Centros comerciales, SÍ. Por Rafael López
 
Agradezco el cambio de tercio respecto de las temáticas de nuestras últimas controversias por cómo estaba siendo ferozmente zaherido por mi rival Luys Coleto, y su desbordante profusión de filósofos, pensadores, "tíos raros" y citas literarias. Tengo severas dudas que haya leído todas las obras bibliográficas que cita en sus controversias conmigo, creo que utiliza ese sucio recurso sólo para tratar de humillarme. 
 
Desconozco el periplo vital de Luys respecto a la controversia de esta semana, por lo que relatare el mio para que los lectores puedan apreciar que "conozco el paño" de la temática planteada en esta ocasión. Hasta los 40 años, tanto mi lugar de nacimiento, como donde más tiempo he vivido, ha sido Teruel (entendiéndose en dicho término tanto la capital de la provincia como algunos de sus municipios). Recuerdo perfectamente, por entonces ya me había casado, cuando se puso el primer hipermercado en la capital, porque hasta ese momento todo el comercio era lo que se denominan tiendas de barrio o pequeños comercios, y, que tenga constancia, a día de hoy, todavía no existe ningún centro comercial en la ciudad de Teruel. 
 
No pueden ser más gratos mis recuerdos de aquellas tiendas y locales, sus nombres evocan todavía, y creo que será para siempre, los intensos y agradables momentos vividos en ellos, así como del excelentísimo trato personal que tanto mi Familia, como yo, fuimos objeto. Sólo por citar algunos: "Albarracin", "Garza", "La casa de los niños", "Muñoz", "Domingo", "La Ronda" y decenas más, que no nombro por no extenderme en demasía más que por ausencia de merecimientos.
 
Desde hace 15 años resido en una ciudad, y el inmueble donde transcurren mis días está justo enfrente de un emblemático, y prestigioso, centro comercial, y a escasos 200 metros de otro igualmente relevante, que no cito ya que ninguno de los dos me pagan por hacerles publicidad. Esa cercanía física me ha brindado la oportunidad de conocer las ventajas de este tipo de comercios. Para empezar una de las ventajas más relevantes es la integración, en un único espacio comercial, de todo tipo de tiendas y servicios, aspecto que favorece la gestión de todas las compras por parte de los clientes. 
 
Otro aspecto de interés es que, en contra de ese criterio general de atención fría e impersonal, puedes llegar a tener un trato cordial con las personas que te atienden en dichos centros, aunque nunca se llegue a alcanzar la excelencia de las tiendas de barrio. En primer lugar, porque los empleados están sujetos a horarios y no siempre se coincide con ellos, y, principalmente, porque aunque realicen su trabajo con profesionalidad y cortesía, su vinculación con el negocio y los clientes nunca puede llegar a ser tan intensa como la de quienes tienen un pequeño negocio que forma parte de su propia vida. 
 
Pero si existe un aspecto imbatible a favor de los centros comerciales es la política, y más concretamente la desquiciada política municipal (en realidad esto último es una redundancia y una estupidez, porque todos los áctores de la política, sea esta municipal, autonómica o nacional, están completamente desquiciados). Es, a día de hoy, completamente IMPOSIBLE realizar las compras que hacíamos en Teruel hace veinte años. Los políticos en su delirante afán de peatonalizar las zonas comerciales urbanas, generalmente muy céntricas, han asfixiado al pequeño comercio ubicado en ellas. Hoy, ha devenido en esfuerzo titánico el acceso a dichos lugares con el vehículo, lo que ha supuesto un alejamiento, una especie de ostracismo contra los clientes, y una hostilidad severa hacia los propios comercios que ven muy mermada su cercanía con el cliente. 
 
Resultan tan accesibles, tan cómodos, los centros comerciales, con sus amplios y estupendos aparcamientos, con esas simpáticas luces que identifican las plazas disponibles. Puedes efectuar las compras sin "despeinarte", y sin que el policía local de turno te zahiera con frases, y limitaciones, como "alto ahí", no puede aparcar, o parar, aquí", "está prohibido acceder a esta zona"  y similares. Después sin fatiga alguna, gracias a carros y otros sistemas, llevas, cómodamente, la compra hasta el vehículo y de allí al garaje de tu domicilio. 
 
Gracias a los centros comerciales se evitan los rigores climatologicos, desde la incómoda lluvia hasta el ardiente calor, pasando por la nieve o el frío. Sales de casa y regresas sin los padecimientos del mal tiempo, y es tan cómoda esa, agradable y humanitaria, sensación que ofrecen las poderosas climatizaciones de los centros comerciales tanto en invierno como en verano. 
 
Si los políticos municipales no hubiesen metido sus pezuñas contra el pequeño comercio, hoy no dispondría de argumentación para haber defendido mi posicionamiento en esta controversia. Ahora cogeré el coche, aunque no llueva y tenga los centros comerciales a un paso, y me iré a uno de ellos a tomar una copa de vino y una tapa de ibéricos disfrutando de una climatizacion perfecta. 
 

El porno duro del hiperconsumismo en las nuevas catedrales de hoy. Por Luys Coleto

Durante estos días, Black Friday. Luego se encadena el Cyber Monday. Con plandemia o sin ella, próximamente toda la orgía consumista de la Navidad, tan ínsito del “ficticio” hipercapitalismo zombi. Grandes centros comerciales, perfeccionado paradigma de los no-lugares. A la sazón, áreas urbanas clónicas, centuplicándose en los contornos de las megaurbes de todo el planeta. Aeropuertos, autovías, centros de negocios o comunidades residenciales cerradas. Todo tan feamente idéntico.

La única religión de la postmodernidad, el consumismo

Centros comerciales, nuevas catedrales en un mundo donde la única religión que nos queda es el consumismo. Y el consumismo se hace carne en una nueva religión contemporánea. Y el centro comercial es su nuevo santuario que, a diferencia de las catedrales que deseaban avivar un mundo espiritual e íntimo, el centro comercial persevera en “crear” elementos que nos unan a un mundo exterior “idealizado” e incomparablemente más insustancial.

Las "marcas", mientras, prometiéndonos otra vida en este mundo terrenal. Y los gallifantes de turno, tan anchamente beneficiados con los suculentos chanchullos urbanísticos que generan los centros comerciales. Y qué decir de las beneméritas Licencias de Actividad. Otro latrocinio de Estado, eso que nunca falte. Además, qué mejor que tener unos administrados absolutamente adictos al porno duro del irracional y paranoico hiperconsumo.

Centro comercial, donde se cuecen todas las psicopatologías

Y el consumo se eleva como único modo de vida. Y los espacios que éste genera. El nihilismo y la infelicidad consiguientes de una absurda manera de vivir y de ser, germen de un totalitarismo de inaudito troquel, con su arquitectura tan fascio-comunista. Centro comercial, donde la psicopatología deviene como única forma de libertad. Centro comercial, donde cristalizan miríadas de veladas miserias morales. Centro comercial, donde la decisión moral más importante que se puede tomar es el color del próximo móvil.

Y el centro comercial encerrando dos inquietantes alegorías, la religión y la guerra, que lo  vinculan estrechamente con las catedrales por el papel que en aquellas sociedades medievales tenían como lugar de protección, ante una eventual acción hostil del enemigo. O como centro de encuentro social y espiritual.  El centro comercial, logrado icono de desatinada postmodernidad, "defensiva" y “socializadora”. Conseguida relación entre producción en masa y consumo masivo. Y majadero. E innecesario, casi siempre.

El “democrático” centro comercial

El centro comercial, tan “democrático”. A cada uno de nosotros se nos ofrecen, previo pago, diferentes opciones o accesos a distintas “experiencias de consumo”. Cualquier cosa que se anhele se puede conseguir si tienes la suficiente guita para pagarla. En los centros comerciales de cualquier parte del mundo se exuda competencia entre los diferentes ofertantes y el “éxito” viene determinado por la posibilidad de acceso a esa oferta casi infinita de consumo. Una apabullante “diversidad” que enclaustra un rasgo bífido de todo centro comercial: estrategia de "persuasión" y “seducción”.

Cautivadora “fascinación”, en definitiva, que me recuerda el epíteto que la escritora yanqui Susan Sontag dio del fascismo: fascinante. Fascinante fascismo. Con estas palabras calificaba Sontag la magistral película del director alemán Hans-Jurgen Syberberg, Hitler. Porque Sontag sabía que toda fascinación se halla mixturada diluida, taimada y diestramente, con sorpresa y fárrago, (falsa) familiaridad y placidez. Alternándose una sicalíptica panoplia de opciones, tan extensa como confusa. Y todo totalitarismo – fascista, nacionalsocialista, comunista, “liberal”… -, al igual que el centro comercial, fascina. Para mal, muy mal, obvio.

El centro comercial, espejo de un mundo hedonista y narcisista

Aparente compra-venta, razonable intercambio de bienes y servicios, el centro comercial es mucho más. Se constituye con elemento nuclear de una visión postmoderna del ocio asociada al hedonismo y al narcisismo. Una suerte de fruición fetichista y voyeur que nos brinda el centro comercial transformado en lugar de placer en sí mismo. Placeres absurdos, cierto, pero placeres, tan alejados de la noble y virtuosa hedoné de mis admirados epicúreos.

El centro comercial, en ese sentido, deviene esfera, caleidoscopio y panóptico que nos permite ver y ser visto. Tener acceso a un ámbito social distinto al natural de pertenencia – por consanguinidad, preferentemente - y, donde lo significativo, no son tanto los bienes y servicios logrados (que se pueden adquirir en cualquier tienda de barrio), sino la transferencia de “identidad”, única y privativa, que muchos sienten que les proporciona.

Más allá del centro comercial, verdadera vida

Afortunadamente, hay otra vida más allá de los obscenos e irreales centros comerciales, pero es más cara. Mucho más cara. Y, como nos iluminó sabiamente Machado, todo necio confunde valor y precio. Apuntalado por el genio de Oscar Wilde en su obra cumbre, El abanico de la Señora Windermere (por cierto, prodigiosamente a adaptada al cine por el titán Lubitsch) dejando escrito que “la gente sabe el precio de todo y el valor de nada”. En fin.