El turista que pasea por la Barcelona del Barrio Gótico tiene la obligación de visitar la Plaza del Rey. Un espacio que en los últimos 100 años ha cambiado su fisonomía. Ha desaparecido una fuente y se han eliminado una serie de construcciones urbanísticas que delimitaban la zona y le hacían perder su carácter gótico. Otra cosa que desapareció es una columna romana. Esta fue desmontada y trasladada a la calle Paradis 10 -sede del Centro Excursionista de Cataluña- y se añadió a tres ya existentes. Este conjunto se conoce como las columnas de Augusto.

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Adjunto a la capilla de Santa Ágata. En una de las esquinas de la Plaza del Rey, en la parte baja de esta, se encontraba la casa del verdugo de Barcelona. Antes de adentrarnos en este edificio, vamos a hacer un poco de historia. 

Al lado de esta casa había un bloque de edificios. Estos, como puede verse en la foto, fueron derivados a mediados de la década de los veinte del siglo XX.

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La causalidad quiso que, debajo del subsuelo, se encontraran las ruinas de la primitiva Barcino romana. Aquellas casas se derrumbaron porque ahí se trasladó, piedra a piedra, la Casa Padellás. Este era un edificio originalmente construido en la calle Mercaders y que hubiera desaparecido al construir la Vía Layetana. Esto ocurrió en el año 1931 y el edificio ocuparía el solar de la calle Veguer con la Plaza del Rey.

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En la Plaza del Rey se encontraba -y todavía están en pie, el Palacio del Lugarteniente -que durante años conservó el Archivo de la Corona de Aragón-, el Salón del Tinell, el Mirador del rey Martí y la Capilla de Santa Ágata. Al final de esta capilla se levantó una casa muy sencilla. El destino quiso que se salvara y se integrara dentro de la Casa Padellás. Hoy en día todo este conjunto arquitectónico forma parte del Museo de Historia de Barcelona.

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¿Quién vivía en esta casa? El verdugo de Barcelona. Esta figura fue una de las más odiadas en la historia de la ciudad. Nadie quería tenerlo como vecino. Nadie quería relacionarse con él. Era un apestado por ese oficio que pasaba de padres a hijos y que nadie estaba dispuesto a realizarlo. En su día el Consell de Cent -la institución de autogobierno municipal de la ciudad de Barcelona- quiso solventar el problema. ¿Qué hizo? Hizo construir esta vivienda en la Plaza del Rey. En su momento se decía que era la más pequeña de Barcelona. Además, el lugar de la casa era el adecuado. Normalmente se ejecutaba a la gente en esta plaza. Con lo cual, el verdugo no tenía que desplazarse mucho. Salía de su casa, ejecutaba al reo y volvía a ella. Con lo cual no tenía que convivir con la gente de Barcelona.

Sin embargo, hay una historia relacionada con el oficio de verdugo y una tradición familiar que uno de ellos no quiso seguir, aunque el destino siempre acaba ganando a la voluntad humana…

 

El Maestro Diego era un personaje muy conocido en la Barcelona de comienzos del siglo XIX. En una ciudad amurallada, los trabajos se heredaban de padres a hijos. Esto es lo que le sucedió al Maestro Diego. En la antigua iglesia de la Virgen del Carmen, -hoy en día sólo se conserva el arco de entrada en Sant Adrià del Besós, gracias a Julio Parellada que lo compró y lo levantó en uno de sus terrenos, cerca de la Ronda Litoral- y que estaba situada en la calle que lleva el su nombre, cada día quemaban velas ante la imagen de la Virgen del Carmen. Cada día velas nuevas. Cada día el mismo ritual llevado a cabo por un carmelita descalzo. Velas para calmar una pena, para suplicar el perdón y para pedir que las almas del purgatorio, cuando se presentaran ante Dios, fueran perdonadas.

 

Hagamos un punto y aparte para hablar del abogado Julio María Parellada. Este personaje de finales del siglo XIX vivía en la calle Canuda de Barcelona, donde hoy se levanta el edifico del Ateneo Barcelonés. Habitualmente iba a comer al Café Suizo, situado en la Rambla número 31. Siempre tenía una mesa reservada. Era muy sibarita. Un día le comentó a Jaume Carabellido, el camarero, que quería un arroz Parellada. Consistía en una paella mixta, pero con la característica de tener los mariscos mondados y las carnes deshuesadas.

 

¿Quién era el Maestro Diego? El verdugo de Barcelona. En el siglo XIX, y en los anteriores, el oficio de verdugo era hereditario. El ejecutor de la justicia humana lo era porque lo había sido su abuelo y su padre. La persona, nada más nacer, tenía marcada su existencia laboral. El Maestro Diego era hijo único. Por lo tanto, estaba condenado a seguir los pasos del padre. Éste, cuando tuvo uso de razón, se horrorizó. Se estremeció al contemplar su linaje y el triste porvenir que le ofrecía por razón de su nacimiento.

 

El Maestro Diego, que era incapaz de matar un pájaro, después de la muerte del padre, debería conducir a la horca a un ser humano, estrangularlo, subiendo sobre sus hombros, y rematar a golpes de tacón a la víctima palpitante en las últimas convulsiones de su agonía.

 

Siempre, después de ver al padre ejecutar a una persona, decía: «Yo nunca lo haré». Y dicho y hecho. Una mañana se fue de Barcelona.

 

Los años pasaron y nadie se preocupó por el Maestro Diego, pues el padre aún vivía. En la Universidad de Medicina de Montpellier un joven finalizaba la carrera. Allí había obtenido reconocimientos, tanto por sus cualidades morales como físicas, lejos del destino que le esperaba en Barcelona. También era admirado por los catedráticos, pues era un alumno aventajado. Estaba inmerso en sus estudios y no pensaba en formar una familia. Hasta que un día una joven de ojos azules se cruzó en su camino. El Maestro Diego se enamoró de aquella chica. Sin pensárselo dos veces le explicó sus intenciones. La chica les comunicó a los padres las intenciones del joven. Estos, más enamorados de él que la hija, consintieron y lo admitieron como futuro yerno. Era la hija de uno de los más importantes comerciantes de Montpellier. La joven reunía todas las virtudes que un hombre deseaba en aquella época: belleza, instrucción, religiosidad, buena educación y bondad.

 

- No merezco tanto, les dijo el Maestro Diego. Soy un infeliz. Soy menos que nadie.

 

- Nuestra hija es rica, le dijeron, y usted es un joven excelente. No deseamos más que vuestra felicidad. Ella os ama. Esto, para nosotros, ya es suficiente.

 

Cada día se les veía más enamorados. Eran una pareja modélica. No podían haber encontrado una persona mejor para su hija. Por las tardes se reunían en el almacén del padre y pasaban largas horas hablando. Cierto día, estando allí, vieron que se paraba un cartero. Este bajó del vehículo y le dijo en catalán:

 

- Hola Diego.

 

El joven se puso rojo mientras que el cartero conversaba con él. El Maestro Diego quedó preocupado todo el día. Esta reacción anormal llamó la atención de los padres de la joven. En Montpellier había una fonda en la que solían parar los carreteros que venían de Cataluña. El padre de la joven fue hasta allí para hablar con él y averiguar lo que sucedía:

 

- ¿Conoce a ese joven? le preguntó.

 

- ¡Ya lo creo! Es el hijo del verdugo de Barcelona.

 

- ¡Qué horror! exclamó el padre.

Decepcionado por las noticias que había recibido del cartero, el padre le escribió una carta. En ella le decía que, teniendo en cuenta lo que sabía, todas las relaciones de su familia con él quedaban rotas. El Maestro Diego quedó destrozado. Amaba profundamente a aquella joven. Él no deseaba ser verdugo y no tenía ninguna culpa de sus antepasados. No sirvió de nada. Estaba marcado por su nacimiento.

 

La historia no terminó ahí. Al volver el cartero a Barcelona dijo que lo había visto en Montpellier. Barcelona estaba sin verdugo, pues el padre de Diego había muerto. Las funciones de verdugo las realizaba el de Lleida. Un día, cuando salía el Maestro Diego de la Universidad de Montpellier, un agente de la autoridad lo detuvo. Acababa de finalizar la carrera de medicina y cirugía con las más altas notas. El agente le preguntó:

 

- ¿Os llamáis Diego?

 

- Si.

 

- Seguidme.

 

Lo llevó ante la autoridad principal de Montpellier. Este le leyeron una requisitoria que acababan de recibir de Paris. El rey de España reclamaba al fugitivo Diego a fin de que fuera a ejercer el oficio de ejecutor de la justicia humana en Barcelona, pues había quedado vacante por fallecimiento del anterior verdugo. El joven fue conducido hasta El Pertús. Allí le esperaban una pareja de mozos de escuadra que le llevaron hasta Barcelona.

 

El Maestro Diego suplicó y rogó en vano. Según las autoridades nadie quería ser verdugo de Barcelona. Él era el único descendiente de aquella herencia. Lo quisiera o no, por mandato real, debía cumplir con su destino. El Maestro Diego fue proclamado por la Real Audiencia heredero y sucesor de sus antepasados y obligado a ejecutar las sentencias dictadas por la justicia humana. Ahora bien, sus excelentes conocimientos de medicina le valieron de mucho y era consultado por lo mejor de Barcelona. Los nobles, las comunidades religiosas y la gente del pueblo acudían a él en casos apurados sin reparar que era el verdugo de Barcelona. Gracias a ello, el Maestro Diego se convirtió en una personalidad importante en la Barcelona del siglo XIX.

 

Los días de ejecución se veía, ante la imagen de la Virgen del Carmen a un hombre, vestido de luto, de rodillas, rodeado de velas, llorando, pidiendo a la Virgen que lo perdonara por la muerte que acababa de cometer. Cuando paseaba por Barcelona y la gente lo saludaba, siempre les contestaba: «Dios os guarde de mis manos». Si alguna vez encontraba por la calle a un niño le daba un beso y con lágrimas en los ojos repetía este triste saludo. El Maestro Diego murió sin descendencia. Nunca se casó y no quiso tener hijos. No deseaba que ellos heredaran su triste destino. Tras la muerte de Maestro Diego una mano piadosa continuó llevando velas a la Virgen del Carmen. Lo hacía los días que había ejecución y pedía que se celebrara una misa de agonía para el infeliz que moría en el cadalso.