al hombre, su criatura, no es concebible sin el autodominio. Se es libre si se dominan las pasiones y no se es esclavo de ellas. El hombre libre solo sirve y es esclavo de Dios, que nos libra del pecado, opresión máxima, no es esclavo de sus vicios, apetencias, búsquedas de placeres y riquezas, etc. Un concepto falso, exclusivamente materialista de la libertad, es tan dañino para la humanidad como las gravísimas consecuencias que podemos constatar día a día de obrar con arreglo a ello.