El esfuerzo, el sacrificio, la lucha, siempre adelante, saltando cuantos obstáculos te pone la vida en tu camino, nunca desfallecer, esforzarse en superar retos, entrenar y entrenar, luchar contra todos, contra los que te dicen que nada serás en la vida, que eres un derrotado, siempre luchando contra viento y marea, siempre seguro de sí mismo, para conseguir la meta, esa meta que tú fijaste, porque era tu carrera y lograrás llegar lejos, la cruzarás con orgullo, porque tu sacrificio y total entrega,  ha merecido la pena y ello te hará FUERTE, IMPORTANTE , ADMIRADO Y CON LA MORAL ALTA

Si así, actúas, llegarás a ser campeón y estarás seguro de tí mismo, si tiras la toalla, aún sabiendo que puedes resistir y ganar, nunca serás nadie, tan solo un PERDEDOR más.

Leyendas olímpicas: Así actuó,  Eric Liddell, creyendo en él y en Dios, que le había dado unas piernas y unos brazos fuertes, para que con entrenamiento, esfuerzo y sufrimiento, llegar a ser el campeón, más admirado y querido

 

 

Eric Liddell nació y murió en China. Fue escocés, lo que podría parece anecdótico pero no lo es, dado que le marcó profundamente al igual que su fe religiosa. Sus padres eran misioneros en tierras asiáticas y él siguió la vocación. Conocéis la historia por el cine: “Carros de Fuego“, película oscarizada en 1981 narra el trabajo del equipo británico previo a los Juegos Olímpicos de París 1924. Las vicisitudes de las pruebas de calificación, el temor a los velocistas estadounidenses (Paddock y Scholz) y la negativa de Liddell a competir en domingo a causa de su creencia religiosa. No se enteró de ello en París, como escenifica la película, sino varios meses antes y pudo preparar la prueba de 400 metros, en principio demasiado larga para sus características. Tanto la preparó que batió el récord mundial (47″6) en la final olímpica, cuya foto encabeza esta pieza.

 Y ahora, hablemos de mi hijo Manuel Emilio, la persona, por la que más he luchado en toda mi vida y a la que más he querido, incluidos mis padres.

Veinte años amándole, protegiéndole, ayudándole en todo, para que fuera un buen chico, fuerte, con futuro, con dignidad, con ego, con espíritu, con seguridad, con valentía y orgulloso de sí mismo.

¿Por dónde empiezo? 

Tanto camino recorrido, tanto sufrimiento, tanta pasión que he puesto en él, tantísima ilusión, para formarle, para que fuera un chico envidiado, respetado, admirado, por sus valores, por ser mi sangre, mi futuro que yo no pude ser en el atletismo, mi segunda vida, en la que puse el 100 x 100 de mi esfuerzo, de mi ilusión, entregada a él.

Y con ésta lección de un corredor cristiano en la EXCELENCIA, te pregunto ahora a ti, mi amado, querido y perdido hijo:

¿Has aprendido algo de este impresionante atleta?

¿Te ha servido de algo, el inmenso ejemplo de éstos corredores de élite?

Manuel Emilio, hijo mío siempre recuerda que:

 “La victoria tiene mil padres, la derrota es huérfana”

Y ahora tú, estás huérfano y desamparado. Los consejeros que te rodean son para destruirte como atleta y como persona. ¡Al tiempo! Algún día te darás cuenta, cuando ya sea demasiado tarde.

Manuel Emilio, hijo mío, cuando pienses y digas: ¿No tengo nada? Lo tuviste todo y todo lo tiraste por la borda, directamente a la basura.

Fuiste mi orgullo, porque te sacrificaste y luchaste por ser importante en el deporte que te gustaba y querías. Te esforzaste y te entrenabas a tope, sudabas, te esforzabas y empezaste a ser importante, con una buena base de lucha, con unos cronos que empezaron a estar en las mínimas marcas, exigidas, por la Federación de Atletismo.

Decía Eric “El atleta creyente”: “Mi padre me enseñó a cantarle al sol y a las estrellas y Dios me dio brazos y piernas fuertes”

Y recuerda siempre, que tú padre, estuvo a tu lado, en los peores momentos de tu vida y te enseñó a luchar y a sufrir para llegar lejos.

El sudor, el sacrificio, el esfuerzo, siempre tiene recompensa

“La victoria tiene mil padres, la derrota es huérfana”