Un nuevo fenómeno moderno absorbe mi atención estos días. Aunque ya hace algún tiempo que viene tomando forma e insinuando su perfil, en las últimas semanas ciertos acontecimientos han servido de ocasión para que se muestre en todo su esplendor. Creo que ninguna persona que conserve la cordura en esta época desquiciada habrá dejado de observar que los militantes de las ideologías modernas están constantemente ofendidos; la ofensa no es en ellos un accidente, sino una habitud, un estado permanente que busca cualquier ocasión que parezca justificar a posteriori su sentimiento. 

   El moderno está ofendido siempre, sin necesidad de que una causa extrínseca venga a despertar su indignación; por eso, cuando se presenta cualquier oportunidad, por ridícula que sea, de aparentar que se siente ofendido con razón, no la deja escapar. El miembro de la comunidad LGTB, por ejemplo, se despierta ofendido, desayuna ofendido, vive ofendido; por este motivo, a lo largo del día aprovechará cualquier comentario en televisión, cualquier expresión en el periódico, cualquier broma inocente para convencerse y convencer a los demás de que su amargura está plenamente justificada por ese hecho y que es posterior a él. 

   Pero los ofendidos perennes a veces no encuentran durante el día una sola ocasión que sirva de pretexto, con un mínimo de verosimilitud, a su radical amargura, y es ahí donde entra en juego el nuevo fenómeno al que me refiero y al cual llamaré, mientras no reciba otro nombre por parte de las academias e instituciones competentes, «ofensa transferible». Su mecanismo es como sigue: cualquier miembro de una ideología moderna, no encontrando ninguna alusión a su ideología, a su modo de vida o a sus ideas que pueda señalar como motivo de su estado irritable, puede apropiarse de una ofensa que nadie reclama. Una feminista, sin ir más lejos, puede tener la desgracia de no encontrar un motivo que parezca justificar ese día su rabia y su comportamiento desequilibrado; en ese caso, buscará una ofensa vacante, es decir, algún comentario o hecho que no haya ofendido a la persona o al colectivo al que iba dirigido. La feminista entonces se ofende en nombre de aquellas personas que, a su parecer, deberían haberse ofendido. Hete aquí la ofensa transferible.

   Todos hemos comido alguna vez compartiendo mesa con algún familiar o amigo especialmente voraz e insaciable, que observa ávidamente nuestro plato con la esperanza de que dejemos algún resto. En cuanto nota en nosotros alguna lasitud, un pequeño gesto de nuestras manos que permita conjeturar que no vamos a apurar nuestro plato, salta como un resorte: «¿Te lo vas a acabar?». Si respondemos que no, transfiere la comida de nuestro plato al suyo.

   Algo muy parecido ocurre en el caso que nos ocupa. Si una persona no se siente ofendida por un comentario en el que se ha aludido a ella ¿es justo que esa potencial ofensa se desperdicie, habiendo tantas personas necesitadas de ella? Sería tan cruel como tirar nuestra cena a la basura mientras un niño mendiga ante nuestra puerta. Y lo que decimos de una persona puede decirse de un grupo de ellas que están unidas por alguna condición. Puede ocurrir, por ejemplo, que alguien con cierta repercusión haga un comentario humorístico totalmente inocente en el que se alude a la ceguera, y que a pesar de todo ningún ciego se sienta ofendido, que ninguna asociación de ciegos se pronuncie, incluso que la ONCE se lo tome con humor. Pero cuando todo parece estar en paz y nadie se queja, puede alzar la voz el colectivo de feministas, o el de transexuales, o la «Asociación para la defensa del brócoli», expresando su indignación ante una ofensa inadmisible contra los ciegos y exigiendo una disculpa pública.  

   Ya sabemos lo que dicen del glotón: siente un vacío en su interior que pretende llenar con comida. Al devorador de ofensas le sucede lo mismo. Nota que algo en su interior está mal, que no está cómodo consigo mismo, que su vida está vacía y carece de sentido, pero en vez de buscar la verdadera causa en su vida desarreglada y en su desviación moral, prefiere continuar mendigando ofensas para aumentar su vacío. Así es la triste vida de aquellos que venían a acabar con la religión católica para instaurar un paraíso aquí en la Tierra. Viven mirando a su alrededor en busca de un pretexto, con la expresión de un conejo que tras dos días perdido en el desierto olfatea a lo lejos un campo de alfalfa. Siempre en tensión, el gesto inquisitivo, buscando una posible ocasión para patalear, mirando de reojo la ofensa en el plato del vecino: «¿Te la vas a acabar?»