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Estaba yo releyendo, una vez más, el "Platero y yo" de Juan Ramón Jiménez (una revista me ha pedido que escriba un artículo sobre lo que el poeta le  da de comer al burrito blanco como el algodón...¡hay gente patóóó!) cuando se me vino a la cabeza el "Pocero", o sea mi amigo y socio Francisco Hernando Contreras, a quien conocí en Villaviciosa de Odón durante los dos años que estuve dirigiendo el "ND", de la cadena de periódicos locales de la Comunidad de Madrid que había montado el sagaz empresario de Getafe ,José Catena, y luego, cuando ampliamos la cadena de "ND" ("Nuevo Diario") y sacamos el de Seseña, donde ya había desembarcado él y ya estaba enfrascado en su sueño gigante de construir una ciudad. O sea, que conocí a Paco en los mejores momentos de su vida de constructor... y más cuando un día me pidió que le escribiese sus "Memorias"...Pero, antes de seguir con este recuerdo, quiero transmitirle a sus hijos Paco, Audena, Mónica ("la niña de mis ojos") y Eduardo y naturalmente a su mujer Audena ("la primera de las tres Audenas de mi vida") desde esta ventana de "El Correo de España" mi dolor por su muerte. Es curioso que un hombre que era un roble, que lo había soportado todo, que se crecía en la adversidad., que no le tenía miedo a nada, viniera a morir, casi de la noche a la mañana, por un virus diminuto, aunque criminal, llegado allende los mares.

¿Y por qué se me ha venido a la cabeza hoy mi amigo y admirado Paco el Pocero, si la última vez que le vi fue hace ya 17 años? "El Pocero y yo". Pues, porque vi el tráiler de la serie que han hecho sobre Amancio Ortega, el dios de las Zaras, y de paso leí su biografía... y me di cuenta que era como una copia de la de Paco. Es increíble que hombres que salen de la nada (o incluso de la miseria) sean capaces de llegar, sin estudios ningunos, a la cumbre del éxito empresarial, económico y, por añadidura lógica, social... como increíble es que a este tipo de hombres se les critique y a veces hasta se les persiga, cuando lo que tenía que hacer España era rezar para que cada día del año aparecieran hombres como ellos. "Sí, yo ganaré dinero, mucho dinero  --me decía mi amigo Paco-- pero no se dan cuenta que yo estoy haciendo rico al Ayuntamiento con los impuestos y las tasas que le pago y que desde que yo llegué no sólo no hay paro sino que la población del pueblo casi se ha duplicado". Dejen a un Ortega o a un "Pocero" solos en el desierto y encontrarán agua y construirán ciudades y abrirán Zaras... mientras otros, todo hay que decirlo, llegan a Ministros, incluso a Presidentes, sin haber dado un palo al agua. "Si tú me autorizas a hacer un cementerio privado y moderno, tan moderno como ese americano donde enterraron al Kennedy, en esos terrenos que tienes baldíos y llenos de rastrojos, que un día te pueden quemar el pueblo, yo te hago otro, exactamente igual, gratis y para el pueblo". ¿Y qué? ¿Y no es mejor esto que sentarse a esperar la limosna de Europa?

Bueno, pues, hoy me van a permitir que saque de mi baúl uno de los capítulos de su biografía. que yo mismo le escribí: ("Francisco Hernando Contreras EL POCERO"):

 

LOS ORÍGENES

 

Nací el día 2 de junio de 1945 en Madrid, en la calle Cantueso de Tetuán de las Victorias. O sea, que soy y me siento madrileño de los pies a la cabeza.

 

Naturalmente entonces no lo supe, lo sabría después, que ese año 1945 fue decisivo en la Historia del Mundo. Porque fue cuando los americanos lanzaron las bombas atómicas sobre Japón y cuando terminó la 2ª Guerra Mundial. Ese mes de agosto tan sonado y tan trágico, yo tenía algo más de dos meses.

 

Y nací en el seno de una familia tremendamente humilde, que rozaba la pobreza absoluta. En mi casa "comer caliente", como se decía en la calle, era casi un milagro. La palabra "hambre" estaba al alcance de la mano y hasta en el aire que se respiraba. Mis padres (de los que hablaré más adelante) se mataban por sacar la casa adelante y trabajaban de sol a sol como verdaderos esclavos. De ahí el respeto y la admiración que he sentido siempre por el trabajo. Desde antes de saber lo que era la vida ya supe lo que era el trabajo y eso marcó a aquel niño para los restos. Yo nunca he sabido hacer otra cosa que trabajar y todavía hoy, cuando podría vivir sin hacerlo, y a mis 58 años si no trabajo me muero.

 

Por eso me siento rico y por eso tengo la memoria de mi padre en un altar. ¡Qué la mejor herencia que pudo dejarme fue este amor y esta pasión por el trabajo!... Ya, ya sé que muchos se reirán de esto que digo, pero allá ellos. A mí la vida me ha demostrado que donde hay trabajo y esfuerzo nunca habrá hambre ni miseria. Y esto es lo que les recuerdo cada día a mis propios hijos.

 

Sin embargo, y cuando trato de recordar lo que ha sido mi vida, las primeras imágenes que se me aparecen cerrando los ojos están ligadas a la Naturaleza. Porque en lo más hondo de mi baúl de los recuerdos aparecen un ratón, una paloma y un rosal. No tendría yo más de 3 años y lo recuerdo como si hubiese sucedido hoy o lo estuviera viviendo ahora.

 

Yo dormía en un colchón de paja sobre el suelo, con dos de mis hermanos, y la pared era de ladrillos de hueco doble, colocados uno encima del otro, sin cemento ni yeso (a eso, según aprendí enseguida, se le llama "enrajelado") y cada mañana al despertarme lo primero que veía era un ratoncito de color casi negro y ojos brillantes, que me miraba fijamente sin moverse desde uno de aquellos huecos del ladrillo. Los demás no, los demás entraban y salían como Pedro por su casa. Y yo me quedaba sin moverme mirándole frontalmente. Luego, de pronto, se daba la vuelta y se marchaba. ¡Fue mi primer amigo!

 

Luego recuerdo aquella paloma que cada atardecer llegaba volando y se posaba sobre la tapia del patio donde vivíamos. Siempre llegaba sola y sola se marchaba. Permanecía allí quieta, eso sí mirando para todos lados... y yo me quedaba como un bobo mirándola y mirándola y deseando cogerla entre mis manos. Nunca pude acercarme a ella, porque en cuanto yo me movía se echaba a volar. Desde entonces me gustan los pájaros y todo lo que vuela.

 

La tercera imagen, casi borrosa en el tiempo y en la memoria, es la de un rosal que había delante del cobertizo que mi padre había hecho de ladrillos. Porque el rosal, que mi madre cuidaba como si fuese otro hijo, un día me sorprendió tanto que hasta me hizo llorar. Yo siempre lo había visto verde y una mañana cuando me levanté y lo vi con unas manchas rojas me asusté, creí que era sangre. Entonces mi madre me explicó lo que eran las rosas y yo me enamoré de los rosales. Tanto es así que en mis pisos o en mis casa nunca ha faltado un rosal, al menos uno.

 

¡Son pequeños misterios del ser humano!

 

MIS ANTEPASADOS

 

Pero, llegados aquí no tengo más remedio que hablar de mis antepasados y, sobre todo, de mis padres. Porque yo estoy convencido de que los orígenes familiares son para el hombre como los cimientos de un edificio. Nadie nace de la nada y los genes que se transmiten de padres a hijos son fundamentales en el propio ser de las personas, no sólo en lo físico sino hasta en lo sicológico y espiritual. Es verdad que los adelantos de la Arquitectura han hecho que las casas puedan comenzarse por el tejado, sí, pero con los cimientos y las estructuras muy firmes y muy garantizados.

 

Los padres de mis padres, o sea mis abuelos, fueron por parte de mi padre, Guillermo Hernando Núñez y Dominica Sanz Peña, los dos nacidos en Segovia, y por parte de mi madre, Francisco Contreras Rodríguez, nacido en Madrid, y Salustina Fernández Bustarviejo, nacida en Rascafrías.

 

Mis padres, Pedro Hernando Sanz y Filomena Contreras Fernández, nacieron los dos en Madrid.

 

Fruto de ese matrimonio nacimos 5 hijos (todos varones): Pedro, Antonio, yo (Francisco), Nicolás-Guillermo y Carlos.

 

Lo que quiere decir, como ven, que somos una familia eminentemente castellana y madrileña.

 

MIS HERMANOS

 

MI HERMANO PEDRO

 

Tengo que decir que ha sido mi segundo padre, que de él he aprendido todo lo que sé de mi profesión, pues me ha tratado siempre muy duro, de lo cual hoy estoy muy agradecido ya que me hizo un hombre.

 

Como hermano siempre he estado muy unido a él, nos hemos llevado muy bien y siempre hemos podido contar con lo que ha tenido el uno y el otro.

 

Yo algunas veces le regaño porque tiene unas ideas muy antiguas, no ha sabido modernizarse en nuestra profesión, y ha cogido un oficio que a mi nunca me ha parecido bien, pero él es feliz le gusta y disfruta con ella. Yo siempre le he apoyado en sus decisiones y lo seguiré haciendo hasta que uno de los dos faltemos.

 

También, lo mucho o poco que soy lo hago para que él se sienta orgulloso de su hermano, como yo sé que se siente, pues al faltarnos nuestro padre, como he dicho antes, para mí es como si fuera mi padre y lo hago en honor suyo.

 

MI HERMANO ANTONIO

 

Tengo que decir lo mismo, que es un gran hermano, él no tiene empresa porque es un hombre que vive muy feliz como está, ya está jubilado y está muy tranquilo. Invierte el dinero en las promociones que yo hago y vive muy bien sin problemas. Me meto mucho con él porque le llamo "el bajito", pero yo lo quiero mucho. Pues somos cinco hermanos y nos hemos llevado muy bien todos.

 

MI HERMANO GUILLERMO

 

De mi hermano Guillermo tengo que decir que es el mejor de todos, aunque le llamamos "el curita", pero es muy buen hermano, al punto de que cuando él me ve enfadado se le saltan hasta las lágrimas. Tiene una gran empresa de fontanería y calefacción que nos hacen las obras, y a pesar de que está pachucho es un trabajador nato y un gran profesional en lo suyo, pues tiene muy buenas manos para trabajar, aunque lógicamente ahora ya tiene personal que lo haga.

 

MI HERMANO CARLOS

 

Por último mi hermano Carlos, tengo que decir también que es un gran hermano y tiene mucho respeto hacia mi y mucho cariño, pues yo sé que me quiere mucho.

 

MIS PADRES

 

Mi padre era, fue, porque ya murió, un tío impresionante. En lo físico era fuerte como un roble, musculoso, de tez morena y rasgos faciales angulosos, tenía unas manos enormes y yo nunca lo vi gordo. Era un castellano de pura cepa y poco dado a las chirigotas. Hablaba poco, pero cuando lo hacía sus palabras más parecían un mazazo de esos que dan los jueces para fijar sentencia y su mirada era directa y a los ojos de la persona con que hablase. Para nosotros, para mis hermanos y para mí, aquellas miradas silenciosas eran mucho más que una orden.

 

Moralmente era aún más fuerte. Mi padre sabía mejor que nadie lo que era justo e injusto, qué estaba bien y qué mal. El norte de su vida fue la familia, hacia arriba sus padres y hermanos, hacia abajo su mujer y sus hijos. Nunca le hizo daño a nadie y por eso tenía amigos por todas partes. No era muy religioso, si por religioso sólo se entiende entrar y salir de las iglesias, pero él tenía su Dios particular. Nunca fue mujeriego y bebía lo que bebe un hombre normal. Fumaba poco.

 

De política no hablaba. Según él había visto y vivido tantas cosas durante la guerra que ya no quería saber nada ni de estos ni de aquellos. Aunque, naturalmente, él estaba con los suyos y los suyos eran los obreros, los necesitados y los de abajo. Alguna vez le oí quejarse de lo que estaba pasando en España, pero con moderación. Nunca tuvo problemas con la Justicia.

 

Pero, en lo que más destacaba era en lo profesional, porque jamás aceptó ser uno más. Mi padre era pocero, que es uno de los oficios más duros que existen (pocero es el que trabaja en la construcción de pozos o depósitos de inmundicias, y desatrancos en general). no era un pocero cualquiera. Mi padre se ganó a pulso la fama de ser el mejor pocero de Madrid, ¿y saben por qué?, porque era el enemigo de la chapuza y ponía el alma en rematar la obra casi a la perfección.

 

Un día, que vio que yo hacía mal algo que mi madre me había mandado, me sentó delante de él y me dijo estas palabras que llevo grabadas en el alma:

 

- Mira, muchacho, he visto lo que has hecho a tu madre y te voy a decir algo para que no lo olvides nunca. Yo no sé lo que te deparará la vida, ni la profesión que vayas a tener, pero hagas lo que hagas, por insignificante que sea, procura y lucha por hacerlo bien. La obra bien hecha es la mejor firma que puede tener un trabajador.

 

¡Yo tenía siete años y medio y recuerdo una a una aquellas palabras! ¡Y su mirada y el tono en el que me las dijo!

 

Y en eso era implacable. Jamás soportó a los vagos ni a los chapuzas y siempre fue por delante de todos dando ejemplo.

 

Sin embargo, y pasados unos años, mi padre y yo llegamos a no entendernos... pero, de esto les hablaré en su momento.

 

Mi madre (que afortunadamente vive y vive conmigo, con mi mujer y con mis hijos) era por entonces, bueno y lo sigue siendo, una mujer muy especial. A primera vista parecía ser una mujer débil y sometida totalmente a mi padre, pero en silencio y sin pregones mi madre era la más fuerte de todos y el verdadero sostén de la familia. Nunca llevaba la voz cantante y se callaba muchas cosas y en muchas ocasiones, pero mi padre y toda mi familia, incluyendo a mis tíos, no tomaban una decisión sin saber su opinión y mucho menos contra ella. Mi madre, como mi padre, era castellana hasta la médula, de esa Castilla que ora y trabaja calllada y sufre y aguanta más que nadie, la Castilla profunda de Santa Teresa...

 

Por aquellos años era incansable. Tenía que atender a un marido y cinco hijos, tenía que hacerse la casa (si aquel cobertizo podía llamarse casa), tenía que cocinarlo que fuese (o sea, administrar el hambre y la escasez) y además, y encima, tenía que trabajar fuera para aportar algún dinero y combatir la miseria. ¡Mi madre era, fue y será mientras viva mi gran debilidad!... quizás también porque yo fui siempre su debilidad. Ella solía decirlo a los mayores de la gran familia:

 

-Yo quiero a todos mis hijos como una loba y por igual, pero mi Paquito me "engatusa" más que los demás. Este chico tiene algo que no tienen sus hermanos, es el más espabilado y el más rápido en coger las cosas y el más decidido.

 

-¡Y el más revoltoso y travieso! -le decían.

 

-Sí, sí, eso es verdad, pero es noble y sólo tiene ocho años. Paquito no tiene dobleces y dice siempre lo que piensa. Y además es el que más me ayuda en todo.

 

Lo siento. Yo sé que para todos, para cualquier hijo de bien, la madre, sus madres, son lo más grande del mundo. Pero, en mi caso, y cada uno conoce su caso mejor que nadie, tengo que decir y digo que mi madre se merece un monumento.

 

¡Y si por algo tengo que darle gracias a la vida y a Dios es por haberme permitido devolverle en vida todo lo que ella me dio en aquellos años de hambre y miseria!