Se acercaba la hora del cierre y aunque estaba muy cansado, pues apenas había dormido la noche anterior, no tenía ninguna prisa por volver a casa.

–Parece que ya nadie llama –dijo Delphine consultando su reloj.

Pero al filo de las diez sonó el teléfono.

Zut! –exclamó.

Descolgó ella misma, apresurada, y tecleó en el ordenador el último pedido de la noche. La impresora sacó su lengua de papel: era sólo una ración de nouilles aux trois délices para el número 37 de la rue Glaïeuls.

–Menos mal que es aquí al lado –dijo Delphine, resignada.

Puso a calentar el plato en el microondas y cinco minutos más tarde salió con el paquete bajo el brazo.

No por ganar tiempo, como otras veces, sino procurando distraerme de los oscuros pensamientos que me torturaban desde la mañana, me apliqué a hacer las cuentas del día. Después revisé el stock, apagué las freidoras, dejé todo listo para cerrar. «¿Puede Tea seguir queriéndome?», me repetía una y otra vez. Yo le había dicho cosas terribles la noche anterior.

Delphine volvió del reparto. Estaba muy nerviosa y hablaba aceleradamente.

–¡Está borracha... está loca... esa mujer está loca... no tenía dinero y quería pedírselo al vecino... yo le dije que no... empezó a gritarme y a insultarme...!

Intenté calmarla.

–Vamos a ver –le dije–, ¿entonces has traído...?

–¡Sí, sí, aquí está… me vine corriendo, creí que me hacía algo… de verdad, esa mujer está muy mal...! –Se serenó un poco y añadió–: Y es muy guapa, no te creas. No entiendo qué le ha podido pasar.

Me enterneció su candor: todavía asociaba belleza con felicidad.

–Está bien –le dije–, no te preocupes. Deja el plato, ya veré qué hago.

–De verdad que no pude hacer nada –insistió–. ¿Cómo iba a dejar que le pidiese dinero al vecino, estando como está? Nunca había visto nada igual. Y es tan guapa. Pobre mujer, pobre, pobre... –Me entregó el paquete y el dinero de sus otros repartos–. Pobre mujer –volvió a decir.

Nada más se fue cerré la tienda y salí a llevarle el paquete a nuestra cliente. La noche era densa y no había un alma por las calles. No sin alguna dificultad encontré el número 37 de la rue Glaïeuls. Llamé al telefonillo. Alguien –ella, supuse– me abrió la puerta sin decir nada. Pensé insistir, pues no sabía qué piso era, pero me pareció inoportuno, de modo que, sintiéndome un tanto estúpido, subí por las escaleras anunciándome en cada planta. Al llegar a la tercera me respondió desde el piso de arriba una áspera voz femenina:

–Es aquí. –Ligera de ropa, despeinada y ebria, la cliente me esperaba en el corredor. Era una mujer flaca y rubia, muy estropeada, pero aun así (Delphine no exageraba) muy bella. Entre sus largos dedos algo torcidos apretaba un humeante cigarrillo–. Vienes a pedirme el dinero, ¿verdad? –me dijo abruptamente.

–No, vengo a traerle su plato –le contesté.

–Ya le he dicho a la chica que no tengo dinero –prosiguió, como si no me hubiese oído. Y alzando la voz–: ¡Dinero, dinero! ¿Es que es lo único que importa en esta vida?

–No quiero el dinero –le aclaré–. Se lo doy gratis, no hace falta que me pague.

Me miró con menos desdén, aunque desconfiada. ¿No sería yo una visión de su delirium tremens? Se llevó el pitillo a la boca, dio una fuerte calada y me dijo, envuelta su cara en humo:

–¿Me puedes traer una botella de vino? ¿Puedes hacer eso por mí? No quiero el plato, quiero beber, eso es todo.

–Ahora se la traigo –le dije–. Pero tenga el plato, guárdelo, quizá más tarde le apetezca.

–Está bien, dámelo –alargó una mano temblorosa–, pero corre a buscar el vino. Lo necesito, ¿me oyes?, lo necesito. –Ya había bajado un trecho de peldaños cuando su voz me detuvo–: Espera. –Me di la vuelta–. Ten, no llames abajo –y me lanzó un manojo de llaves.

Volví al Chino y tomé “prestada” una botella de rosado. Unos minutos más tarde estaba de nuevo en el número 37 de la rue Glaïeuls. Acaso porque todas eran la misma, acerté a abrir el portal con la primera llave que utilicé. Subí a la cuarta planta, crucé el corredor, iba a llamar al timbre cuando la puerta se abrió: Bella Borracha me apuntaba con una pistola.

–¿Estás solo? –me dijo.

Aunque el arma me pareció de juguete, levanté instintivamente una mano, mostrándole con la otra la botella.

–¡Eh! ¿Qué pasa? Aquí tienes lo que querías –me salió tratarla de tú–. Claro que estoy solo. ¿Con quién iba a estar si no?

Bella Borracha se asomó al corredor sin dejar de apuntarme.

–Está bien, pasa.

Bajó la pistola y, sin agradecérmela, me arrancó la botella de la mano.

–De acuerdo –le dije–, pero antes deja la pistola, por favor.

Abrió un cajón y la dejó caer dentro. Me di cuenta entonces de que era un arma de verdad.

Lo primero que me llamó la atención al entrar en su apartamento fue el mal olor: me costó mucho reprimir una mueca de asco; lo segundo, la decoración: estaba empapelado de arriba abajo con posters de cine. Era un piso pequeño con una sola pieza y cocina americana. A modo de radio, en un rincón, el televisor emitía música sin imágenes. Bella Borracha me invitó a tomar asiento y se fue tambaleante a descorchar la botella a la cocina, abriendo el mismo cajón donde había guardado la pistola. Luego llenó dos vasos, se encendió un pitillo y me ofreció otro, que acepté. Se sentó frente a mí del otro lado de la mesa y, tras hacer un silencio que me inquietó, se lanzó a un monólogo repetitivo y funesto, teatrero, patético, nada sorprendente. Bebía y reía. Después se le mudaba el rostro, blasfemaba y rompía a llorar. Era un ego roto y a la vez satisfecho de sí, con esa penosa fatuidad de quien ha tocado fondo. Sólo el temor a enfurecerla, y acaso una leve piedad, me retenían ahí sentado ante aquella mujer que, más que ninguna otra cosa, me aburría sobremanera. Cuando hubo vaciado la botella –yo sólo bebí el primer vaso–, le dije con mi mayor cortesía que me iba, levantándome. Bella Borracha se acercó a mí con dificultad. Le temblaban las manos, los ojos se le cerraban sin ton ni son.

–Gracias –me dijo agarrándome por el cuello–, muchas gracias. –Intentó besarme en la boca y yo la rehusé, lo cual no pareció ofenderla. Amagando a cada paso con caer, me acompañó hasta la puerta–. Piensas que estoy loca, ¿verdad?

Le dije que no y le besé una mejilla. Después me fui.

 

La medianoche había quedado atrás cuando llegué a casa. Todas las luces estaban apagadas y el resplandor de la luna flotaba en la oscuridad del salón. Desde el cuarto, Tea me llamó. Sentí un alivio infinito al oír su voz, una voz aniñada y, al mismo tiempo, casi maternal. Estaba acostada –tan guapa– y no había en su cara el menor asomo de enojo ni rencor.

–¿Pero dónde estabas? –me dijo–. Te estuve esperando para cenar. Estaba preocupada.

–No te lo puedo contar ahora –le dije.

Tea se incorporó.

–¿Ah, no? ¿Y por qué no ahora?

–Porque voy a escribir un cuento –le respondí.