Capítulo tercero. Origen africanista de la luz del evangelio: 

Otra de las explicaciones más posible es que viniera por África. Esta teoría fue defendida por los grandes teólogos y catedráticos Manuel Cecilio DÍAZ Y DÍA y José María Blázquez Martínez. En el libro Posible origen africano del cristianismo español», Blázquez sostuvo que da la sensación de que el cristianismo hispano vino de África a finales del S. I. La llegada no sería a través de Santiago o de Pablo, pero sí de fieles de la Iglesia Paulina. El recorrido natural, el más lógico, sería llegar primero a Egipto (ubicado en el norte de la África oriental) y que, a partir de ahí, se fuera extendiendo a occidente por el norte de África para dar el salto desde las actuales costas de Argelia o Marruecos hasta el sur de España. 

De otro lado, en la misma línea, aunque unos 100 años más tarde, tal y como sostiene el historiador José Luis Corral y otros autores, los primeros textos que tenemos son unos escritos, concretamente la Carta LXVII  del Obispo Cipriano de Cartago (es el documento más antiguo que nos ha llegado con noticias concretas sobre el cristianismo en España) en la que sobre el año 250, Cipriano, recomienda a una serie de cristianos que viven en las grandes ciudades de la península ibérica como Mérida, Cesar Augusta, Cartago Nova o Híspalis que enseñen el evangelio. ¿Quiénes traían el evangelio? Legionarios cristianos de Túnez (Cartago) y otros cristianos, huyendo de la persecución, atravesando a pie todo el norte de África para cruzar en barco hasta la península ibérica a mitad del siglo III, sin que se pueda saber con exactitud si arribaron a las costas de Hispania por la provincia Baetica o por la Cartaginensis.   

De lo que tenemos constancia es de que la expansión del cristianismo primitivo en Hispania tiene estrechas relaciones con los soldados de la Legio VII Gemina a través de la vía de la plata y con las comunidades cristianas de África, además de la influencia decisiva de la patrística oriental. Sabemos, en añadidura, del origen africano por los cánones del Concilio de Elvira, por los primeros mártires de la Hispania romana e incluso por las particularidades de la propia liturgia, lo que indica, aún sin perjuicio de que Pablo pudiese finalmente llegar a la Tarraconensis que la expansión del cristianismo fue desde el norte de África hacia el sur de España.          

Al margen de las diversas teorías expuestas, lo que podamos creer en unas tradiciones u otras, la fe del pueblo o en difundir lo que todavía no había sido estructurado, lo que sí que es cierto es que hay una serie de hechos históricos indiscutibles que nos pueden ayudar a conducirnos a la verdad. 

Cartagena, la que hubo sido capital púnica de Iberia ya en el año 209 a. C., era Diócesis Primada de España y, si eso fue así es porque el resto de las diócesis reconocían aquí la primacía en tiempo e importancia. La primacía de la Cartaginense es algo tan conocido y fuera de toda duda que las principales enciclopedias lo recogen sin problemas.

Eso significa que por alguna razón la Diócesis de Cartagena era primada en su provincia, lo que refuerza la teoría de que esos primeros discípulos que formaron la Iglesia Paulina se afincasen en Carthago Nova, ya que ésta no sólo había sido capital de la España cartaginesa, sino que en ese momento de la historia era una de las cinco provincias romanas de Hispania, de ahí su atractivo para venir a ella. Por eso, es muy posible que desde la provincia Cartaginensis se extendiese la luz del Evangelio por toda la península (incluido, por supuesto, el territorio que hoy forma el municipio de Caravaca de la Cruz, pese a que todavía la Ciudad Santa no había sido fundada).

De ahí, que podamos concluir que el puerto de Carthago Nova fuese el punto más posible por el que desembarcasen los primeros cristianos. Conviene que nos remontemos a la creación de la provincia Cartaginensis porque su nacimiento supuso el reconocimiento de la importancia de la ciudad de Carthago Nova. Su capacidad de influencia en los vecinos era grande, tanto es así que el poeta latino Rufo Festo Avieno la describió en su «Ora Marítima» como «La más poderosa de todas las ciudades de la zona». Lo hizo sin titubear por los puertos, la laguna y las minas de plata que tenía. «En ella abundan las industrias de salazón y constituye el mayor emporio para los habitantes del interior, que vienen a buscar las mercancías llegadas a través del mar, y para los comerciantes extranjeros, que quieren adquirir productos locales», aseveró el poeta. 

A esta conclusión, nos llevan los escritos históricos, la historia de la patria (que no las leyendas, apariciones y revelaciones más que discutibles) a deducir que lo lógico y razonable es que, en aquel tiempo pagano en el que se perseguía el cristianismo, los discípulos de Pablo provenientes de Cartago (Túnez) decidieran recorrer el norte de África para desembarcar en Carthago Nova, una de las ciudades más relevantes de la península, a fin de permanecer a salvo e introducir la fe del evangelio, sembrar la semilla y germinarla para siempre.