En la tradición popular, cualquier ruido de origen desconocido, o el crujido de la tarima de la casa, casi siempre fue considerado como de mal presagio, como la manifestación de un espíritu. Y si se producían tres golpes en la pared, entre las once y la una de la noche, comunica a quien los oye la inminencia de su muerte o la de un allegado. Así lo transmitían nuestros mayores al amor de la lumbre de una chimenea.

En los pueblos de Alicante, creen que San Pascual Bailón, venerado en la comarca de Monforte del Cid y Agost, anuncia con antelación a sus devotos el día de su muerte para que se avengan con Dios, lo que lleva a cabo el santo con tres golpes secos que sólo el interesado puede oír.

En el ámbito rural, si las hojas del porche se arremolinan cuando no hay viento, o crujen bajo la pisada de alguien que nadie logra ver, indica la llegada de una persona no deseada; y en el caso de tener un enfermo en la casa barrunta lo peor. Y cuando los ruidos en plena noche son siete y proceden del techo o del muro exterior de la vivienda, anuncian la desgracia o la pérdida de un enemigo.

Dicen los antropólogos que el hombre primitivo sabía cuando llegaba su hora; presentía su cercanía y se apartaba de los demás para vivir la partida en soledad; en muchos casos era una premonición lo que les advertía del final, a menudo expresada en ruidos acústicos e incluso olfativos: la oían venir o la olían tres días antes de que se produjera el hecho.

Es posible que de esa convención telúrica deriven creencias vigentes en muchos pueblos. A esos ruidos o golpes no audibles por los demás, se unían olores e incluso visiones, que aterrorizaban al hombre antiguo.

Preguntada cierta dama en tiempos de Cervantes por qué aseguraba que iba a morir, contestó: “vi a alguien que venía del otro mundo para decírmelo”. Son muchas las hagiografías en las que se narra, en vísperas de la muerte de una persona virtuosa, que había olido intensamente a rosas o había visto una luz o escuchado una música.

En la tradición supersticiosa de nuestro país, relacionada con la muerte, los golpecitos, los ruidos, los crujidos son una constante, aviso infalible de un suceso luctuoso. Incluso distinguen entre los que habían sido advertidos y los que morían de repente: unos tenían tiempo para bien morir, los otros no. En Sevilla creen que, para que vuelva el galán con la chica que ama, hay que llamar tres veces a la puerta de la catedral, sin que conteste nadie.

El término “premonitorio” es latino, creado a partir de la preposición de ablativo “prae” (adelante), más un derivado verbal de “monere” (avisar), del latín “praemoneo”.

No hay mejor cosa que estar siempre preparado para cualquier viaje.