Las últimas palabras de  Gabriel García Moreno, mientras caía mortalmente herido por lo hachazos y las balas de los agentes de la Sinagoga de Satanás, fueron las de esta esta frase inmortal: “¡DIOS NO MUERE!”. Era la respuesta del Presidente del Ecuador a sus asesinos. Y ningún día mejor para recordarlas que hoy, Viernes Santo,  aniversario de la muerte de nuestro Salvador, segunda Persona de la Santísima Trinidad,  encarnada en Jesús para poder redimirnos.

Tal día como hoy, en el Calvario, en las afueras de Jerusalén, Jesucristo  muere  crucificado, pero solo  muere como Hombre-Dios. Es día de recogimiento absoluto para meditar  en la piedra angular de nuestra salvación,  y entender la consecuencia   de ese sacrificio supremo del nuestro Redentor.   La Santísima Trinidad nos midió con la vara del amor   y nos redimió del pecado original y de  los pecados personales. Por eso, hoy, es  el día de la gratitud infinita del hombre para con Dios.  .

Pero no voy a tocar ese tema, me preocupa reparar un descuido que no logro entender. ¿Cómo es posible que la Jerarquía católica ecuatoriana tenga arrinconada la causa de beatificación del “Mártir de la Masonería”,   habida cuenta que en vida --y mucho más después de su asesinato—contó  siempre con la estima y gratitud de los papas Pío IX y León XIII que lo  vieron siempre como un mártir de la Fe.

Como Franco, García Moreno había cogido una nación en ruinas y la había convertido en el país más adelantada de Hispanoamérica. Esto se explica sabiendo que D. Gabriel era un portento de inteligencia,  a la altura de sabios como Humboldt,  a quien acompañó en sus investigaciones por los cráteres volcánicos, o que deslumbró cuando estudió en Paris,  

Pero las Logias lo tenían señalado por su Fe activa y eficaz que había proclamado al Ecuador como la “República del Sagrado Corazón” y la Masonería mundial –como agente principal de la Sinagoga de Satanás—lo  había condenado a muerte.

 Es aleccionador recordar que en el inicio del verano de 1875 ya habían dado la noticia del asesinato de García Moreno. Les habían traicionado las “comunicaciones” En aquellos años las noticias del Ecuador necesitaban un mes para llegar a Europa y no pudieron enterarse de que “aún no se había cumplido la sentencia masónica”. Tan seguros estaban  de haberse realizado el asesinato que no dudaron en dar la noticia en la fecha prevista. Pero al asesino le había faltado tiempo y agallas (en la mañana de ese mismo día, había estado a solas con D. Gabriel por un tema de la sillita de montar  de su hijito y le había faltado valor para  matarlo… ¡tanto imponía su figura!). Cumpliría la orden, finalmente,  el 6 de agosto de 1875, cuando volvía de la iglesia,  sin escolta y según su rutina. Era conocida su sentencia: “El asesino es cobarde…” (Otra no menos ilustrativa: la respuesta a quien quiso adjudicarle la defensa de un criminal: “Recuerde que para mí sería más fácil matar que defender a un asesino”)

He querido tocar  hoy el tema porque, cuando hay intelectuales que hablan de “la muerte de Dios”, elevar a los altares a quien muere asesinado por defender la fe y  con “¡Dios no muere!” como últimas palabras, es un santo a imitar,  con derechos innegables a estudiar su beatificación. Cuando yo hacía la tesis de grado sobre “García Moreno, civilista” mi mejor proveedor de libros fue el "Procurador de su causa de beatificación", el jesuita Severo Gómez Jurado; pregunto: ¿quién frenó esa “causa”?

Ningún día mejor que el Viernes Santo para recordarnos la inmensa estupidez de quienes hablan –y dicen creer—en la muerte de Dios. Y es un día ideal para recordar la cobardía de quienes rigen los destinos de la Iglesia y tienen parada la causa de beatificación de un “mártir indudable” por su Fe en Cristo y sus obras en la extensión del Reinado del Sagrado Corazón. El odio de la Sinagoga de Satanás contra Franco nos recuerda esa misma inquina contra otro político católico cuya obsesión era gobernar conforme a la Ley de Dios y de su Iglesia. Satanás no puede soportar a esos políticos y, cuando puede y Dios le deja, los elimina. Franco demostró que hasta en cuidar su seguridad fue listo.

García Moreno pudo ser asesinado porque iba sin escolta y circulaba por  Quito  como cualquier ciudadano y era de costumbres rutinarias conocidas, como ir cada día a misa a la iglesia que tenía cerca de su despacho.

Varios años antes de  1975 centenario de su martirio recordé, con tiempo, la necesidad de celebrarlo. ¡Nadie me hizo caso! A la Iglesia “oficial”  le preocupaban otras cosas más “democráticas” que la lucha contra la masonería y la exaltación de los mártires de la misma.  2021, podría haber sido otro año para la exaltación de ese Gran Mártir de la Fe, --por cumplirse el bicentenario de su nacimiento--, y yo empecé a recordarlo en mis escritos hace ya varios años con tiempo y con el mismo resultado del Centenario de su muerte… Ni en el Ecuador, ni en Roma, ni en España –que yo sepa—ningún obispo ni historiador católico—se ha dignado recordar al único presidente que protestó por la invasión de los Estados Pontificios en 1860, e hizo del Ecuador una nación consagrada al Sagrado Corazón.