Appetitus inordinatus vindictae

 

No recuerdo dónde y cuándo oí esta historia, pero tal y como viene a mi memoria, y de la mejor manera que me sea posible, os la relataré. El tiempo y el lugar de la narración poco importa pues como en todas las historias la naturaleza humana, independientemente del escenario y del momento, poco cambia. Solamente nos es suficiente saber que en quien recae la acción de lo que en adelante sigue jamás se dio muestra alguna de ofuscación o contumelia, y que su comportamiento siempre se ciñó a lo que pudiéramos entender como normal. Entre quienes le conocían era sabido que esto era una cualidad que le definía, y por ello le tenían por hombre sensato. Su vida transcurría tranquila y plácidamente, sin grandes sobresaltos, y hasta cierto punto monótona. De su casa al trabajo, del trabajo a casa, poco más.

 

En el instante en que empezaba a despertar del que era su día de descanso sonó el teléfono, y del auricular brotó la voz de su sobrina que, sollozando, apenas emitía palabra inteligible alguna. A duras penas pudo conminarle a que se tranquilizase y que entendiera que debía esperar a que él llegase a casa para hablarlo todo. Vistiose con lo primero que vio en el armario, rápidamente, y salió precipitado en su coche hacia el lugar donde ella residía. En aquellas circunstancias no tuvo la paciencia suficiente para esperar a que llegase el ascensor hasta el vestíbulo, subiendo por la escalera los tres pisos con toda la celeridad que sus piernas le permitieron. Un largo y angustioso minuto, que a él le pareció eterno, hubo de aguardar hasta que Helena terminó por abrirle la puerta. Se la encontró con la expresión desencajada, aún temblorosa, con los ojos y pómulos hinchados de mucho llorar. Con las palabras entrecortadas le pudo terminar explicando cómo había sido violada por quien vivía en el cuarto piso de su mismo edificio, que hacía tiempo que le pretendía, y que tras sus constantes negativas él había reaccionado de aquella manera.

Tranquilizándole como pudo, casi por la fuerza, obligándole a ingerir una infusión hecha por él mismo, le ordenó quedarse encerrada en casa a espera de su vuelta que no demoraría más allá de tres cuartos de hora. Salió de allí apercibiéndole que apagase las luces, cerrase con la cadena la puerta y que no hablara con nadie hasta su regreso, dirigiéndose a su casa en busca de un viejo revolver que guardaba. Lo cogió, revisó su buen estado, y lo envolvió en una sucia camiseta. Camino de donde vivía su sobrina, en su coche a toda velocidad, cavilaba el alcance de su propósito que no era otro que dar muerte a quien había ultrajado de aquella manera al único familiar al que apreciaba. Sentíase fuera de sí, sin poderse explicar cómo era posible que existieran personas capaces de llevar a cabo tales actos. Aparcó el vehículo precipitadamente, y subiendo hasta el piso indicado, llamó al timbre. Al serle abierta la puerta, sin intercambiar una sola palabra, descargó sobre la persona las seis balas del tambor de su arma. Carente de remordimiento alguno, empujó con el pie el cadáver hacia dentro para poder cerrar la puerta y salir de allí cerciorándose que nadie le hubiera visto. Bajó hasta el apartamento de Helena aturdido y lleno de ira, con el corazón tan acelerado que pareciese que iba a salírsele del pecho.

Al intentar entrar con la llave que ella le había dado, comprobó extrañado que no era la que correspondía a ese piso. Al instante salió su sobrina, quien impecablemente vestida y con la cara recién lavada le dijo con expresión de sorpresa: “Hola tío, cuánto hacía que no venías a verme! ¿Qué te trae por aquí?”