El ajetreo en el que se encuentra sumida mi vida, pienso yo, que no debería ser el más acertado y recomendable. Desde allá hasta donde puedo recordar me he visto obligada a tener que oír constantemente cómo las cosas han de ser de este modo y lo estéril que resulta el pretender cambiarlas, pero ciertamente he de confesar que nunca me amoldé a que estuvieran dispuestas de esta manera. Y es que, supongo yo, que no queda otra que aceptar las cosas tal y como vienen.

Siendo muy joven, nunca dejó de sorprenderme el hecho de ver cómo a mis padres, a mi familia al completo, a todos mis semejantes, esta forma de vivir les parecía de lo más comprensible, acorde al fin y al cabo con nuestra propia naturaleza, y por lo tanto es lógico y razonable deducir que jamás les recuerdo protestar lo más mínimo sobre el modo en que estaban constituidas nuestras vidas. No sé a ciencia cierta si desde siempre habrá sido de este modo el normal existir, pero de una cosa si estoy segura, que mucho habrían de cambiar las cosas si quisiéramos mejorar en algo.

Ahora, ya adulta y con la pesada carga del tiempo sobre mis espaldas, soy consciente cuán enormemente dificultoso me es el pretender variar mi destino lo más mínimo, por muy nimio que sea de lo que se trate. Será el paso del tiempo, o tal vez el hecho de comprobar cómo la comodidad y la vida fácil se haya insertado en todo mi ser; es triste, y honrado al mismo tiempo, ser capaz de reconocer que las cosas transcurren de este modo y no de otro. Hace tiempo es muy posible que todo hubiera sido mucho más fácil, quien sabe, pero al menos debéis tener la certeza que soy sincera cuando os digo que en lo más profundo de mi alma sentía unas ganas irrefrenables de cambiar las cosas, me sentía parte de este mundo y con las fuerzas suficientes para transformarlo todo; ahora, aún lo más sutil, me es enteramente imposible. Recuerdo perfectamente que a quien me hubiera hablado como yo ahora mismo lo estoy haciendo, no hubiera dudado un segundo en que obtuviera como respuesta al menos escupirle a la cara, decidiendo retirarle el saludo para siempre, pensando de él que sin duda se trataba de un ser débil y completamente prescindible, digno de haberse ganado a pulso su salida por adelantado de este mundo, ¡cómo cambian las cosas! Todo aquello que representaba lo que yo mas odiaba se ha instalado en lo más profundo de mí, y creedme si os digo que me avergüenza haberme convertido en lo mismo contra lo que no hace mucho luchaba con tanto afán. Supongo que como dicen, es ley de vida.

Acomodada, fútil y banal, sin ganas de nada, esa soy yo. Sin otro acicate en mi existencia que el ver pasar los días delante de mis ojos, sin otra esperanza que la de ser una más en este mundo sin algo que aportar, decantándome por lo fácil y pasajero, sin pretender lo más mínimo esforzarme por cosa alguna, entregándome a tontos placeres sin pretender ir más allá, consumiendo sin parar para engordar mi cuerpo y mi espíritu, y con los sentidos permanentemente embotados, aceptar resignada las migajas que desde lo alto me otorgan.

Es como si un gran vacío se hubiera apoderado de todo mi ser, sintiéndome extraña de mí misma, soportando en silencio el hecho de estar obligada a aceptar lo que la mayoría decrete hacer, aunque esto suponga refocilar entre los excrementos. Este es el triste panorama en el que transcurren mis días, mi vida y las de todos mis congéneres; de casa a mis obligaciones, de mis obligaciones a casa, todo prisas y celeridad, yendo volando de aquí para allá sin apenas disponer de tiempo para otras cosas, y todo para satisfacer las más peregrinas necesidades.

Y es que, pese a lo que pueda parecer, no es fácil ser una mosca.