Hoy me he despertado con esta gloriosa exclamación, venida del patio de vecinos al que da el dormitorio de mis caseros (es decir, de parte de la infame madriguera que alquilo desde hace 12 años, a precio de oro, en Hediondo Puente de Bellacos): “(…) ¡qué me quiero morir ya, no quiero vivir!”. Lo ha dicho una nonagenaria, con la que jamás he hablado y a cuyo hijo todavía vivo (el otro que vivía con ella murió no hace mucho) le pregunté un día: “¿Sabes volar?”. La pregunta era porque el tejado de su edificio linda con la terraza de mis caseros –donde una vez me robó un rumano que él contrató para una ñapa ilegal en el tejado –, y al verle ahí subido, junto a otro ñapas, le recordé que necesita licencia para hacer esas obras y que si ponía un dedo en la propiedad de mis caseros –cómo hizo el rumano ladró – yo le iba a tirar a la puta calle. Y ahí me quedé, apoyado en la albardilla, mirando como él y el ñapas hacían el gilipollas a 20 cm. de mi brazo ariete.

Pues bien, esta mujer, a la que llevo viendo embozalada desde febrero, parece que esta mañana ha tenido suficiente con esta perra vida que ha heredado de su hijo y de todos sus descendientes… ¡manda cojones que ya no sean los ascendientes los que joden la vida de ciertas personas, de tan mayores que son… y que en lugar de respetarlas, venerarlas y cuidarlas como lo que son: quienes les han dado la vida; los descendientes se dediquen a mortificar su existencia y a matarlos en residencias!

La magnífica expresión que me ha despertado esta mañana, me ha reconfortado con el mundo y sobre todo con mi vida, esa cagada de pulga (¿las pulgas defecan? supongo que sí…) que es mi vida para el mundo. Imaginar la muerte ajena es algo que me alegra el día. Si el 90% de la población mundial desapareciera ahora mismo… ¡todavía tendríamos posibilidades de seguir disfrutando de la vida los que sabemos hacerlo!. Porque por mis venas corre la sangre de mi abuela paterna, alumbrada en 1914 y todavía viva e irredenta. Un mujer que se niega a ponerse bozal y dice, textualmente: “¡Qué se jodan los tontos!” en referencia a los covidiotas. Y que demanda besos y abrazos desde la residencia manchega donde lleva desde los 100 años. Anda que si a mi abuela le pilla esto con mis 45 tacos… tiembla el miedo.

Ya va siendo hora de que la sociedad se divida en 2 grupos: los covidiotas y el resto. La canica azul es muy grande, grandísima, y da cabida a todos; sobre todo a los sensatos, que somos tan poquitos. Qué nos dejen vivir en paz y armonía con la naturaleza, y ellos que se sigan masacrando, odiando y esas barbaridades que hacen a diario y tan gozosamente; unos por sadismo y otros por masoquismo.  Pero como jamás dejarán que la libertad sana (es decir, la no liberticida) vuelva a existir sobre la tierra, va siendo hora de que los pocos que somos les dejemos claro que jamás diremos lo que mi vecina, que jamás querremos morir. Que tendrán que matarnos. Y al igual que España le metió 12-1 a Malta… el atisbo de que entre 12 que enfrenten a 1… esos 12 sepan que 1 de ellos caerá en el combate… tal vez sea suficiente para que cesen su agresión, su genocidio, y nos dejen ir en paz. Y la asunción de que, al igual que el partido de jurgol estaba amañado, su causa es mentira, debería ser el broche de oro a su cobardía y nuestra incondicional puesta en libertad. Total, ¿qué importancia tienen las mierdas de pulga en la inmensidad del planeta?

Termino con mi habitual guiño a Luys: “Mi vida es maravillosa”. Y, para cuando no lo sea, lo que digo mucho: “Menos mal que soy mortal”.