Hace unos días les relatábamos ciertos aspectos costumbristas del “cortejo fúnebre”. Pues hoy no referiremos al “cortejo nupcial”. Aunque un refrán indique que: “casamiento y mortaja del cielo bajan”. Por algo se trata de uno de los acontecimientos más singulares de nuestra vida social. Ambos tienen lugar con un cortejo acompañado de pompa y asistencia masiva de allegados. Las bodas solían comunicarse verbalmente por los propios novios, además de las proclamas y amonestaciones leídas en las iglesias.

El cortejo o comitiva nupcial era un acontecimiento muy destacado en la Roma clásica. Ya entonces se evitaba que la novia pisase el suelo; en los pueblos bárbaros eran llevadas en andas e incluso a hombros, o metidas en un saco que se echaba a la espalda un hombre forzudo. También hacía el recorrido a la casa del novio metida en un cajón; y en pueblos algo menos rudos cubría el recorrido a lomos de un dromedario o a caballo.

En la España prerromana, los íberos conducían a la novia en carroza y detrás de la cual iba la madre con una tea encendida. En nuestra tradición medieval era corriente que la novia fuera a la iglesia a caballo. La litera y el coche fueron de uso posterior; no faltan lugares como Andorra, donde ese recorrido se hace a pie. Siempre fue acto cargado de superstición y de temores. Porque si se hacían mal las cosas podían resultar perjudicados los recién casados, sobre todo la esposa.

El regalo era obligado, no tanto para contribuir al ajuar y peculio de la pareja cuanto para poner de manifiesto a quien deseara mal a los nuevos esposos que éstos contaban con amigos poderosos. Por eso, en Asturias, novia y madrina recorrían caseríos y aldeas ofreciendo polvo de tabaco a los invitados, quienes también tenían que corresponder con un regalo. El camino por el que iba a pasar la comitiva nupcial era convenientemente adornado, especialmente en los lugares pequeños. Esta copla del siglo XIX era cantada en la Magaratería:

Por esta calle enramada

lleva el galán a su dama; 

por esta calle barrida

lleva el galán a su niña.

 

En  pueblos burgaleses, a principios del siglo pasado, armaban a la salida del templo enramadas, arcos y doseles para la pareja; y en otros lugares de aquella provincia los jóvenes tiran de un carro enramado. Con un lado comprometido: cuando el cortejo atraviesa más de un pueblo, dificultan su avance hasta no satisfacer el novio o la novia un canon de caridad.

En lugares de Cataluña tienden de un lado al otro del camino una cinta, que no rompen hasta que no satisfacen las pretensiones de sus vecinos; en general, la pubila entrega unas monedas y se queda con la cinta. En Baleares la costumbre adquiere tintes más complicados, aunque con criterios más singulares: los vecinos, atentos a la llegada de los novios, prenden fuego a los matojos del camino y colocan obstáculos difíciles de superar, a fin de dar a entender a la pareja el difícil camino que acaban de emprender.

José María de Pereda escribe sobre las costumbres de los mozos cántabros. Cuando pasa la comitiva nupcial por sus tierras, reciben a los novios relinchando, disparando tiros, saltando, haciendo cabriolas ruidosas, paran el cortejo y secuestran a la novia, que el novio recupera si paga un estipendio. También se hace estruendo de pólvora en localidades de Asturias y León, donde los solteros acompañan a la novia con descargas de escopetas y trabucos mientras entonan esta copla:

Guapa es la novia, cual naide;

guapo el novio, cual denguno.

Vengan hijos a docenas,

y a centenares los mulos.

 

Estas viejas costumbres corresponde a reminiscencias ancestrales de espantar con ruido el acoso de los malos espíritus. Para defender a la novia del mal de ojo vestían a ésta como sus acompañantes y confundida con la comitiva lograba hacer su entrada en el templo. Así celebraban las bodas en el Pirineo aragonés en el primer tercio del siglo pasado. 

 

Existieron incluso prohibiciones para asistir a la ceremonia nupcial. En la localidad cordobesa de Añora no pueden asistir la madre de la novia y las doncellas; en Valencia no están presentes en el templo quienes han apalabrado el casorio. Está muy mal visto que el cortejo nupcial se cruce con un entierro. También nos dice un refrán: “novia mojada, novia pegada”. 

 

La voz latina cors, cortis equivale a espacio cerrado, corral, séquito; su polisemia hizo que el vocablo fuera usado con precaución: que un hijo pida a su padre marchar a la corte significaba acudir al entorno del rey para servirle; pero que un muchacho solicitara al maestro permiso para ir a la corte, equivalía pedir licencia para hacer sus necesidades. 

 

El término cortejo no parece anterior al siglo XVI, acaso proceda del italiano corteggiare. En el castellano medieval cortear, corteo se refería más al séquito de un bautizo o boda; en cuanto al predicado nupcial es una voz no anterior al siglo XVI, del latín nuptiae, de nubere (casarse).