Confieso que aquel año 1973 fue para mí un año ciertamente especial. Entre otras cosas porque cumplí treinta y tres años y escribí un largo ensayo sobre Los Predestinados (los famosos de la historia que habían muerto a esa edad: Jesucristo, Alejandro Magno, Garcilaso de la Vega, José Antonio Primo de Rivera... y muchos más). Pero también porque ese año recibí o gané el Premio Nacional de teatro "Juan del Encina" por mi obra "La tragedia de Séneca" y porque viví intensamente la muerte de Carrero Blanco en aquel atentado famoso del 20 de diciembre.

Sin embargo, y por eso escribo estas líneas postreras, por lo que quiero recordar ese año, es porque fue entonces cuando conocí personalmente a Franco, el llamado Generalísimo y Caudillo y, además, Jefe del Estado. Las cosas fueron así: yo era subdirector de "Pueblo" y como tal me había hecho amigo de Juan García Carrés, a la sazón Presidente del Sindicato de Actividades Diversas, Consejero del periódico y visitante asiduo a las tertulias de Emilio Romero.

Un día le dije que yo quería conocer a Franco en persona y me prometió que me incluiría en una de las audiencias casi masivas que llevaba al Pardo y así fue. Eso sí, tuve que hacerlo como sereno y formando parte de un grupo de serenos venidos de toda España. Fue en diciembre de 1973.   

Aquella mañana acudí al edificio de la Delegación Nacional de Sindicatos, en el Paseo del Prado, me disfracé con el uniforme que llevaban los demás miembros del grupo (un pantalón gris, una chaqueta de cuero negro, un chuzo y un manojo de llaves colgando de un cinturón también negro) y me subí en el autocar que había dispuesto García Carrés. 

Llegamos al Pardo una hora antes de la prevista para la audiencia y hasta ensayamos la forma de colocarnos en el salón donde nos iba a recibir Franco. Y a la hora en punto entró el Caudillo, un hombre ya viejo (ochenta y un años) y como muy cansado. Aunque lo que más me llamó la atención fue su mirada: aquellos ojos te penetraban como dos espadas. Saludó a Carrés que rápidamente sacó un papel y comenzó a leer (palabras, palabras, palabras). Luego Franco, de pie, pronunció con una vocecita apenas audible estas palabras, que naturalmente anoté en cuando pude:

"Muchas gracias por vuestro apoyo. Sé por vuestro Presidente que estáis haciendo una gran labor. España se merece el esfuerzo de todos."

Y ahí acabó mi "conocimiento" personal de Franco. Claro que lo más gracioso de mi experiencia de sereno vino después cuando salimos del Pardo. Porque lo que Carrés no me había dicho es que tras la audiencia con el Caudillo nos esperaba otra con el entonces príncipe de España, don Juan Carlos, en el cercano Palacio de La Quinta. Y eso fue de sainete, ya que acompañando al Príncipe estaba el Ministro de Sindicatos, a la sazón  Alejandro Fernández Sordo, que sí me conocía como subdirector de "Pueblo" y de las comidas que Emilio Romero organizaba con frecuencia entre los altos cargos del Ministerio y el equipo directivo del periódico (Pueblo era el órgano oficial de aquellos Sindicatos verticales)... Y tampoco a él le había dicho nada "el gordo" (apodo familiar de García Carrés por su enorme obesidad). Cuando Fernández Sordo, que seguía al príncipe un paso detrás, me vio y me oyó presentarme como "Sereno, por Córdoba" no pudo contener una carcajada que le salió del alma y que hasta sorprendió a don Juan Carlos.

Aquella noche la redacción de "Pueblo" fue un pitorreo general... pero, pasados los años, yo puedo contarlo. Bueno, puedo contarlo, de momento, porque dentro de pocos meses hablar de Franco ya será un delito... y como estos señores que nos gobiernan sigan en el Poder hasta puede ser motivo de cárcel. Si Franco no resucita al tercer día... (como escribió mi amigo Fernando Vizcaíno Casas).