Recordaré siempre a mi primer Redactor-Jefe en el "Arriba", Rufo Gamazo, porque, además de lo que aprendí a su lado, gracias a él pude comer más de un día "a lo grande", cuando a diario tenía que ajustar los precios de la carta a las pesetas que llevaba en el bolsillo.
                      -- Merino, ten, vete a esa rueda de prensa --me decía-- que esos suelen dar bien de comer.
                        Y yo, naturalmente, cogía mi tarjetón y allá que me iba con mi trajecito y mi corbata...¡Que tiempos, Dios¡ corría el año 1962 y yo era "un muerto de hambre" que estudiaba periodismo... y se paseaba por la calle ancha de San Bernardo viendo escaparates de ultramarinos: ¡qué chorizos!, ¡qué salchichones!, ¡qué jamones!...y lo que decía la pobre gitana de mi pueblo, cuando los años del hambre, ante los jamones que vendían "Los Chancitas": ¡Ay, mi madre, y tener que morirse sin probate! .
                Bueno, pues aquel día los de la rueda de prensa --como lo había intuído mi Jefe-- se superaron y nos sorprendieron (a los seis periodistas que acudimos a la cita, algunos veteranos que ya se conocían el paño) con una mariscada de cigalas ¡sólo cigalas! (al parecer otras veces sorprendían con una "jamonada" y cosas así...) y yo me quedé alelado, pues, aunque no se lo crean (tampoco se creerán que yo vi por primera vez el mar a los 25 años) nunca había visto una cigala, ni por supuesto cómo o qué se comía de aquellos bichos que me habían puesto delante en un plato-fuente. No se rían... también yo me rio ahora, pero les aseguro que aquel día lo pasé mal.
               Claro que aquellos señores, los que pusieron las cigalas (¡¡enormes, por cierto!!), sabían lo que se hacían, ya que la rueda de prensa la habían convocado para informar a la prensa del hundimiento que se había producido el día anterior en unas casas que estaban construyendo en San Cristobal de los Ángeles, en el que habían muerto dos obreros... y lo que buscaban era que los periodistas no fueran demasiado duros con ellos. O sea, que con las cigalas querían comprar el silencio. Lo cual no era raro en aquellos tiempos (ni en estos), porque los poderosos (económicos o políticos) siempre han intentado comprar el silencio o el aplauso. Ya saben lo del conde de Romanones, que pagaba por líneas de aplauso que le dedicaran o incluso hasta por adjetivos. ¡Mi primera cigala! ¡58 años!.