Hoy es 2 de marzo y se conmemora un aniversario más del nacimiento de Eugenio Maria Pacelli en Roma, el año 1876. No eran tiempos muy amables para la Iglesia y para el mundo. El Papado, despojado del poder temporal, se hallaba aherrojado por la nueva autoridad política de Italia (cuya política anticlerical había desamortizado los bienes de la Iglesia) y el papa Pío IX era “el prisionero del Vaticano”. La invasión garibaldina de Roma había interrumpido indefinidamente el Concilio Vaticano I. Francia, derrotada y humillada en Sedán, abandonaba definitivamente la forma monárquica y veía nacer una vacilante e inestable Tercera República, que desembocaría en el jacobinismo y el anticatolicismo. Bismarck, por su parte, había logrado unificar Alemania bajo la Prusia militarista y protestante y había emprendido su Kulturkampf, una auténtica persecución contra la Iglesia y los católicos. El Imperio Austrohúngaro, como consecuencia de la ascensión alemana, dejaba de ser el eje de los pueblos alemanes y debía enfrentarse a los nacionalismos identitarios emergentes. España salía de un largo período de desórdenes políticos mediante la restauración de la monarquía, pero se hallaba aún dividida y empezaba a ser campo propicio para el anarquismo. Rusia promovía una política paneslavista que contribuía a la inestabilidad de regiones sensibles como los Balcanes. Únicamente la Gran Bretaña y los Estados Unidos podían ufanarse de una razonable estabilidad y progreso. Además, en ambos países la Iglesia hacía notables progresos (que llevaron a la restauración de la jerarquía católica en Inglaterra y Gales y el establecimiento de la americana). Las naciones hispanoamericanas, después de un largo período de inestabilidad política, comenzaban a consolidar su independencia y retomaban la normalidad de relaciones con Roma, interrumpida con la emancipación de España y el fin del Regio Patronato.

En el terreno económico, las sucesivas revoluciones industriales y el nuevo predominio del capitalismo habían multiplicado la producción y acelerado el progreso material, pero habían creado también un extenso y depauperado proletariado urbano, en el que hacían presa las ideologías más subversivas, debido a las flagrantes injusticias sociales. En 1864 se había fundado el primer movimiento comunista internacional. También aparecía el fenómeno anarquista, que prendió especialmente en Rusia y en España a través del nihilismo, su versión extremista y terrorista. Ésta es la época en la que empiezan los magnicidios y atentados que herirán a Europa en sus cabezas dirigentes. En contrapartida, también es el tiempo en el que se organiza el catolicismo social, que tuvo entre sus mayores exponentes a Monseñor von Ketteler, obispo de Maguncia, Frédécic Ozanam (y sus Conferencias de San Vicente de Paúl) y Albert de Mun, entre otros. En el plano religioso se vivía en la efervescencia de las controversias teológicas en torno a la conciliación del dogma con la cultura liberal dominante (presagio de la crisis modernista del siglo XX), puesta en entredicho por la encíclica Quanta cura y el Syllabus del beato Pío IX (ambos documentos de 1864). El Concilio Vaticano I había sido testigo de la resistencia de algunos sectores a la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia. Las relaciones de Roma con las Iglesias de Oriente y las misiones católicas (que empezaban a experimentar un gran desarrollo paralelamente a la gran expansión colonial europea) constituían por esta época fuente de satisfacción en medio de los sinsabores de los vaivenes políticos y sociales. En este contexto histórico nació el futuro Pío XII hace ahora exactamente ciento treinta y cinco años.

Como homenaje a esta efeméride, hemos querido ofrecer a nuestros amables lectores una preciosa pieza oratoria debida nada menos que a la inspiración de alguien que vivió cerca del Pastor Angelicus durante más de veinte años, quince de ellos como substituto de la Secretaría de Estado para los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios: Pablo VI. Al cumplirse el primer centenario del nacimiento del papa Pacelli en 1976 quiso rendirle homenaje y pronunció una homilía en la cual no se sabe si admirar más el estilo ciceroniano (de impecable periodificación) o la inocultable y profunda admiración por el personaje. Ya hemos dicho en otras ocasiones que el papa Montini es uno de los grandes valedores de Pío XII. De hecho, aprendió a ser papa a su lado y, cuando la maledicencia se ensañó con su memoria, saltó en su inmediata y apasionada defensa, no ahorrando, ya sobre la cátedra de Pedro, ocasión para demostrar su devoción hacia aquel a quien consideraba su mentor. Hemos querido publicar el magnífico panegírico de Pablo VI en memoria de Eugenio Pacelli, a quien conmemoramos con la rendida devoción de siempre, actualmente, gracias a Benedicto XVI, honrado con el título de Venerable.

CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE PIO XII

Homilía de Pablo VI

Domingo 7 de marzo de 1976

Nuestro espíritu, atento al anuncio evangélico de San Marcos (Marc. I, 12-15), propuesto por la liturgia de hoy en esta primera domínica de Cuaresma a nuestra meditación, tiene ante sí dos cuadros de gran interés: el primero es el árido, deshabitado y desolado del desierto, quizás el de la montaña vecina al Mar Muerto, pétrea y arenosa, donde la mísera soledad pone a quien en ella se aventura casi en obligado contacto interior con sí mismo, mientras lo expone a algún traicionero encuentro con las bestias silvestres del lugar, abrasado por el sol inmisericorde y barrido por inclemente viento. Allí Jesús, impulsado por el Espíritu Santo después del bautismo penitencial, que él quiso también recibir de Juan el Precursor, se retiró, permaneciendo cuarenta días en ayuno sobrehumano, como (Ex. XXXIV, 28; cfr. III Reg. XIX, 8); después, al final, extenuado por la languidez y el hambre, sostuvo la triple lucha misteriosa con el diablo –Satanás lo llaman los ebangelistas Mateo y Marco (Matth. IV, 10; Marc. I, 13) – y, tras vencerlo, fue servido por los ángeles. Cuadro difícil de interpretar literalmente, pero muy apropiado como introducción típica a la misión mesiánica que Jesús estaba por iniciar (Cfr. F. Dostoievskij: Los hermanos Karamazov).

A continuación San Marcos ofrece otro cuadro a nuestra mirada, posterior al arresto de Juan, que desaparece de la escena del Jordán. Jesús remonta la Galilea y ahí comienza su predicación, llamada “del Evangelio del Reino de Dios” (Marc. I, 14) y que se abre con un anuncio fatídico: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio» (ibid. 14-15). Todos nosotros, fieles a la escuela de la liturgia, tendremos ante nuestro ánimo este doble cuadro, como si fuese hoy el escenario de fondo que ofrece un ambiente ideal y en un cierto sentido aporta luz para otro personaje, que, como viniendo de aquel ambiente evangélico, viene hacia nosotros (muchos de los cuales lo conocimos personalmente) y, a cien años de su nacimiento histórico, se nos presenta, y, reflejando en sí mismo la soledad de Cristo ermitaño en el desierto y también el ministerio de Cristo evangelizador, nos tiende todavía hierática y paternalmente sus dulces manos en signo de benevolencia y de bendición: el papa Pío XII. En él campea el Cristo secreto del desierto y destaca el Cristo profético del Evangelio. No es nuestra intención trazar ahora su historia o su panegírico; nos basta aquí evocar su memoria, de forma lacónica pero posiblemente completa, como una de aquellas semblanzas de los Papas en el famoso Liber Pontificalis.

Debemos fijar la fecha del nacimiento: tuvo éste lugar el 2 de marzo de 1876. Era el tercer hijo de Filippo Pacelli, noble patricio de Acquapendente, cuya familia se había trasladado a Roma y que adquirió renombre por su irreprochable carrera jurídica y por los cargos públicos a los que fue llamado al servicio de la Ciudad, no ciertamente floreciente de prosperidad temporal, pero siempre en el vértice de los acontecimientos históricos que conmovieron Europa y agitaron Italia, llegada ya a la difícil y anhelada meta de su unidad nacional.

El nombre escogido fue el de Eugenio, al cual se añadieron los de María, José y Juan, siéndole administrado el bautismo al neonato en la iglesia de los Santos Celso y Juliano. La pila bautismal se conserva actualmente en San Pancracio, en la iglesia de los Carmelitas Descalzos en el Janículo. No olvidemos un digno recuerdo a la venerada madre de Eugenio, Virginia Graziosi, recordada por tan gran hijo con siempre conmovido afecto.

En el centro noble y popular de la Roma histórica, en la Via Monte Giordano 34, estaba la morada de la familia Pacelli; y aquí es de notar una obvia pero ya singular circunstancia: Pio XII fue papa romano, no sólo por el apostólico oficio a él conferido, sino por nacimiento, cosa que no ocurría desde hacía largo tiempo (hay que remontarse hasta el papa Inocencio XIII, Michelangelo dei Conti, que reinó entre 1721 y 1724, para recordar un hecho análogo. Por nacimiento, por tradición, por corazón, como para testimoniar cómo esta Urbe de las mil vidas posee una que le pertenece por sangre y por historia y se mantiene siempre fiel a su única y secular vocación espiritual: «presidir en la caridad» (San Ignacio de Antioquía: Ad Romanos, prologus). ¡Quiera Dios!

Eugenio Pacelli estudió en la escuela clásica del liceo Ennio Quirino Visconti, instalado en el vetusto Colegio Romano, del cual conservó siempre fidelísimo y afectuoso recuerdo. Después vinieron el Capranica, la Gregoriana, San Apolinar y en fin la Misa, celebrada por primera vez en Santa María la Mayor. Siguió su enrolamiento en la Sagrada Congregación para los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, bajo los auspicios de Monseñor Cavagnis, donde acabó entrando al servicio de Monseñor Gasparri, bajo cuya dirección el joven Pacelli trabajó durante catorce años, con la diligencia y la inteligencia que eran en él habituales, en aquella compilación de sumo valor que es el Codex Iuris Canonici, ahora, tras el Concilio, en vías de revisión, pero síntesis monumental y sabia de la inmensa literatura del Derecho de la Iglesia.

El Pacelli, legislador en la Iglesia, nos obliga a recordar su obra, como nuncio apostólico, para la legislación fuera de la Iglesia, es decir en relación a los contactos de la Iglesia con los Estados modernos, obra que con delicadísimo estudio (en parte personal), logró fijar relaciones normales y leales con Alemania a través de tres concordatos, los cuales ni siquiera la guerra y los cambios que la siguieron consiguieron subvertir, sino más bien confirmaron como estructuras pacíficas y corroboradoras de los intereses espirituales y civiles de las altas partes contrayentes, que, con la mutua satisfacción de éstas, vigentes aún substancialmente, demuestran su beneficiosa eficacia.

Más tarde encontramos a Pacelli en Roma, como secretario de Estado en los últimos nueve años del pontificiado de Pío XI, el cual tuvo por él una grandísima estima, retribuida por un fidelísimo servicio. Sería una página de historia psicológica de gran interés la que pudiera describir y descifrar adecuadamente las características particulares tan, tan diferentes de estas dos grandes personalidades, que sólo la práctica más compenetrada y consciente de las virtudes eclesiásticas fue capaz de fundir en una constante, complementaria y ejemplar armonía.

Nos tuvimos entonces la inestimable fortuna de prestar, como substituto de la Secretaría de Estado, nuestros modestísimos, pero casi diarios servicios a los dos grandes y virtuosos pontífices. Por lo que respecta a los quince largos años de nuestro humilde trato con el papa Pío XII, podemos dar nuestro admirado testimonio de su cultura, de su asiduidad al trabajo, de su compasión por los sufrimientos ajenos, de su alma pastoral y apostólica.

Nos es imposible decirlo todo, incluso sintéticamente. Dos puntos, sin embargo, parecen merecer de Nos, también en esta ocasión, una mención especial. El primero se refiere a su actitud frente a la Segunda Guerra Mundial. Se dice mucho sobre él a este respecto y no siempre en conformidad con la verdad, abundando falsamente sobre la señorial timidez de su carácter o la parcialidad de sus simpatías a favor de este o aquel pueblo. No es éste el modo en que se ha de juzgar a este magnánimo pontífice, finísimo sí en su humana y cristiana sensibilidad, pero siempre sabio y recto. Nos podemos añadir, que, por supuesto, siempre fue enérgico y equitativo, con perfecto dominio de sus sentimientos e intrépido asertor de la justicia, todo él tendiente al sacrificio de sí mismo, al socorro de los sufrimientos humanos, al valiente servicio de la paz.

El otro punto tiene que ver con su religiosidad. Algo dijimos Nos en otra ocasión, en Milán, y ahora lo reafirmamos, repitiendo aquí las palabras que el Liber Pontificalis, reserva al elogio del papa Eugenio I y que parecen escritas para este sucesor suyo que fue Eugenio Pacelli: “Eugenius, natione romanus, / clericus ab incunabulis ... / Fuit ... benignus, mitis, mansuetus, omnibus / affabilis et sanctitate praeclarior” (Cfr. Duchesne: Liber Pontificalis, 1, 341 ss., a. 654-657).

Tiembla nuestra voz, palpita nuestro corazón dirigiendo a la venerada y paternal memoria de Eugenio Pacelli, papa Pío XII, en afectuoso encomio de un humilde hijo, el devoto homenaje de un pobre sucesor.

Recordad vosotros, romanos, a este vuestro insigne y noble pontífice; recuérdelo la Iglesia, recuérdelo el mundo, recuérdelo la Historia. Bien digno es de nuestra piadosa, agradecida y admirada memoria.