Se ha repetido hasta la saciedad que “Dios ha muerto”. Al respecto creemos que la muerte del dios no solo se afirma sobre el Dios cristiano de la tradición occidental sino sobre cualquier plano superior de la existencia; o dicho en otras palabras: que se manifiesta una ruptura metafísica definitiva e irresoluble. En este sentido cabría preguntarse si no han sido los mismos ideales cristianos los que nos han condenado a los padecimientos de la libertad absoluta y al hombre desprendido de cualquier sentido sobre su misma existencia. A la pregunta respondemos que no han sido los ideales cristianos los que nos han conducido a la actual situación de disolución sino que es precisamente su perversión la causa fundamental de las ruinas.

Ahora bien, la afirmación de que “Dios ha muerto” no puede ser negada en estas latitudes, el dios ha sido destruido; prueba inequívoca es el estado actual de la religión en occidente: un ateísmo institucionalizado y desplegado en las normas y costumbres, unos feligreses que ya no temen la ira del Dios y no escatiman en relajar sus normas y ritos que son sustituidos por grotescas manifestaciones de folclore popular. La religión como la hemos conocido está liquidada salvo para el que decide o bien aislarse de la sociedad para seguir una vida devota o se mueve por la vida social manifestando un estilo arcaico que le conduce muchas veces al gueto personal o a un profundo estado de soledad.

En el arte las distintas perspectivas nos proporcionan una visión diferente de una misma realidad, y en lo que a nosotros nos incumbe pensamos que debemos mirar la situación con ojos de artista, y darnos cuanta de que puede que la posmodernidad no sea la condena total del hombre al vacío de la existencia inmanente sino una época de transición hacia una visión de la trascendencia más refinada que la anterior: El hombre civilizado necesita un eje donde sostener sus valores, pero con el asesinato del dios, se ve condenado a vagar por el desierto de la existencia hasta encontrar nuevos puntos de apoyo; y en eso estamos precisamente, en la búsqueda de un sostén civilizador en medio de una horda embrutecida y descontenta con las expectativas que les ofrece la enfermedad del ateísmo.

A nuestro entender el problema que encuentran las personas corrientes en el mundo actual es que no tienen a que acogerse cuando su inconsciente les invita a activar su sentido de la trascendencia, no pueden acogerse a una iglesia que salvo honrosas excepciones se limita a predicar una ética basada en la piedad pero desprendida de su fundamento principal: Dios, lo cual supone un estímulo tan inconsistente como cualquier otra práctica que no se sostenga sobre lo sagrado.

Yoga, veganismo, feminismo…. Nos parecen indigestiones en la búsqueda del hombre de algo superior a si mismo e intentos inútiles por establecer sistemas morales sin necesidad de lo divino y en consecuencia condenados todos al más absoluto fracaso.

Sin embargo en medio la llamas hay una luz que nos abre la posibilidad de reconstruir el sentido de la existencia y el amor de hombre por la vida: recuperar la trascendencia rescatando los fundamentos de la tradición, lo que hoy ya empieza a conocerse como: el resurgir de la metafísica. La doctrina tradicional de los ciclos es bien clara y la experiencia histórica nos enseña que es posible virar de un materialismo intrínseco al establecimiento de lo sagrado, y que es además lo que suele ocurrir en las sociedades tras un período de decadencia.

En este sentido es necesario asumir en primera instancia que Dios ha muerto, que la religión como la hemos conocido ha muerto; abandonar todo espejismo de restauración de lo anterior y abrirse a un nuevo futuro sobre un pasado aun inexplorado, asumir la muerte de una perspectiva formal para adoptar una abierta a los elementos vivos de la tradición occidental y así ser capaces de articular un nuevo frente de ideas vigorosas que sean capaces de aplastar el materialismo corruptor de la postmodernidad.

Habrá entonces quien se resista a abandonar las formas anteriores de vida trascendente y creemos que merece toda estima y respeto, pero a nuestro juicio las guerras del presente no pueden ganarse con las armas del ayer; sobre la ruina no cabe más que edificar cimientos sólidos aprovechando en la medida de lo posible el material disperso, la nueva técnica y el viejo espíritu.