Sin darnos cuenta nos lo robaron. Y todo por distracción o desidia. El arcoíris, esos siete colores dibujados por Dios en el cielo, que simbolizan su alianza con los hombres después del Diluvio Universal, hoy se ha hecho bandera de reivindicaciones sexuales a gusto del consumidor. Y como sabiamente anunció el tango “Cambalache” escrito por Discépolo, “y herida por un sable sin remache, ves llorar la Biblia junto a un calefón”. No solo el símbolo luminoso y sagrado fue profanado sino también la palabra orgullo en su sentido positivo. Las “fiestas del orgullo”, sin especificar, hoy son las fiestas del llamado colectivo LGTBI. La batalla semántica y semiótica parece haberse perdido para siempre en la contienda cultural entre la corrección política y el sentido común.

Intentemos poner las cosas en su sitio. Podemos afirmar que no existe pueblo ni cultura humana que no vincule el arco iris con lo divino, con lo sagrado y lo mágico, un signo claro de la existencia de un reino sobrenatural y trascendente. Podemos encontrar su referencia en los textos más antiguos de la Humanidad como en la epopeya sumeria de Gilgamesh. Allí el arcoíris es el collar de la gran madre Ishtar que levanta hacia el cielo como una promesa de que nunca olvidará los días de la gran inundación que destruyó a sus hijos.  

Para los antiguos griegos era un atributo de la diosa mensajera Iris, hija de Taumante y Electra, hermana Arce y de las Harpías. Homero la describe en la Ilíada como mensajera de los dioses.  En Roma, Virgilio presenta a Iris como la diosa que anuncia el pacto de unión entre el Olimpo y la tierra al final de la tormenta. Iris se cubría con un velo transparente que solo se podía ver cuando atravesaba las nubes y eran iluminadas por los rayos solares, dejando en su trayecto una estela de luz multicolor. Este velo es un vínculo inequívoco entre dos universos, un puente sagrado que une el mundo de los hombres con el de los dioses, dos planos existenciales conectados cósmicamente por esos brillantes y hermosos rayos que solo poseen los inmortales.

Resultan significativas las coincidencias entre distintas culturas y mitologías. Por ejemplo, para los pueblos nórdicos, el arcoíris es el puente, la mágica pasarela, el llamado Bifröst, que une Asgard, el hogar de los dioses con Midgar, la tierra de los hombres. Durante el Ragnarök, el combate final entre la luz y la oscuridad, el Bifröst será destruido marcando el fin de los tiempos, en definitiva, el destino ineludible de los dioses.

Hindúes, celtas, aztecas, incas, hopis, diversas culturas africanas, asiáticas, polinésicas, americanas han tenido su conexión con el arcoíris de siete colores más allá del tiempo y la geografía. El arcoíris es un símbolo sagrado que no puede permitirse ser banalizado y deconstruido por necedad ideológica

Para judíos y cristianos, el arcoíris simbolizó la alianza de Jehová con Noé y su promesa de que no destruiría la Tierra con un diluvio otra vez. En el libro de Génesis 9: 12-17 puede leerse claramente: “Dios añadió: Este será el signo de la alianza que establezco con ustedes, y con todos los seres vivientes que los acompañan, para todos los tiempos futuros: yo pongo mi arco en las nubes, como un signo de mi alianza con la tierra. Cuando cubra de nubes la tierra y aparezca mi arco entre ellas, me acordaré de mi alianza con ustedes y con todos los seres vivientes, y no volverán a precipitarse las aguas del Diluvio para destruir a los mortales. Al aparecer mi arco en las nubes, yo lo veré y me acordaré de mi alianza eterna con todos los seres vivientes que hay sobre la tierra. Este, dijo Dios a Noé, es el signo de la alianza que establecí con todos los mortales”.

El arcoíris nada tiene que ver con la sexualidad, el hedonismo, el placer u otras opciones de vida relacionadas con el goce o el disfrute sexual o supuestas y dudosas reivindicaciones de derechos negados. Tengamos en cuenta también que la bandera LGTB no tiene siete colores sino seis, falta el celeste, color simbólico de la Virgen María, y esta ausencia tampoco sería casual. La bandera LGTB no deja de ser un falso arcoíris o un arcoíris de sustitución o remplazo.

¿Por qué el arcoíris representa en nuestros días algo que no es? ¿Por qué la palabra orgullo significa homosexualismo y no el sentimiento de satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios somo sostiene la RAE? ¿Cuándo y cómo nos dejamos robar el símbolo sagrado y la palabra que define positivamente el sentir, sin complejos, el amor por lo propio y la auténtica identidad? En algún momento -y no hace tanto- nos dejamos expoliar y hemos entregado sin luchar un regalo divino, único y trascendente por los viles profanadores de lo sagrado en beneficio propio, mezquino y malicioso.

¿Será que la pérdida del arcoíris o la destrucción del Bifröst está anunciando el Juicio Final o el Ragnarök? Para saber la respuesta debemos seguir atentos a las señales que se han manifestado desde los tiempos de la antigua Sumeria a los de las Big Tech globalistas. Y también no dejar que nos sigan robando descaradamente.